Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de del 2012

Mc 7,31-37
Mi Padre trabaja hasta ahora

El Evangelio de este Domingo XXIII del tiempo ordinario nos relata la curación de un sordomudo que Jesús realiza regresando a Galilea, después de su único viaje fuera de los límites de Israel: «Le traen un sordo y que hablaba con dificultad y le ruegan que le imponga la mano».

En el lenguaje griego original, para describir al enfermo, además de la palabra «sordo», se usa una palabra que aparece solamente dos veces en toda la Biblia (Nuevo Testamento y versión griega del Antiguo Testamento, llamada Setenta: LXX): «moguilálos», que significa «que habla con dificultad». No es un tartamudo, porque el tartamudo no tiene problemas de sordera. Tampoco es un mudo, porque el mudo no habla nada. Es alguien que aprendió a hablar, pero quedó sordo y su hablar, con el tiempo, se hizo cada vez más difícil. ¿Cuál es el otro lugar en que se usa ese sustantivo? Lo encontramos en Isaías 35,6. El profeta está anunciando la venida salvadora de Dios y lo dice en estos términos: «Ël vendrá y los salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos oirán. Entonces saltará el cojo como un ciervo, y la lengua del mudo (moguilálos) será nítida» (Is 35,5-6, LXX). Siendo una palabra tan extraña (en español no tenemos un sustantivo equivalente), si Marcos la usa aquí, es claro que tiene en mente ese texto de Isaías, que es el único lugar donde se encuentra. Sabemos, además, que los evangelistas usan el Antiguo Testamento y lo citan según su versión griega de la LXX.

La intención del evangelista es afirmar que esa presencia salvadora de Dios −«él vendrá y los salvará»− se realiza en Jesús y la curación de ese hombre la manifiesta.

Nadie puede pasar por alto el hecho de que el milagro de la curación fue obrado de manera muy elaborada (los otros dos evangelistas, Mateo y Lucas, omiten el hecho del todo): «Jesús metió sus dedos en los oídos de él y escupiendo tocó su lengua. Y mirando hacia el cielo, gimió y le dijo: “effata”, es decir, “abrete”». Muchos traducen: «Con su saliva le tocó la lengua». Pero no es esto lo que dice el texto. En el texto no aparece el sustantivo «saliva», sino sólo el verbo «escupir», y separa esta acción de la acción de tocar la lengua del sordo. La acción de meter los dedos en los oídos del sordo con la palabra «abrete» es clara y también su efecto: «Se abrieron sus oídos». Pero esto no tiene relación con el otro efecto: «La atadura de su lengua se soltó y hablaba correctamente». El gesto que produce este efecto es escupir, como expulsando de la boca algo, en concreto, esa atadura, y el tocar la lengua del sordo: La atadura de su lengua se soltó». A esto se agrega que, en la Biblia, escupir a alguien es signo de oprobio. Lo experimentó el mismo Jesús en su pasión. (Sin embargo, poco más adelante Marcos narra la curación de un ciego en términos muy parecidos y allí dice que Jesús «escupió en sus ojos», Mc 8,23; cf. Jn 9,6).

Dijimos que el milagro tiene la intención de afirmar que en Jesús se cumple la promesa: «Dios vendrá y los salvará», es decir, que él viene a restituir todo a su perfección original. Esta intención resulta más clara a la luz de la conclusión de todos: «Se maravillaban sobremanera y decían: “Todo lo ha hecho bien”». Y como ejemplo agregan: «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos (alalos)». A la luz de Isaías y de todos los profetas, este ejemplo corresponde a la acción salvadora de Dios. Pero también corresponde a la obra de Dios la afirmación: «Todo lo ha hecho bien». El evangelista usa el adverbio «kalós»: bello, perfecto, armonioso, etc., lo opuesto a defectuoso, imperfecto y, en el caso del hombre, sordo, mudo, ciego, etc. Pero, sobre todo, «kalós» es el término que en la LXX se usa como un estribillo después de cada obra de creación de Dios: «Vio Dios que estaba bien...» (Gen 1,4.8.10.12.18.21.25). La serie termina después de la creación del hombre –varón y mujer− con una afirmación general: «Vio Dios todo lo que había hecho y estaba muy bien». Sobre todo, estaba muy bien el ser humano.

Esta conclusión la confirma Jesús mismo evocando el relato de la creación. Cuando él sanó a un paralítico en día sábado y le reprocharon haber hecho esa obra el sábado, porque ese día séptimo Dios descansó, Jesús responde: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» (Jn 5,17). La obra de ambos es la misma y, por eso, tiene la misma evaluación: «Todo lo ha hecho bien». Esa obra consiste en volver al hombre a su perfección original ahora.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles