Comentario
Domingo 14 marzo 2010

Lc 15,1-3.11-32
Dios es amor

El Dios verdadero se revela en la Biblia como único, inmenso y todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Todo esto lo puede alcanzar también la razón humana. Pero lo que la razón humana no puede alcanzar y es objeto de pura revelación es que este Dios se interese por el ser humano y que en su trato con él su rasgo más propio sea la misericordia y el perdón. La oración colecta del Domingo XXVI del tiempo ordinario expresa esto de manera insuperable, dirigiendose a Dios en estos términos: «Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia, sobre todo, perdonando y teniendo misericordia...». Esto es lo que más le cuesta comprender al ser humano. El ser humano tiende a tener con Dios un trato comercial: «Yo cumplo tales y cuales cosas que Tú has mandado, y Tú me debes tal recompensa»; y Dios quiere tener con el ser humano un trato de amor: «Yo te doy gratuitamente, por puro amor, una felicidad infinitamente mayor que todo lo que puedas merecer con tu esfuerzo». Nos cuesta creer que Dios pueda ser tan bueno, porque lo medimos con el patrón de nuestra pequeñez y maldad.

A Moisés no le extrañó que Dios le dijera: «Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Ex 33,20). Pero ciertamente quedó muy asombrado cuando Dios le reveló su nombre en estos términos: «El Señor, el Señor (textual: Yahweh, Yahweh), Dios compasivo y clemente, tardo a la cólera y rico en misericordia y fidelidad» (Ex 34,6).

No es que el pecado haya perdido su gravedad y su virulencia mortal, visto que Dios manifiesta su omnipotencia perdonando. No. La ofensa del pecado es de tal magnitud que ningún ser humano puede ofrecer una reparación suficiente y, por tanto, estabamos todos destinados a la muerte. La reparación la asumió el mismo Dios y lo hizo enviando a su Hijo al mundo; él ofreció una reparación suficiente: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna... para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16.17). San Pablo recoge esa revelación hecha por Jesús, indicando la prueba suprema de ese amor de Dios: «La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Lo mismo deduce San Juan: «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16). El apóstol llega al punto máximo de la revelación: «Dios es amor» (1Jn 4,8).

Si Jesús vino a revelar el amor de Dios muriendo por los pecadores no es mucho que los acoja y coma con ellos. Por eso los fariseos y los escribas del tiempo de Jesús, con su actitud, manifiestan una total incomprensión del amor de Dios: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”. Pero se quedan muy cortos en su reproche; más preciso habría sido decir: «Este entrega su vida por los pecadores».

Con infinita paciencia –pues a ellos también los ama– Jesús les propone tres parábolas para explicarles el amor de Dios, que él, con su modo de proceder, vino a revelar: la parábola de la oveja perdida, la parábola de la dracma perdida y, sobre todo, la parábola del hijo pródigo, que leemos este IV Domingo de Cuaresma. Dos hijos, dos actitudes; el padre representa a Jesucristo. El hijo menor ofende el amor del padre interesandose solamente por sus bienes y, una vez que los ha obtenido, abandonando al padre. Pero el padre lo acoge y, no sólo come con él, sino que hace un banquete para él. Por su parte, el hijo mayor también ofende al padre, pues, aunque «nunca ha dejado de cumplir una orden suya», las cumple en vistas de la recompensa que el padre se preocupa de garantizarle: «Todo lo mío es tuyo». Esta es la actitud de los fariseos. Ellos cumplen la ley, pero han llegado a tal punto de incomprensión sobre la identidad de Dios, que arguyen esa misma ley de Dios para pedir la muerte del Hijo de Dios: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir» (Jn 19,7).

Por medio de esta hermosa parábola, la Iglesia nos invita en este tiempo de la Cuaresma a revisar nuestra noción sobre Dios y a verificar que estemos adorando al Dios verdadero y no una invención nuestra, que, por cierto, sería sólo un ídolo.

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles