Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 23 de del 2012

Mc 9,30-37
Ellos no entendían

En el Evangelio del domingo pasado se nos presentaba el momento en que Jesús comenzó a enseñar a sus discípulos el modo como él debía realizar su misión: «Comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y, después de tres días, resucitar» (Mc 8,31). Jesús pensaba en entregar su vida por nuestra salvación. Estos son pensamientos de amor, pues «nadie tiene amor más grande que este: que alguien dé su vida por sus amigos» (Jn 15,13). Estos son «pensamientos de Dios», porque «Dios es amor» (1Jn 4,8). Veíamos también cuán distantes estaban los pensamientos de sus discípulos, hasta el punto de permitirse Pedro reprender a Jesús. Ellos pensaban en aprovechar en su propio interés el fervor popular que Jesús despertaba con su enseñanza y sus milagros. Sus pensamientos eran de egoísmo, eran «pensamientos de hombres». Por eso Jesús reprende a Pedro: «¡Quitate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8,33).

Marcos quiere insistir otra vez en la imposibilidad en que estaban los discípulos en ese momento de entender esa enseñanza de Jesús. Por eso nuevamente pone en su Evangelio, uno junto a otro, dos episodios en que contrastan los pensamientos de Jesús y los pensamientos de sus discípulos. Es la lectura de este domingo XXV del tiempo ordinario.

El primer episodio consiste en la enseñanza que iba dando Jesús a sus discípulos mientras iban por los caminos de Galilea: «Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; lo matarán y a los tres días de haber muerto resucitará”». Es la misma enseñanza que había provocado la reacción de Pedro. El evangelista acentúa que los discípulos siguen sin entender. Pero esta vez, no reaccionan, pues temen profundizar en el tema: «Ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle».

El segundo episodio demuestra el contraste entre los pensamientos de Jesús y los pensamientos de sus discípulos. Son episodios independientes que el evangelista enlaza con una frase circunstancial: «Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, Jesús les preguntaba: “¿De qué discutían por el camino?”». Mientras Jesús pensaba en entregar su vida por los demás, ellos discutían entre sí quién era el más grande, es decir, quien es el que debe ser servido por los demás. No fue necesario que respondieran a Jesús para que él lo supiera. El Evangelio adquiere un tono solemne y presenta a Jesús en plena actitud de maestro: «Entonces, Jesús se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”».

¿Por qué el evangelista insiste en la incomprensión de los apóstoles, en particular, de Pedro? ¿No contribuye, de esta manera, al descrédito de la enseñanza de la Iglesia? Antes que nada, debemos decir que el Evangelio de Marcos es expresión de la enseñanza del mismo Pedro en Roma. En este momento, en el momento en que fue redactado este Evangelio, los pensamientos de Pedro ya no son pensamientos de hombres, sino de Dios. En este momento ya no anhela ser grande en este mundo, sino servir y entregar su vida, como, de hecho, lo hizo muriendo igual que su Señor, crucificado, aunque cabeza abajo.

Antes que su propio prestigio, ahora a Pedro interesa testimoniar que esa enseñanza de Jesús es difícil de entender, más bien, imposible a la naturaleza humana privada de la gracia de Dios. Cada uno puede verificar en su propia experiencia hasta qué punto ha adquirido los pensamientos de Dios o si aún sigue esclavo de los pensamientos de los hombres. Jesús nos ofrece un criterio: «Tomando un niño, le puso en medio de ellos». Los niños no pueden valerse por sí mismos y su suerte depende de la generosidad o egoísmo de los adultos. Por eso, es preocupante que en nuestro país las encuestas demuestran que el grupo social en que los niveles de pobreza son más altos son los niños. Es clara señal de que estamos lejos de «entender» la enseñanza de Jesús.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles