Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Julio del 2018

Mc 6,30-34
Tuvo compasión de ellos

En la lectura continuada del Evangelio de Marcos, que seguimos este año en el ciclo B de lecturas (en los años múltiplos de 3 se lee el ciclo C y en los años siguientes los ciclos A y B respectivamente), habíamos concluido la lectura del Evangelio el domingo pasado con la ejecución por parte de los Doce de la primera misión a la cual Jesús los envió «de dos en dos»: «Partiendo de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,12-13). En este sumario se nos informa, de manera muy resumida lo que ellos enseñaron («que se convirtieran») y lo que hicieron («expulsaron muchos demonios y curaron muchos enfermos»).

¿Cuánto tiempo duró esa misión? El evangelista no lo dice, pero da a entender que se trata de varios días o semanas. Lo sugiere la recomendación de «quedarse en la misma casa hasta partir de ese lugar», la insinuación de que la visita se extendió a varios lugares –«Si algún lugar no los recibe y no los escuchan...»– y la abundancia de los resultados: «muchos demonios... muchos enfermos». Además, para dar esa idea, entre que ellos partieron y regresaron, el evangelista intercala el episodio de la curiosidad de Herodes (el hijo del Herodes que mandó matar a los niños inocentes treinta años antes) y el relato del martirio de Juan el Bautista (Mc 6,14-29).

El Evangelio de este Domingo XVI del tiempo ordinario comienza con el regreso de los enviados donde Jesús: «Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado». Es la primera vez que el evangelista los llama «apóstoles». Marcos es el primero que los llama con ese nombre y así serán conocidos para siempre; son enviados. Ese ritmo –ser enviados y regresar donde Jesús– es el que caracteriza el apostolado. Todo enviado regresa donde su mandante. Cuando el mandante es Jesús y la misión es el anuncio del Evangelio, entonces el enviado es un «apóstol». No hay misión más grande que la del apóstol, por dos motivos principales: porque el mandante es Jesús, el Hijo de Dios, y porque consiste en el anuncio y ejecución de la salvación eterna de los seres humanos: enseñaron e hicieron. Lo expresa el Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la liturgia: «No sólo los envió a predicar el Evangelio a toda criatura... sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos» (SC, 6).

El lector puede imaginar el entusiasmo de los apóstoles en contar a Jesús «todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado». Pero Jesús parece estar más preocupado de otra cosa: «Él les dice: “Vengan ustedes solos aparte, a un lugar desierto, para descansar un poco”». Y lo hacen: «Se fueron en la barca, aparte, a un lugar desierto». Jesús nos quiere enseñar que después de la misión es necesario el descanso que se tiene en la oración. No sólo lo enseña invitando a los apóstoles a hacerlo, sino también con su propio ejemplo: «Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírlo y ser curados de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a los lugares desiertos, donde oraba» (Lc 5,15-16). Otra característica del auténtico apóstol es, entonces, el descanso de la oración, después de la actividad, descanso que le puede dar sólo Jesús: «Vengan a mí... yo les daré descanso... Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para sus almas» (Mt 11,28.29).

Querían retirarse solos con Jesús a un lugar desierto y partieron en la barca. Pero no lo lograron: «Los vieron marcharse y muchos los reconocieron; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos». El evangelista nos transmite solamente la reacción de Jesús: «Al desembarcar, vio mucha gente y tuvo compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas». Jesús se retiró con los apóstoles a un lugar desierto, con la intención de «descansar un poco», porque «los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer». Y cuando llegaron al lugar elegido, de nuevo está allí la multitud. Pero no vemos en Jesús ni el más mínimo movimiento de impaciencia o molestia. Al contrario, Él revela inmenso amor por esos hombres y mujeres, un amor que lo llevó a entregar su vida por ellos. Su reacción es de compasión, que es la forma que adquiere el amor, cuando la persona amada está sufriendo. Jesús cumple su promesa: «Vengan a mí; yo les daré descanso».

El sufrimiento que ve en esa multitud es que «estaban como ovejas sin pastor». No tienen quién los oriente, no encuentran el sentido de sus vidas. No conocen la verdad sobre su origen y su destino, ni tampoco sobre el modo de liberarse del pecado y llegar a Dios. Jesús vino a decirnos todo esto. Él es la verdad. Por eso, no los despide, después de alguna palabra rápida. Se toma todo el tiempo necesario para atenderlos: «Comenzó a enseñarles muchas cosas». Se prepara así el episodio siguiente: la multiplicación de los panes. En efecto, «estando ya la hora muy avanzada, acercandose sus discípulos le dijeron: “El lugar es desierto y ya es hora avanzada. Despidelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer”» (Mc 6,35-36).

Jesús no sólo le da el pan de la Palabra, sino también el alimento material. Para el relato de la multiplicación de los panes, la liturgia, en el ciclo B de lecturas, pasa el Evangelio de Juan para continuar en ese Evangelio con el discurso del Pan de vida, que nos acompañará en los Domingos XVII al XXI del tiempo ordinario, es decir, en los próximos cinco domingos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles