Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 23 de del 2018

Mc 9,30-37
El que recibe un niño a mí me recibe

En el Evangelio de este Domingo XXV del tiempo ordinario podemos distinguir al menos tres temas, que están relacionados entre sí.

En primer lugar, tenemos el segundo anuncio explícito que hace Jesús a sus discípulos de su pasión, muerte y resurrección. El domingo pasado leíamos el momento en que «comenzó Jesús a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho... Hablaba de esto abiertamente» (Mc 8,31.32). El Evangelio de este domingo nos informa que Jesús iba por el camino con sus discípulos y «no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos». Y esa enseñanza se resume en esto: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán y, a los tres días de haber muerto, resucitará». Cuando en aquel comienzo, Pedro tomandolo aparte, se permitió objetar ese programa, Jesús, en presencia de los demás discípulos, lo rechazó enérgicamente: «Volviendose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciendole: “¡Quitate de mi vista, Satanás!”» (Mc 8,33). Esta segunda vez que Jesús enseña a sus discípulos el camino que debe seguir el Cristo, «ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle». No entienden que el enviado por Dios a su pueblo, el que tenía que heredar el trono de David y reinar para siempre, tuviera que sufrir a manos de los hombres. Pero «temían preguntarle» porque temen profundizar en este tema. Y se quedan sin entender.

Trea de esos discípulos –Pedro, Santiago y Juan– entretanto han sido testigos de la transfiguración de Jesús en el monte alto al cual él los condujo y escucharon la voz venida de la nube que los cubrió: «Este es mi Hijo, el amado; escuchenlo» (Mc 9,7). A quien Pedro había confesado como el Cristo, la voz de Dios lo declara su Hijo amado. Los discípulos tuvieron que reconocer en estas palabras el comienzo de los cantos del Siervo del Señor del profeta Isaías: «He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma» (Is 42,1). Sabemos que, cuando en el Nuevo Testamento se hace una citación del Antiguo Testamento, basta evocar las primeras palabras para sugerir todo el desarrollo, como es el caso en una cultura en que prevalece la memorización. En este caso, con esas palabras se evocan todos los cantos del Siervo del Señor. No estaba claro en Israel a quién se refería el oráculo con la expresión «mi Siervo» y discutían los rabinos si se refería a una persona singular o a todo el pueblo de Israel. En la voz del cielo, que ante Jesús transfigurado evoca los cantos del Siervo, hay, sin embargo, un cambio llamativo que los discípulos no pudieron dejar de notar: En lugar de «mi Siervo», la voz del cielo dice «Mi Hijo». Está revelando a esos discípulos que quien asumiría la misión del Siervo era una persona singular, Jesús, y que Él es el Hijo de Dios: «Este es mi Hijo, el amado». Pero ellos siguen sin entender.

El segundo tema del Evangelio de este domingo revela aun con más claridad la absoluta incomprensión de los discípulos. Mientras Jesús les enseña que Él tiene que ir a Jerusalén a entregar su vida en rescate por muchos, ellos, en cambio, discuten quién es el mayor en un supuesto reino de este mundo: «Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, Jesús les preguntaba: “¿De qué discutían ustedes por el camino?”. Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor». Jesús va a zanjar la discusión adoptando la actitud del maestro: «Se sentó, llamó a los Doce y les dijo...». Les enseña que quien quiera ser el mayor tiene que asumir un lugar que nadie le disputará: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Todos quieren el primer lugar; pero nadie cree que eso se obtenga cumpliendo la condición que Jesús indica: hacerse servidor de todos.

El tercer tema se refiere a la importancia que concede Jesús a los niños. La valoración de los niños en el mundo actual se debe al cristianismo –que defiende los derechos de los niños y de la persona humana desde su concepción– y la valoración del cristianismo se debe a esta actitud de Jesús, el Señor: «Tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado”». Este modo de hablar –no a mí, sino– es un modo semítico que no tiene muchos matices. En realidad, quiere decir: «Quien me recibe a mí, no sólo me recibe a mí, sino también a quien me ha enviado». ¡Jesús se identifica con los niños! En un país cristiano, como se declara el nuestro, esta debería ser la norma que rija en los hogares del SENAME y en todos los hogares de niños. No habría entre nosotros niños abandonados o maltratados, si tuviéramos la convicción que quien recibe a uno de ellos recibe a Jesús y a su Padre. Ciertamente, la sentencia más severa de Jesús se refiere a quienes dañan a los niños: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que lo echen al mar» (Mc 8,42). Es la sentencia de Jesús para los que abusan de los niños.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles