Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de Octubre del 2012

Mc 10,17-30
Una cosa te falta

El Evangelio de este domingo XXVIII del tiempo ordinario comienza con la importante pregunta que un hombre hace a Jesús: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?».

Lo que este hombre desea no es simplemente una vida sin fin temporal. Lo que desea es una cualidad de vida en la cual esté plenamente colmado su anhelo de felicidad. Este anhelo en el ser humano es infinito y no puede ser colmado sino siendo «como Dios». ¡Es lo mismo que pretendía Adán! Sí. Pero Adán lo usurpó; nosotros esperamos recibirlo como pura gracia absolutamente inmerecida. Lo dice San Juan: «Seremos semejantes a él (Dios), porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,2). Era el plan original de Dios, que creó al ser humano «a imagen y semejanza suya» (Gen 1,26).

¿Quién es el hombre que hace a Jesús esa pregunta sobre la vida eterna? Estamos bien informados sobre su vida religiosa. En efecto, cuando Jesús le indica los mandamientos del decálogo, él afirma: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». ¡Admirable! Y, sin embargo, comprende que no basta; comprende que su esfuerzo personal, por muy grande que sea, no puede bastar para alcanzar la vida eterna, porque ésta es sobrenatural; en otras palabras, consiste en «ser semejantes a Dios». En esto Jesús le da la razón: «Para los hombres es imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios». Ese hombre comprende que le falta algo y ese es el sentido de su pregunta.

Jesús le asegura: «Una cosa te falta». Pero luego le indica dos: 1) «Vende cuanto tienes y daselo a los pobres»; 2) «Ven y sigueme». ¿Cuál es la única cosa que le falta? La que le falta es la segunda, pues si el hombre no hubiera tenido ningún bien que vender, siempre habría sido necesaria esa única cosa: seguir a Cristo. Pero los bienes de este mundo, si alguien los posee, son un obstáculo que dificulta mucho el seguimiento de Cristo. «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja». Y, aunque el hombre estaba convencido de que le faltaba algo para alcanzar la vida eterna y Jesús le dijo qué era lo que le faltaba, no pudo superar ese obstáculo. En realidad, no le creyó a Jesús; creyó que sus riquezas podían hacerlo más feliz. Por eso no quiso dejarlas. Su error quedó inmediatamente en evidencia: «Se fue triste»; lo contrario de feliz.

El Evangelio subraya el contraste con los Doce. Lo hace notar Pedro: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Era verdad. Entre los Doce, unos tenían más que dejar, otros menos. Pedro y Andrés, Santiago y Juan eran pescadores y habían dejado las barcas y las redes; Mateo era publicano y, por tanto, rico, y había dejado su oficio de recaudador de impuestos. Todos habían dejado todo y habían seguido a Jesús. Por eso, a ellos se les concede lo que aquel hombre quería: «En verdad les digo, no hay nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas... por mí y por el Evangelio que no reciba cien veces más en este tiempo... y en el mundo futuro, vida eterna».

En definitiva, la enseñanza del Evangelio de este domingo es la esencia de nuestra fe cristiana: el ser humano no alcanza la salvación si le falta Cristo. Lo dice San Pedro ante las autoridades religiosas judías: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4,12). Por su parte, San Pablo, que en el cumplimiento de la ley se declaraba intachable, lo dice de manera solemne: «Digna de fe y de toda aceptación es esta palabra: Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1Tim 1,15). La sociedad de nuestro tiempo, que procura con mucha vehemencia los bienes de este mundo y que ha alcanzado niveles insospechados de bienestar, necesita a Cristo. Por muchos bienes que tengamos no alcanzaremos la salvación sin él. En este Año de la fe que acaba de comenzar debemos orar siempre con más fuerza: «Señor, aumentanos la fe» (Lc 17,5), la fe en que el Salvador del mundo es él y no hay otro.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles