Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de Octubre del 2012

Mc 10,2-16
Nosotros tenemos la mente de Cristo

La metáfora del amor esponsal –amor total, exclusivo, fiel, indisoluble y fecundo– es usada por los profetas para describir la alianza de Dios con su pueblo Israel. El primero que la usa es Oseas (siglo VIII a.C.): «Oráculo del Señor: Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor» (Os 2,21-22). Consiguientemente, la idolatría es descrita como fornicación del pueblo. Pero esta metáfora no tendría ninguna fuerza si la alianza nupcial es regida por el divorcio; sería más bien contraproducente y no permitiría a San Pablo asegurar: «Los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rom 11,29). El régimen de divorcio era claramente reprobado por Dios, como lo expresa a través del profeta Malaquías (año 450 a.C.): «No traiciones a la esposa de tu juventud. Yo odio el repudio, dice el Señor, Dios de Israel» (Mal 2,15-16).

A esto se agrega que en la parte más sagrada de la Ley de Moisés, a saber, el relato de la creación del hombre y la mujer, en el cual se expresa el plan de Dios sobre el ser humano, la Palabra de Dios dice: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne» (Gen 2,24).

Esto explica que en el tiempo de Jesús hubiera discusión sobre este punto, en particular, entre los fariseos, que se distinguían por su esfuerzo en cumplir la ley de Dios. Por eso quieren saber la opinión de Jesús, que, por su parte, se había hecho notar como maestro, que «enseña el camino de Dios con toda claridad» (cf. Mc 12,14): «Se acercaron unos fariseos que, para ponerlo a prueba, le preguntaron si está permitido a un hombre repudiar a la mujer». Debemos agradecer a los fariseos que hayan hecho esa pregunta, pues la respuesta de Jesús nos permite conocer su mente. Esa es la mente que los cristianos debemos adoptar como propia para poder decir con verdad: «Nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor 2,16).

Jesús los refiere a la ley de Moisés, pensando en el principio, es decir, en el acto creador del hombre y la mujer por parte de Dios: «¿Qué les mandó Moisés?». Pero ellos responden refiriendose a la ley sobre el divorcio que se encuentra en el último libro de la Ley, el Deuteronomio (Deut 24,1-4): «Moisés permitió escribir un acta de divorcio y repudiarla». Este es el problema: ¿Por qué, si Moisés expone una doctrina en el acto creador, luego, la contradice con esa concesión? Porque entre una cosa y otra ha mediado el pecado, el pecado original y todos los pecados sucesivos en las relaciones entre el hombre y la mujer. Es lo que aclara Jesús: «Por la dureza de sus corazones les escribió Moisés ese precepto, pero desde el principio de la creación los hizo Dios macho y hembra». En la mente de Jesús no existen más que estos dos sexos. La «dureza del corazón» en la Biblia describe una situación generalizada de obstinación en el pecado, describe un pecado que está enquistado en la sociedad. Moisés no pudo librar al pueblo de ese pecado, porque él no era el redentor del mundo. Pero Cristo sí: «Él librará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21), dijo el ángel a José acerca del Niño Jesús. Él vino a volver las cosas al principio, antes de que las arruinara el pecado.

Jesús declara: «(El hombre unido a su mujer) ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre». Pero es imposible cumplir esta norma sin la gracia que Cristo nos obtuvo con su muerte en la cruz. Así lo enseña el Catecismo: «Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado. Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó “al principio”» (Catecismo N. 1608).

La situación de nuestra sociedad, en la cual reina una mentalidad divorcista, puede describirse como de «dureza del corazón». Las primeras víctimas de ella son los niños. Cualquiera sea la verdad sobre las encuestas que miden la pobreza en nuestro país, una cosa es cierta: los niveles más altos de pobreza se registran en los niños, es decir, en aquellos que para la satisfacción de sus necesidades básicas dependen de los adultos. El hecho de que ellos sean los más indigentes, pone en evidencia el egoísmo de los adultos, es una estadística del egoísmo, en lenguaje de Jesús, de la «dureza del corazón». Por eso, en el episodio siguiente Jesús, que supo de pobreza, expresa su solidaridad con los niños: «Abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos», e invita a los adultos a hacerse como ellos: «El que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles