Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de del 2019

Lc 15,1-32
Alégrense conmigo

El Evangelio de este Domingo XXIV del tiempo ordinario contiene las así llamadas «parábolas de la misericordia», que ocupan todo el capítulo XV de San Lucas. Son las parábolas de la oveja perdida, de la dracma perdida y, sobre todo, del hijo pródigo. La «parábola del hijo pródigo» es una de las páginas más conocidas del Evangelio. Se encuentra sólo en el Evangelio de Lucas y es necesario leerla junto con otra parábola que también es propia de Lucas, la «parábola del fariseo el publicano». Los personajes de ambas parábolas son los mismos.

Para entender las parábolas de la misericordia hay que tener en cuenta el contexto en que fueron pronunciadas: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos”». El mismo evangelista Lucas nos informa que esta conducta de Jesús le valió el título despectivo de «amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,34). Es verdad, y por medio de estas parábolas Jesús explica por qué.

Inmediatamente, nos llama la atención la aparente exageración de Lucas: «Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús». «Todos los publicanos» habría sido posible, pero a nosotros no nos afectaría mucho, porque éstos son personajes de ese tiempo y lugar (lo que recaudaban el impuesto que Israel debía pagar a Roma). Pero Lucas agrega: «Todos los pecadores». Lo hace para que nos sintamos todos incluidos. No hay ningún pecador que, acercandose a Jesús con deseo de escucharlo, no sea acogido por Él.

Jesús responde con las dos breves parábolas gemelas de la oveja perdida y de la dracma perdida, una de ambiente masculino y la otra de ambiente femenino. El pastor que tiene cien ovejas está contento con ellas; pero, si una de ellas se pierde, inmediatamente, siente preocupación por esa oveja particular y esa preocupación lo mueve a salir en su búsqueda, dejando las otras 99 en el corral. Lo mismo ocurre con una mujer que tiene diez dracmas. Si pierde una, la busca y no cesa hasta que la encuentra. En ambos casos, la reacción es de alegría, una alegría que debe ser compartida por todos. El pastor «convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alegrense conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido"». Por su parte, la mujer «convoca a las amigas y vecinas, y dice: "Alegrense conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido"». La declaración que Jesús hace como conclusión de ambas parábolas es la misma: «Les digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión... se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta». Con su actitud de resistencia –la murmuración– los fariseos estaban amargando la fiesta a Dios mismo y a sus ángeles.

Jesús agrega la parábola del hijo pródigo, porque no le basta con explicar su comportamiento; quiere la conversión de todos. La llamamos parábola «del hijo pródigo»; pero, en realidad, se trata de dos hijos, que encarnan respectivamente a los dos grupos que en ese momento rodeaban a Jesús: publicanos (pecadores) y fariseos.

El hijo menor –este es el pródigo– pidió al padre la parte de su herencia y, sin ninguna consideración por su padre, se fue a un país lejano donde dilapidó toda su fortuna viviendo como un libertino. Es un pecador. Después de que cayó en lo máximo de la miseria, más abajo que un puerco, animal inmundo para un judío –no tenía para comer ni siquiera lo que comen los puercos–, decide volver a la casa paterna, acordandose de que allá hasta los jornaleros tienen pan en abundancia. Para hacerse acoger por el padre prepara un discurso: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros». Se reconoce pecador. Es un pecador que se convierte. Consecuentemente, el padre se alegra y quiere que todos se alegren con él: «Estando él todavía lejos, lo vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente». No quiere oír hablar de tratarlo como jornalero y dice a sus siervos: «Traigan aprisa el mejor vestido y vistanselo... Traigan el novillo cebado, matenlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado». Acentúa: «Este hijo mío». Lo restituye a su condición de hijo. Si este hijo había regresado impulsado por la miseria y el hambre, ahora no puede sino sentir dolor por haber causado pena a semejante padre. Ese hijo ciertamente habrá orado así: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!» (Lc 18,13), la oración del publicano. Siente auténtico dolor de su pecado, motivado por la misericordia del padre. Esa conducta del padre es la de Jesús. Él acoge a los pecadores, como ese padre acoge a su hijo.

Jesús ha representado la conducta de «todos los pecadores» que se acercaban a Él para escucharlo. Falta que represente también la conducta de los fariseos y escribas que murmuran. Ellos están en el caso del hijo mayor. Por eso, la parábola tiene una segunda estrofa: «Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas». Después de informarse del motivo de esa fiesta, su actitud fue de rechazo: «Se irritó y no quería entrar». Este hijo tampoco ama al padre; no se alegra con él y no le importa empañar su alegría. Y se retrata como encarnando a los fariseos en el reproche que hace al padre: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás he dejado de cumplir una orden tuya... ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!». Es como la oración del fariseo: «No soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano (este hijo tuyo). Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias...» (Lc 18,11-12). Pero el padre también quiere conquistar a este hijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado». La conclusión de esta estrofa es la misma que la conclusión de la estrofa anterior, a modo de estribillo, pero ahora acentúa: «Este hermano tuyo». Llama a ese hijo a alegrarse por la conversión de su hermano. Este es el llamado de Jesús a esos fariseos que murmuraban contra Él. También respecto de ellos Jesús está en la posición del padre, que quiere que también los fariseos se conviertan.

Uno de esos fariseos que se convirtió es San Pablo. Antes de su conversión, se consideraba uno de esos 99 justos: «Hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo... en cuanto a la justicia de la Ley, intachable» (Fil 3,5.6). Pero, después de su conversión, comprendió que esos justos no existen y que todos necesitamos la misericordia de Dios: «Dios encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos» (Rom 11,32). Todos somos como la oveja perdida y como el hijo pródigo. Estábamos perdidos, pero Dios envió a su Hijo único a buscarnos y, si nos encuentra, Dios se alegra junto con todos sus ángeles. Demos a Dios motivo de fiesta en el cielo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles