Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Marzo del 2019

Lc 9,28-36
Maestro, bueno es que estemos nosotros aquí

El Evangelio propio del Domingo II de Cuaresma, en los tres ciclos de lecturas dominicales, nos presenta la Transfiguración del Señor, que este año se lee en la versión de Lucas.

Los tres Evangelios sinópticos –Marcos, Mateo y Lucas–, coinciden en presentarnos la Transfiguración de Jesús inmediatamente después de la confesión de Pedro: «Tú eres el Cristo...», vinculada en el tiempo con ese episodio, con inusual precisión. Lucas discrepa, sin embargo, de los otros dos Evangelios, en el número de días que separan ambos episodios. Mientras Marcos, que es su fuente, y Mateo hablan de seis días, Lucas comienza su relato ubicandolo en el tiempo así: «Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar». No hay nada más objetivo y preciso que los números; si se cambia seis por ocho tiene que haber una razón precisa. ¿Cuál puede ser la razón que tiene Lucas para este cambio?

Antes de intentar una respuesta, debemos aclarar que Lucas, aun no siendo él mismo judío, intenta en su Evangelio reproducir el ambiente judío que se percibe en la versión griega del Antiguo Testamento, la versión llamada LXX (Setenta). En ambiente judío rige la convención de indicar los días que separan dos hechos contando el primero y el último. Vemos este uso en las palabras de Jesús que acaba de citar el evangelista: «El Hijo del hombre debe... ser muerto y, al tercer día, resucitar» (Lc 9,22). Es como la convención que rige entre nosotros para contar los pisos de un edificio; decimos: «Voy al tercer piso», cuando en realidad voy solamente dos pisos más arriba del nivel de tierra. (En Europa a ese mismo piso se le llama «segundo»). Era imposible que, cuando Lucas escribió su Evangelio (año 80-90 d.C), el «octavo día», que expresa la frecuencia semanal (siete días), no designara el Día del Señor. El octavo día es siempre el primer día de la semana, después del séptimo; es el día en que Jesús resucitó (Cf. Jn 20,19.26: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana... Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro...»). Ese día fue adoptado por los cristianos como Día del Señor y en ese día la comunidad cristiana se reunía para celebrar la Cena del Señor, cuyo momento culminante es cuando Jesús se hace presente bajo los signos del pan y el vino. Lo que quiere expresar Lucas es que, en la participación de la Eucaristía, el cristiano vive lo mismo que vivieron los tres apóstoles en ese monte en que Jesús se transfiguró ante ellos.

Esta intención de Lucas de referir la Transfiguración del Señor a la Eucaristía dominical se ve confirmada por la finalidad que él indica para esa ascensión de Jesús con sus discípulos al monte: «Tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante...». Quien va a participar de la Eucaristía va a orar, y en medio de esa oración tendrá un encuentro con Cristo vivo en comunión con los demás hermanos. No hay otra instancia en la cual un cristiano pueda decir a Jesús con más razón, lo mismo que le dijo Pedro en su Transfiguración: «Maestro, bueno es que estemos nosotros aquí». Observemos que en ese «nosotros» Pedro incluye, no sólo a sus hermanos Juan y Santiago, sino también a Jesús.

«Conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida (su éxodo), que iba a cumplir en Jerusalén». Moisés y Elías representan el Antiguo Testamento: la Ley y los Profetas. Lucas nos dice cuál es el tema de esa conversación. La expresa con una palabra que evoca el evento principal del Antiguo Testamento: el Éxodo. El «éxodo» que Jesús va a cumplir en Jerusalén es ese evento llevado a su realización más plena: es su partida de este mundo a la gloria celestial. Ocurrirá en Jerusalén, porque «su éxodo» no puede ser sino a través de su muerte y resurrección, que tendrá lugar en esa ciudad. Todo esto tiene lugar ahora en la celebración eucarística, donde se hace presente el sacrificio de Cristo: anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección. Hablamos, entonces, de su éxodo.

La aparición de Moisés y Elías junto a Jesús, conversando con Él, es una representación viva de la sentencia de Jesús sobre la Ley y los Profetas: «No he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento» (Mt 5,17). La superioridad de Jesús respecto a Moisés y Elías está expresada por su aspecto transfigurado; pero, sobre todo, por la voz del cielo: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchenlo». En el Antiguo Testamento regía la norma de escuchar a Moisés y los Profetas (cf. Lc 16,29); ahora Dios declara a Jesús su Hijo y nos da el mandato de escucharlo a Él.

La vigencia del Antiguo Testamento –«no he venido a abolir»–, pero ordenado a la clara superioridad del Nuevo, que le da cumplimiento y sentido, se ha expresado en la celebración eucarística, desde los primeros tiempos cristianos hasta hoy. En efecto, en una de las primeras descripciones de la Cena del Señor leemos: «En el día que se llama “del Sol” (así se llamaba el domingo en Roma)se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, las “Memorias de los Apóstoles” o los escritos de los profetas» (San Justino, Apología I,67, año 155 d.C.). También hoy, cuando se celebra la Eucaristía, se lee en la Liturgia de la Palabra el Antiguo Testamento; pero se concede clara superioridad a la lectura del Evangelio que, por esto, se escucha de pie.

Lucas quiere presentar el episodio de la Transfiguración como una invitación a participar de la Eucaristía dominical y a tener allí la misma experiencia sublime de la gloria de Cristo que tuvieron los tres apóstoles elegidos. Fue Jesús quien los eligió y fue Él quien los tomó consigo para llevarlos a ese monte donde se les presentó transfigurado. También hoy es Él quien nos toma consigo para que tengamos en la Eucaristía la experiencia de la unión con Él y con los hermanos. Quien ha vivido esa experiencia no puede dejar de exclamar: «Señor, bueno es que estemos nosotros aquí contigo». No hay nada mejor en este mundo. Es el anticipo de la gloria celestial.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles