Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 28 de Octubre del 2012

Mc 10,46-52
Tu fe te ha salvado

Jesús había advertido a sus discípulos: «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas...» (Mc 10,33). La última escala de ese viaje es Jericó, que dista de la ciudad santa 27 km. El Evangelio de este domingo XXX del tiempo ordinario nos ubica en esa ciudad: «Llegan a Jericó».

En esa ciudad Jesús ciertamente predicó en la sinagoga y en las plazas, anunciando el Evangelio, y se hizo de muchos seguidores: «Saliendo de Jericó él, sus discípulos y una gran muchedumbre...». Parece un cortejo triunfal. ¿Por qué tanto entusiasmo? Ellos tienen la misma actitud que los habitantes de Jerusalén en su entrada allá: «Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”» (Mc 11,8-10). Piensan que Jesús es el Cristo, el hijo de David, y que va a restablecer el Reino de Israel, que estuvo unido bajo el reinado de David. Los apóstoles se disputaban ya los primeros puestos en ese Reino. Pero todos esperan algún beneficio.

Al margen de toda esta fiesta estaba el ciego de Jericó: «Saliendo de Jericó Jesús, sus discípulos y una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino». Bartimeo es el sujeto de la frase principal. Todo lo demás es circunstancia. No va por el camino. Está marginado, a causa de su ceguera, y condenado a pedir limosna. Él parece esperar de Jesús los mismos beneficios que todos los demás y por eso en su grito acentúa la condición real de Jesús: «Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”».

¿Qué puede hacer el Rey de Israel con un ciego, sino lo mismo que hacen todos, es decir, darle una limosna? Por eso la gente lo hace callar. Pero él insiste: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». No está de más observar que el verbo en modo imperativo que usa suena en griego: «eléeson». Es, entonces, obligado recordar a este ciego Bartimeo en la liturgia penitencial de la Eucaristía, porque allí repetimos tres veces su grito: «¡Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison!», aunque ahora lo decimos en castellano: «Ten piedad».

Jesús había prometido: «Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al llama, se le abrirá» (Mt 7,7-8). No podía dejar de escucharlo: «Jesús se detuvo y dijo: “Llamenlo”». Jesús quiere saber qué significa el grito del ciego, qué está pidiendo, ¿los mismos beneficios que esperan todos, incluidos los Doce? Le pregunta: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego cree mucho más que todos los demás; cree no sólo que Jesús es el Hijo de David, sino también que Jesús es «la Luz del mundo» (cf. Jn 8,12) y que puede darle la luz a sus ojos y, por eso, pide: «Rabbuní, ¡que vea!». ¡No es una audacia, ni una impertinencia! ¡Es un acto de fe! Así lo recalca Jesús: «Vete, tu fe te ha salvado». El signo visible de que ha recibido de Jesús la salvación, no es sólo haber recobrado la vista, sino sobre todo, seguir a Jesús por el camino: «Al instante, recobró la vista y lo seguía por el camino».

Jesús nos enseñó el poder de la fe por medio de una comparación: «Si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: "Desplázate de aquí allá", y se desplazará, y nada les será imposible» (Mt 17,20). El ciego de Jericó tenía más fe que un grano de mostaza. Por eso recibió la vista corporal y también la vista espiritual, que le permitió ver la Luz del mundo. Esta es la fe que nuestro tiempo necesita y que imploramos de Dios en este Año de la fe: «Señor, aumentanos la fe» (Lc 17,5).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles