Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 04 de Noviembre del 2012

Mc 12,28-34
No estás lejos del Reino de Dios

El Evangelio de este domingo XXXI del tiempo ordinario es una de las páginas más importantes del cristianismo. Por un lado, marca la continuidad con la fe de Israel; y, por otro lado, la absoluta novedad de la fe cristiana.

Los saduceos acaban de poner a Jesús el caso de la mujer que fue esposa de siete maridos, como argumento contra la fe en la resurrección de los muertos. En su respuesta Jesús demuestra tener perfecto conocimiento de la Escritura y del poder de Dios al concluir: «No es un Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están en un gran error» (Mc 12,27). Entonces, un escriba, viendo que Jesús cita la Escritura con tanta autoridad –él es la Palabra de Dios−, se acerca y le plantea otra cuestión: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?».

El asunto no es ajeno a los judíos del tiempo de Jesús. En efecto, en otra ocasión, Jesús les reprocha no distinguir cuál es el más importante de los mandamientos: «¡Ay de ustedes, los fariseos, que pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello» (Lc 11,42). Jesús lo expresa de manera muy gráfica: «Cuelan un mosquito y se tragan un camello» (Mt 23,24). Les reprocha también haber puesto por encima de la Ley de Dios una multitud de observancias –se contaban hasta 613− que Jesús llama «tradiciones de hombres»: «Ustedes enseñan doctrinas que son preceptos de hombres; dejando el precepto de Dios, se aferran a la tradición de los hombres» (Mc 7,7-8).

Jesús responde en continuidad con la fe de Israel, citando el mandamiento dado a Israel por medio de Moisés: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». De esta manera, Jesús declara que ese mandamiento es el primero también para sus discípulos y para todo ser humano. Pero, ¿no es un poco redundante? No, porque los cuatro elementos son los que constituyen al ser humano. El corazón es la sede del pensamiento, que debe estar compenetrado de Dios; el alma es la expresión de la vida, la que Dios infunde al hombre con su soplo y de la cual sólo Él puede disponer; la mente señala la actividad intelectual del ser humano; y las fuerzas son todo lo que tiene el ser humano de material, su cuerpo y todas sus posesiones. Las dos facultades propias del ser humano son la voluntad y la inteligencia. La voluntad está implicada precisamente en el mandato de amar. Pero también está implicada la inteligencia al agregar «con toda tu mente». Por eso, la ignorancia religiosa, el descuido por conocer más a Dios y a Cristo y su Palabra y su Iglesia y los medios de salvación que nos dejó, también son un pecado contra ese primer y más importante mandamiento. Hablando a los Obispos de Suiza, un país reconocidamente desarrollado en el aspecto intelectual, el Santo Padre les advertía que «la ignorancia religiosa ha alcanzado un nivel espantoso» (7 nov 2006). Dejo a los lectores discernir en qué nivel de amor a Dios «con toda la mente» está nuestro país y nuestra sociedad.

Pero la respuesta de Jesús es esencialmente cristiana, pues agrega y pone al mismo nivel de ese primer mandamiento, también el segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y afirma, respecto de ambos: «No existe otro mandamiento mayor que éstos». Decimos que es cristiano, porque lo esencial de la fe cristiana es confesar que Jesucristo es verdadero Dios que se hizo verdadero hombre. Y él declara: «Lo que hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños (se refiere al amor que tuvimos hacia el prójimo), lo hicieron a mí» (Mt 25,40). Lo cristiano es que el amor que se debe a Dios no existe sin el amor al prójimo y que el prójimo es todo hombre y toda mujer. Jesús lo corrobora diciendonos: «Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado» (Jn 15,12).

El escriba que hizo la pregunta aprobó entusiasmado la respuesta de Jesús y mereció de él un reconocimiento que todos quisieramos escuchar: «No estás lejos del Reino de Dios». Ya sabemos cómo lograrlo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles