Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 20 de Enero del 2019

Jn 2,1-11
Creyeron en Él sus discípulos

La tercera manifestación de la identidad de Jesús tuvo lugar en las Bodas de Caná, episodio que leemos en este Domingo II del tiempo ordinario y que concluye precisamente diciendo: «Manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos». (La primera manifestación es la concedida a los magos de oriente por medio de una estrella y la segunda, en su Bautismo, cuando se abrió el cielo y vino sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma y la voz del cielo –de Dios– lo declara Hijo suyo).

«Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí. Fue invitado a la boda también Jesús y sus discípulos». Es poco frecuente que dos episodios evangélicos se vinculen temporalmente de manera tan precisa: «Al tercer día». Generalmente, comenzamos la lectura diciendo vagamente: «En aquel tiempo...». La circunstancia: «Al tercer día» vincula solamente otros dos episodios de la vida de Jesús: su muerte en la cruz y su resurrección. Esos dos episodios esenciales son insinuados en este mismo capítulo II de San Juan, pocos versículos más adelante, en el signo que Jesús da a los judíos para justificar su celo por la Casa de su Padre, que lo impulsó a arrojar fuera del templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y volcar las mesas de los cambistas: «Destruyan este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Los presentes no entendieron el signo; pero a nosotros el evangelista nos da la interpretación: «Él hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús» (Jn 2,21-22). Él resucitó «al tercer día». Este es el signo culminante.

¿Cuál es el hecho ocurrido tres días antes de las Bodas de Cana? En el episodio anterior se nos relata la vocación de dos discípulos: Felipe y Natanael (que se identifica con el apóstol Bartolomé). A Felipe lo llamó Jesús mismo; y Felipe atrajo a Natanael hacia Jesús diciendole: «Ven y verás». Cuando Natanael vio a Jesús le dijo: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». A lo cual Jesús respondió: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Verás cosas mayores» (Jn 2,49.50). Después de esto, al tercer día, fue invitado Jesús con sus discípulos a las Bodas de Caná. Entre esos discípulos está Natanael. Natanael ya creía; pero en esas bodas vio esas «cosas mayores» prometidas por Jesús y se consolidó aun más su fe: «Jesús manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos». Hasta ese momento, Jesús ha llamado a Andrés y otro discípulo anónimo, a Pedro (Cefas), a Felipe y Natanael.

«Estaba allí la madre de Jesús». Si no hubiera estado ella en esa boda, nada habría ocurrido; habría sido una anónima boda en un desconocido pueblo de la Galilea, porque Jesús no se habría manifestado. La intervención de la madre de Jesús fue decisiva para que Él actuara, y manifestara su gloria; fue decisiva para que «la hora» de Jesús, que aún no había llegado, llegara en esa ocasión, como se deduce del siguiente diálogo: «Dice la Madre de Jesús a Él: “No tienen vino”. Jesús dice a ella: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Aún no ha llegado mi hora”. Dice su madre a los servidores: “Hagan lo que Él les diga”». El resultado fue la manifestación de su gloria, «gloria ‒ya lo ha dicho el evangelista en el Prólogo‒ que recibe del Padre como Hijo único lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

La respuesta de Jesús a su madre que hemos citado es la interpretación de la Biblia de Jerusalén de una expresión idiomática hebrea que suena literalmente así: «¿Qué a mí y a ti, mujer?». Es cierto que la partícula hebrea «waw» tiene más sentidos que la conjunción «y», y puede expresar subordinación y coordinación entre los dos miembros de la frase y ¡hasta disociación! En otros usos de esa expresión idiomática en la Biblia hebrea suele indicar disociación: «¿Qué a mí y a ti?», se entiende: ¿Qué nos une? Pero permanece cierto que el Evangelio de Juan está escrito en griego y que en esa lengua el sentido de la conjunción griega «kai» es unitivo, como la «y» española. Por tanto, en este caso, más que expresar disociación, expresa asociación entre Jesús y su madre: «¿Qué (nos afecta) a mí y a ti, mujer?». Y sigue la razón de por qué no conviene intervenir: «Aún no ha llegado mi hora».

Es claro que en el A.T. los profetas expresan la relación entre Dios y su pueblo en términos de una alianza nupcial: «Yo te esposaré para siempre; te esposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión; te esposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor» (Os 2,21-22). Pero esa alianza había sido rota y los profetas anunciaban una alianza nueva y eterna: «Vienen días -oráculo del Señor- en que yo pactaré con la casa de Israel una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres... que ellos rompieron...» (Jer 31,31.32). Por otro lado, en el Cantar de los Cantares, que son cantos de amor, para expresar la magnitud del amor, se compara con el vino: «Mejor que el vino son tus amores» (Cant 1,2). El vino, que es símbolo del amor, se había agotado. Esto es lo que percibe la madre de Jesús y lo hace notar: «No tienen vino». Ella sabe que su Hijo ha venido a establecer una alianza nueva y eterna, basada en un amor que no se agota. En este sentido, había llegado la hora de proveer un vino excelente ‒sorprendió por su calidad al maestresala‒ y abundante. Jesús se deja convencer por la insinuación de su madre, que, sin embargo, deja todo en su mano: «Hagan lo que Él les diga». Estas consideraciones están avaladas por el hecho de que, al milagro evidente de convertir 600 litros de agua en vino, el Evangelio lo llama «signo», más aun, «el principio de los signos»: «Éste hizo Jesús el principio de los signos».

El Evangelio de Juan usa aquí la palabra «arché» (principio), que es también la primera palabra de toda la Biblia: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1); y también la primera de este Evangelio: «En el principio existía la Palabra» (Jn 1,1). Ese milagro es entonces «el principio», no sólo por ser el primero, sino sobre todo por ser el fundamento, que da sentido a los demás. El evangelista nos relata otros seis signos ‒el más grande y culminante es la resurrección de Cristo «al tercer día»‒ y concluye declarando: «Jesús realizó en presencia de los discípulos muchos otros signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre» (Jn 20,30-31). Al contemplar «el principio» de todos esos signos, creamos también nosotros.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles