Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Diciembre del 2017

Jn 1,6-8·19-28
Juan, el testigo de la luz

El Evangelio de este Domingo III de Adviento, se abre con la presentación de un personaje de nuestra historia: «Hubo un hombre, enviado por Dios, su nombre era Juan». Este es el primer aterrizaje en la historia humana en el Prólogo del IV Evangelio, que comienza con el Logos (la Palabra) en Dios: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1,1). Antes de su frase central: «La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros» (Jn 1,14), el Prólogo menciona a Juan y define su misión.

«Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él». Está dicho su origen ­Dios­, su nombre ­Juan­ y su misión ­dar testimonio. Si tuvieramos solamente el IV Evangelio sabríamos que Juan bautizaba; pero nunca lo habríamos llamado «Bautista»; lo habríamos llamado «Testigo». En este Evangelio, esto es lo que caracteriza su persona. Reafirma: «No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz». Que no sea Juan la luz es claro; algo, sin embargo, en su misión de testigo no nos queda claro. Entre todas las cosas la luz es la más evidente; ¿necesita la luz un testigo? Tendría que ser algo que ilumine a la luz misma. ¿Cómo se explica que el testimonio de Juan sea esencial: «Para que todos creyeran por él»?.

La necesidad del testimonio se explica porque «la Palabra se hizo carne». Salvo en breves instancias, como en su Transfiguración, la luz no nos encandiló, pues, en ese caso, habría sido imposible al ser humano fijar en él la mirada. En efecto, el que estaba al principio en Dios, el que era Dios, «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo haciendose semejante a los hombres y apareciendo en su aspecto como hombre» (Fil 2,7). Así se presentó entre nosotros Jesús. Dada esta presentación de la Luz entre nosotros, es necesario el testimonio que despierte la fe: «Para que todos crean». De esta manera, es posible ver la luz: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre, como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). O, como lo declara el mismo Jesús: «Yo soy la Luz del mundo... El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 8,12; 14,9).

El Evangelio de este domingo sigue con el testimonio concreto de Juan, cuando vino desde Jerusalén una delegación de las autoridades judías a preguntarle: «¿Tú, quién eres?». Captando su intención, Juan responde inmediatamente: «Yo no soy el Cristo». En realidad, no era él la luz. Existía la convicción de que antes de la venida del Cristo debía venir Elías y le preguntan: «¿Eres tú Elías?». Respondió: «No soy». Por medio de Moisés, Dios había prometido enviar un profeta como Moisés, pero mayor, porque a ese profeta debería el pueblo escuchar (cf. Deut 18,18-19). Le preguntan, entonces: «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Todo esto es ya el testimonio de Juan: a pesar de todo el movimiento religioso que suscitó en torno suyo, es otro a quien hay que esperar. Por eso su testimonio es siempre: «No soy». A la pregunta: «¿Qué dices de ti mismo?», responde identificandose con aquella misteriosa voz que cita el profeta Isaías: «Yo soy voz del que clama en el desierto: “Enderecen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Isaías, en efecto, habla de una voz, cuyo emisor no estaba identificado: «Una voz clama: “En el desierto abran camino al Señor, tracen en la estepa una calzada recta para nuestro Dios» (Is 40,3). Juan afirma que esa voz es él mismo. Su misión es dar testimonio del Señor que viene.

Finalmente, le preguntan sobre el sentido de su rito característico: «¿Por qué, entonces, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». En su respuesta afirma que su bautismo no es más que una figura de algo mucho mayor: «Yo bautizo con agua». De esta manera anuncia un Bautismo verdadero, que es mucho más que pura agua. Y agrega que ya está en el mundo el que tiene que venir: «En medio de ustedes está uno a quien ustedes no conocen, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia».

Podemos imaginar la inmensa expectativa, el anhelo de todos los que escuchaban a Juan por conocer a ese otro infinitamente mayor que él. Todos debieron preguntar: «Quién es». Fue necesario esperar hasta el día siguiente: «Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo”» (Jn 1,29-30). Este mismo, que vino en la humildad de nuestra condición humana y que va a venir en el esplendor de su gloria, viene a nosotros continuamente hoy y se hace nuestro alimento para comunicarnos su vida divina: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna... El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él» (Jn 6,54.56). La indiferencia con que tratamos la Eucaristía los mismos católicos, que supuestamente creemos que la palabra de Jesús es la verdad, nos permite comprender la reacción de los contemporáneos de Jesús: «Vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Jn 3,19). Este tiempo del Adviento nos invita a acoger el testimonio de Juan sobre Jesús y creer que Jesús es la Luz del mundo. La fe nos concede contemplarla.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles