Homenaje de S. E. el Presidente de la República,
Don Eduardo Frei Ruiz-Tagle, al Cardenal
Raúl Silva Henríquez en sus funerales

 

Santiago, 12 de Abril de 1999

 

Un gran chileno ha muerto. El mejor de los chilenos. El hombre con más bondad, con más sabiduría entre nosotros. Sin duda, un sentimiento de orfandad nos invade a todos. Pero, con singular respeto y admiración, nos inclinamos ante su memoria y nos disponemos a recibir su legado.

El Cardenal Silva Henríquez fue un hombre que marcó muy hondamente el caminar de la Iglesia en Chile. Su impronta marcó y seguirá marcando ese camino. Sin embargo, es preciso reconocer que él supo ir también mucho más allá de la Iglesia a la que tanto amó. El Cardenal Silva puso sus ojos en el mundo y muy en especial en la sociedad chilena. Y por eso conquistó el corazón de esta Patria nuestra.

El supo mirar a muchas personas que necesitaban con urgencia el pan para comer. Y a través de Cáritas Chile distribuyó miles de toneladas de alimentos en los rincones más alejados del país.

Puso sus ojos en quienes no sabían leer y estaban por eso indefensos y vulnerables. Se sintió llamado a responder a esa realidad. Y organizó la primera campaña de alfabetización que se realizó en Santiago.

Como salesiano inspirado en la obra de Don Bosco, se comprometió fuertemente con la obra educadora de su congregación. Su presencia se manifestó en su vasta labor como profesor, como director, en la construcción de establecimientos, como el Liceo Manuel Arriarán Barros, y en la creación de la FIDE, hace ya 50 años.

Se fijó en miles de familias modestas que no tenían un techo digno donde vivir. Y creó el Instituto de la Vivienda para que los ayudara a tener casa.

Puso su mirada en los campesinos con quienes convivió desde niño en Loncomilla. Y dispuso que en los fundos del Arzobispado se hiciera la reforma agraria, para colaborar así con la dignificación del hombre y la mujer del campo.

Puso su mirada en los niños abandonados que le conmovían el alma, y nació una aldea donde los rodeó de afecto y ternura.

Vio con preocupación que los obreros y sus organizaciones debían enfrentar mil dificultades. Y creó para ellos una Vicaría que los atendiera y ayudara con dignidad.

En tiempos muy difíciles, el Cardenal alzó su voz valientemente, para reclamar respeto por los derechos humanos. Y a través del Comité Pro Paz y la Vicaría de la Solidaridad, defendió de un modo concreto y eficaz a los perseguidos. Fue la voz de los sin voz, y su palabra resonó profunda, fuerte e intransigente ante la mentira, la violencia, la injusticia, la prepotencia y la violación de los derechos humanos.

Innumerables son las obras del Cardenal Silva Henríquez. Sin embargo, todo lo que el Cardenal hizo y enseñó se explica por el amor entrañable que él le tenía a su Señor Jesucristo y por el amor que sentía por Chile. El Cardenal era un chileno de excepción. Amaba a Chile. No sólo por su geografía, sino especialmente por la gente que aquí habita. El Cardenal tenía alma de campesino, vibraba con las inquietudes de los pobres, sabía entregar entusiasmo a los jóvenes y lograba dar sentido a la vocación de los políticos. Somos muchos los que recibimos el testimonio y las palabras del Cardenal Silva como inspiración para nuestro trabajo diaria. No puedo olvidar que yo mismo entré a la vida política precisamente por su consejo y su apoyo.

Este amor a Chile del Cardenal nos desafía en esta hora. Por sobre nuestras divisiones o miradas parciales, el Cardenal nos enseña a ser generosos; a buscar acuerdos para enfrentar el futuro; a proponer soluciones más que a imponer nuestros puntos de vista; a ser humildes reconociendo nuestras debilidades; y a dejar los orgullos que nos distancian y nos alejan.

Al mismo tiempo, para ser justos, debemos pedirle perdón al Cardenal Silva. A pesar de la lucidez de sus palabras, nosotros no siempre lo supimos escuchar. ¡Cuánto dolor y sufrimiento se habrían evitado si hubiéramos prestado más atención a sus palabras! A veces lo interpretamos mal. Y recibió de muchos críticas injustas, descalificaciones, y agresiones verbales. Le pedimos perdón porque no supimos cuidar la paz y la sana convivencia entre los chilenos, y porque no buscamos con afán la verdad y la justicia. Estamos seguros de que él, como un padre bondadoso, nos otorgará su perdón; pero no podemos desoír nuevamente su llamado.

El mejor homenaje que le podemos rendir a este Pastor es prometerle solemnemente, aquí, hoy día, que haremos todos los esfuerzos que sean necesarios para hacer de Chile un "país de hermanos"; que buscaremos matar el odio antes de que el odio mate a Chile; y que haremos de nuestra Patria, como él decía, "la familia de hombres que juntos vivieron, lucharon y esperaron; la familia de hombres que renunciaron a odiarse porque tenían muy poco tiempo para amarse".

En nombre del pueblo chileno, que tanto le debe a este hombre bueno, en nombre del gobierno que presido y de las mujeres y hombres de este país, en nombre de mi familia, a la que distinguió con su amistad, deseo agradecer a Dios todo lo que hizo en medio de nosotros a través del Cardenal Silva. Su figura marcará no sólo la historia de Chile, sino que ha marcado ya nuestras historias personales.

En nombre de los pobres y de los que sufren; en nombre de los que ya no están aquí y que seguramente lo han recibido a él en el cielo, en nombre de tantos hombres y mujeres que lo amaron; en nombre de los jóvenes y los niños que recibieron de él su afecto y su consejo, como Presidente de Chile, sólo me cabe decirle. ¡Gracias, Cardenal Raúl Silva Henríquez! Recibimos la hermosa misión de continuar su obra.

Por haber sido fiel en este mundo, ahora entra en el gozo de tu Señor.

Muchas gracias.