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Discurso del pbro. Cristián Precht Bañados,
VEN, BENDITO DE MI PADRE
Venerado Señor Cardenal, Muy querido Padre amigo, He venido desde lejos a acompañarlo, junto a mis hermanos sacerdotes y a todos este pueblo conmovido, en el momento más solemne de su vida. No hemos venido a despedirlo, ya que su presencia histórica buscará otras formas de expresarse desde el cielo. Hemos venido a encaminarlo hasta los umbrales de la Casa del Padre y a escuchar, con el orgullo de los hijos, las palabras de bienvenida que El le quiera tributar. Hoy hay alegría en el Reino de los Cielos y, en presencia de los apóstoles y de los profetas, y de esa muchedumbre incontable de bienaventurados y de bienaventuradas, el Señor Jesucristo lo presentará ante el "Buen Dios", como a Ud. le gustaba llamar a nuestro Padre." Ven, bendito de mi Padre" se escucha en los íntimo de nuestros corazones porque tuve hambre y me diste de comer, no tenía techo para cobijarme y tú me lo proporcionaste, andaba temeroso y desconsolado y tú me consolaste, perseguido y maltratado y tú me diste asilo. Ven, bendito de mi Padre, porque amaste entrañablemente a la Iglesia Santa, la del Vaticano I y la del Vaticano II, la de la familia salesiana, de la Diócesis de Valparaíso y de la Iglesia de Santiago, hasta entregarle tu vida toda y, con grandeza de alma, perdonar y olvidar la infaltable incomprensión que padeciste. Ven, bendito de mi Padre, porque tuviste el coraje de mirar más allá de las fronteras y te adelantaste a los tiempos en tus iniciativas pastorales, creativas, novedosas, propias de un Obispo del III Milenio, concediendo a los laicos un protagonismo decisivo. Ven, bendito de mi Padre, porque quisiste "matar el odio antes que este destruyese a Chile" y, cuando tu pueblo perdió el rumbo de su historia, lo condujiste vigoroso hacia las certezas del "alma de Chile". ¡Qué gran patriota ha sido el Cardenal!! Ven, bendito de mi Padre, Profeta de los tiempos nuevos, varón amante de la verdad, abogado de la justicia, amparo en la desgracia, Pastor de la Solidaridad. Ven, bendito de mi Padre, hombre de corazón sereno, constructor de la Paz, que fuiste capaz de hacer oído sordo a tanto agravio por pacificar a tu pueblo dividido y tender lazos fraternos entre Chile y Argentina. Ven, bendito de mi Padre, que hiciste de los pobres bandera irrenunciable, en Cáritas, la Pastoral Obrera y tanta iniciativa. Con la voz segura y el verbo claro supiste unir la denuncia al corazón compasivo, y tuviste la hombría de no ocultar tus lágrimas de amor y de impotencia. Ven, bendito de mi Padre, "tío Cardenal" de los niños de la aldea S.O.S., educador de juventudes, creador de la Vicaría de Educación, la Pastoral Juvenil y Universitaria, impulsor de la Academia y de la Universidad. Ven, bendito de mi Padre, cariñoso en la acogida, perseverante en la confianza, pródigo en la generosidad, varón humilde y capaz de perdonar.
Muy querido Don Raúl, Sé muy bien que la grandeza de su alma desborda mis palabras y nuestros homenajes. Sé muy bien que nuestra presencia multitudinaria es más elocuente que todos los discursos. Pero, sepa Ud. que, al depositar su cuerpo inerte en la cripta de los Arzobispos de Santiago, nos inclinamos con profunda reverencia ante el Gran Pastor que el Espíritu de Dios le concedió a la Iglesia de Santiago. Ud. nos enseñó a sus sacerdotes a amar la libertad, a vivir en libertad, a discrepar con Ud. sin romper la amistad. Su casa, siempre abierta, nos regaló afecto, amistad y muchas veces el perdón. Nuestro reconocimiento no sólo se detiene ante los días en que lo vimos desplegar su increíble energía, sino también ante estos últimos años de su vida oculta, para muchos tan desconocida. De ellos quiero contar, sin infidencia, que los días de este Sacerdote fiel su fueron apagando sin soltar de sus manos su Breviario inseparable, así rezara tres veces la misma página, sin permitir que nadie lo pusiera lejos de su alcance. Y, aunque al final fue perdiendo su memoria prodigiosa, hasta el punto de no distinguir ya a la mayoría de los visitantes, jamás olvidó las palabras ni el gesto de la bendición. Hermosa manera de entregar su vida, intercediendo y bendiciendo, todo un símbolo de la misión de un Obispo de la Iglesia, fiel hasta el final a su promesa sacerdotal. Así se fue apagando el Señor Cardenal, en compañía de su hermana Clementina, de la Sra. Anita, de los Padres Salesianos, de sus abnegadas enfermeras, y bajo la mirada siempre protectora de la imagen de la Virgen que le regalaran sus Vicarios cuando dejó la sede de Santiago.
Padre muy querido, En nombre del Clero de Santiago, al que tengo el privilegio de representar en esta hora, beso su frente con todo nuestro afecto, sin decir adiós sino invocando su presencia nueva. Ud. sabe que un cristiano no tiene derecho a desentenderse de sus hermanos. Menos un Pastor, como Ud. nos lo enseñó. Por eso, al terminar esta mañana luminosa, queremos inclinarnos bajos sus manos consagradas, rogando a Ud. que interceda ante el Buen Dios por el Pueblo de Chile, para que seamos más amantes del Señor Jesús, de la Verdad, de la Justicia, de la Solidaridad del Evangelio. Y que como Buen Samaritano de la Iglesia de Chile Ud. nos regale de parte de Dios sus mejores bendiciones hasta que logremos la concordia y la esperada reconciliación.
Raúl, amigo, ¡tu Iglesia está contigo!
Santiago, 12 de Abril de 1999.
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