Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 16 de del 2012

Mc 8,27-35
Tener los pensamientos de Dios

El Evangelio de este Domingo XXIV de tiempo ordinario nos presenta el importante momento en que Jesús hace a sus discípulos una doble pregunta sobre su identidad, una acerca de lo que piensa la gente, otra acerca de lo que piensan ellos mismos. Cada una de estas preguntas tiene su respuesta. A través de la reacción de Jesús ante cada una de ellas, veremos quién está más acertado.

A la pregunta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?», esta es la respuesta: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; otros, que uno de los profetas». ¿Le agrada a Jesús esta identificación con un profeta? Ante ella no expresa ningún rechazo ni tampoco alguna rectificación. Si examinamos el Evangelio, vemos que Jesús a menudo se definió a sí mismo como un profeta y casi siempre con el aspecto más difícil de esa misión. En efecto, cuando es rechazado en su propia ciudad, se aplica a sí mismo el refrán: «Un profeta no es despreciado sino en su pueblo, entre sus parientes y en su propia casa» (Mt 6,4). Establece la ecuación entre un profeta y un perseguido cuando dice a sus discípulos: «Bienaventurados serán ustedes cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa... de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes» (Mt 5,11.12). Y, cuando le dicen que Herodes lo busca para matarlo, él aplica a sí mismo la suerte de un profeta: «Vayan a decir a ese zorro: “...conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén”» (Lc 13,32-33). Jesús se define a sí mismo como un profeta y como tal tiene que morir en Jerusalén. Herodes no tiene poder para cambiar ese designio divino.

A la pregunta dirigida a los discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», la respuesta de Pedro, en representación de todos, es esta otra: «Tú eres el Cristo». Ante esta respuesta Jesús reacciona: «Les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y, después de tres días, resucitar». Esta es una enseñanza nueva, inesperada. Jesús anuncia que le espera como designio divino −«debía sufrir»− la suerte que toca a un verdadero profeta más que el honor que debía tributarse al Mesías. Y esta suerte, la que tocaría a él, es la que deben estar dispuestos a abrazar todos sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».

Esto es lo que, en ese momento, todavía sus discípulos no entendían. Esto es lo que todavía hoy muy pocos entienden. Los discípulos se disputaban ya los puestos de honor, a su derecha y a su izquierda, cuando Jesús, como Mesías, hijo de David, comenzaría, según ellos, a reinar. Al Mesías esperado correspondía la suerte no de un profeta, sino de un rey. Por eso, Pedro se siente en el deber de reprender a Jesús, cuando expresa un designio divino sobre él tan distinto del esperado: «Tomándolo aparte, Pedro, se puso a reprenderlo». Quería apartarlo del cumplimiento de su misión: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). Esta es su misión. Debe ser la misión de su seguidor: «Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».

Esto explica la reacción tan severa de Jesús: «¡Quitate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Los pensamientos de los hombres son la lucha por el poder, la riqueza, la fama, el placer, que engendran contiendas, violencia y división. La diferencia entre los pensamientos de los hombres –de la carne− y los de Dios –del Espíritu− la expresa claramente San Pablo: «Las obras de la carne son conocidas: ... odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias... En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre...» (cf. Gal 5,19-23). Toda nuestra preocupación en esta tierra debería ser pensar como Dios. Para esto tenemos el ejemplo de Cristo: «El que quiera seguirme».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles