Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 21 de Octubre del 2012

Mc 10,35-45
El rey de los judíos

Cuando José interpretó en Egipto los sueños del faraón –el sueño de las siete vacas gordas y siete flacas y de las siete espigas llenas y siete vacías− formuló el siguiente principio: «El hecho de que se haya repetido el sueño de Faraón dos veces, significa que la cosa es firme de parte de Dios y Dios se apresura a realizarla» (Gen 41,32). Este mismo principio debemos aplicarlo a la enseñanza de Jesús que nos transmite el Evangelio de este domingo XXIX del tiempo ordinario. Es una enseñanza repetida.

«Se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: “Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos... Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”». A esta altura ellos ya creen que Jesús es el Cristo (Ungido) (cf. Mc 8,29) y que tiene que cumplirse en él la promesa que Dios hizo a David (su Ungido): «Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré su reino... Yo lo estableceré en mi Casa y en mi reino para siempre, y su trono estará firme eternamente» (1Cro 17,11.14; cf. Lc 1,32-33). Es lo que esperaba el pueblo, cuando poco más adelante aclama a Jesús en su entrada a Jerusalén: «¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11,10). Santiago y Juan ambicionaban el segundo y tercer lugar en ese reino. Pero no estaban libres los otros diez de la misma ambición: «Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan».

Ante esta ambición de los primeros puestos en un reino de esta tierra Jesús formula la enseñanza central del Evangelio de hoy: «El que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos». Esta enseñanza Jesús ya la había expuesto ante los Doce; pero no había sido asimilada por ellos. En efecto, poco antes, mientras iban de camino, habían discutido entre ellos quién era el mayor. «Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”» (Mc 9,35, un capítulo antes).

¿Por qué sus discípulos no entienden? Porque es una enseñanza extremadamente difícil de entender y más aún de practicar. Está, además, presentada de manera paradojal: «El primero, sea último... el mayor, sea esclavo». ¿Cómo se entiende? Ellos no quieren ser el último, y menos aun esclavos; quieren ser el primero y el mayor. En realidad, Jesús está pensando en dos niveles: grandeza a los ojos de Dios, que es verdadera, y grandeza a los ojos de los hombres, que es vana. Jesús afirma que esas dos grandezas ¡están en relación inversa! La que importa es la grandeza ante Dios; la otra es insignificante y efímera, exige esfuerzos inmensos y está reservada a muy pocos.

Para que los apóstoles entendieran una enseñanza tan difícil, Jesús se pone a sí mismo como ejemplo, el más grande de todos los hombres, el que es además Dios verdadero: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos». Jesús se hizo el último: hasta los soldados y los criados se sentían con el derecho a golpearlo y escupirlo: «Algunos se pusieron a escupirlo, le cubrían la cara y le daban bofetadas, mientras le decían: “Adivina”, y los criados lo recibieron a golpes» (Mc 14,65). Pero a los ojos de Dios es tan grande que su humillación obtuvo de Dios la salvación del género humano: «En rescate por muchos».

Queda algo que aclarar: ¿en qué forma, entonces, fue Jesús rey, según lo prometido? Jesús fue rey en la forma verdadera, en la forma que lo entiende Dios, que es muy distinta de la forma en que lo entienden los hombres. Para los hombres el rey es el que tiene servidores, honor, riquezas, un palacio, etc., una imagen que todos tenemos de la realeza de este mundo, afortunadamente pasada. Para Dios la idea de rey es diametralmente opuesta a esa imagen: para Dios y para Jesús el rey es quien sirve y da la vida por su pueblo. Por eso Jesús es verdaderamente rey, y nunca se escribió nada más verdadero que el cartel que se puso sobre su cruz: «El rey de los judíos» (Mc 15,26). Eso que para los hombres era una burla, para Dios era la verdad. Cada uno puede verificar hasta qué punto sus pensamientos son los de Dios o los de los hombres.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles