Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de del 2012

Mc 7,1-23
El Señor ve el corazón

En este Domingo XXII del tiempo ordinario retomamos la lectura del Evangelio de Marcos, que es el propio del ciclo B de lecturas (corresponde a los años múltiplos de tres, más dos; es el caso del año 2012).

Se nos presenta una discusión entre los fariseos y Je-sús, que a nosotros nos parece irrelevante. Al ver los fa-riseos que los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos, le reprochan: «¿Por qué tus discípulos no viven con-forme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos profanas?». La expresión «manos profanas», está ex-plicada por el evangelista: «Comían con manos profanas, es decir no lavadas». El evangelista Marcos explica para el lector romano, donde se escribió este Evangelio: «Es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antepasados». ¿Es sólo una norma de higiene −muy justa, por lo demás−? En realidad, no tiene ninguna relación con la higiene; se trata de una norma moral.

En efecto, los judíos y, en general, toda religión consideran la realidad dividida en dos esferas: la esfera de Dios a la cual pertenece la santidad y la esfera de lo profano. A Dios corresponde la santidad y para estar en la presencia de Dios hay que adquirir esa condición. Dios ha-bía elegido al pueblo de Israel y lo había separado de to-dos los demás pueblos para hacerlo su propiedad muy apre-ciada. En efecto, después de la liberación de Egipto mandó a Moisés: «Esto anunciarás a los hijos de Israel: ... si de veras escuchan mi voz y guardan mi alianza, ustedes serán mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,3.5.6). Las prescripciones de la alianza se resumían en este precepto, repetido como un es-tribillo: «Sean santos para mí, porque yo, el Señor, soy santo, y los he separado de entre los pueblos, para que sean míos» (Lev 20,26). La diferencia entre Israel y los demás pueblos es que Israel está llamado a la santidad, co-mo propiedad del Dios santo, y los demás pueblos son profa-nos, es decir, ajenos a Dios. Participa de esa mentalidad también San Pablo, como lo demuestra dirigiendose a San Pe-dro: «Nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pe-cadores» (Gal 2,15).

El problema era cómo adquirir la santidad. Era claro que se trataba de «escuchar la voz de Dios y guardar su alianza». Esta era la ley escrita. Pero se había desarro-llado una complicada ley oral que prescribía muchos precep-tos externos. Aquí entraba el lavatorio de manos y platos, copas, etc. Esta legislación es la «tradición de los ante-pasados». Faltar a estas tradiciones era hacerse profano, como los demás pueblos: «gentiles pecadores». Jesús deroga toda esa legislación llamandola «preceptos de hombres» e invita a observar los preceptos de Dios. En efecto, les re-procha: «Dejando el precepto de Dios, ustedes se aferran a la tradición de los hombres».

La santidad que permite estar en la presencia de Dios afecta al corazón del ser humano. El corazón es el núcleo interior de la persona. Allí se forman sus proyectos y de allí procede su actuación buena o mala a los ojos de Dios. Como es el corazón, así es la persona a los ojos de Dios. En el lenguaje bíblico, a menudo el corazón es sinónimo de la persona. El corazón es la sede del pensamiento. Por eso, el primer mandamiento es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Deut 6,5; Mt 22,37). Jesús nos dio un criterio para conocer el corazón del ser humano: «Por sus frutos los conocerán» (Mt 7,16). En el Evangelio de hoy ha-ce una lista de esos frutos malos que salen del interior y revelan el corazón: «De dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesina-tos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas per-versidades salen de dentro y hacen profano al hombre».

Jesús formuló esa enseñanza para que sepamos cuáles son las conductas contrarias a la santidad de Dios. Pero, al cifrar la santidad en el interior, nos manda, al mismo tiempo, a no juzgar: «No juzguen» (Mt 7,1). Es un dogma bí-blico que el corazón del ser humano lo conoce solamente Dios: «El hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón» (1Sam 16,7).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles