Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Marzo del 2011

Mt 4,1-11
Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto

El episodio evangélico de las tentaciones de Jesús, que recurre todos los años en el I Domingo de Cuaresma, se presenta como una situación inducida por el Espíritu Santo. En efecto, después de decir el Evangelio de Mateo que durante el Bautismo de Jesús, «se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él» (Mt 3,17), agrega: «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo». Se trata ciertamente de una moción interior, pero que a él se le presentaba como la voluntad de Dios. Podemos asegurar entonces que Jesús fue sometido a una prueba.

Las tentaciones comenzaron después que Jesús transcurrió en el desierto cuarenta días: «Después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo...». Tanto la cifra cuarenta, como el hecho de que Jesús haya sido sometido a prueba y que eso haya acontecido en el desierto, nos recuerdan los cuarenta años que pasó Israel en el desierto después de su liberación de la esclavitud de Egipto. Moisés interpreta ese período en los siguientes términos: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos» (Deut 8,2). Israel pasó la prueba mal, como lo dice Dios mismo en el Salmo 95,10-11: «Durante cuarenta años aquella generación me repugnó y dije: Son un pueblo de corazón torcido que no conoce mis caminos. Por eso en mi cólera juré: ¡No entrarán en mi descanso». De hecho ninguno de los adultos que salieron de Egipto entró en la tierra prometida.

Jesús, en cambio, pasó la prueba en total obediencia a la misión que su Padre le encomendó. Él es el Hijo de Dios, como lo declara la voz del cielo en su Bautismo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17), pero tenía que realizar su misión despojandose de su condición de Dios y asumiendo la condición de esclavo y en esta condición «se humilló a sí mismo haciendose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,8). Rechazó entonces la tentación de hacer ostentación de su condición de Hijo de Dios: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes... Si eres Hijo de Dios, tírate abajo...». Sobre todo, demostró lo que había en su corazón en su total obediencia al primer mandamiento, con lo cual rechaza toda tentación: «Apartate Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto”».

Jesús, siendo de condición divina, se despojó de ella y asumió nuestra condición humana, y en esta condición nuestra, sometido a la prueba, demostró que su corazón estaba lleno de amor a su Padre. La prueba suprema es ciertamente la cruz, donde reaparece la misma insidia: «Si eres Hijo de Dios, salvate a ti mismo y baja de la cruz» (Mt 27,40). Él pasó la prueba en lugar nuestro. Por eso él puede enseñarnos a pedir a Dios que no nos someta a nosotros a la prueba. Pedimos en el Padre Nuestro: «No nos introduzcas en la tentación» (esta es la traducción exacta del texto original, como se conserva en latín: «Ne nos inducas in tentationem», y también en italiano: «Non ci indurre in tentazione» y en inglés: «Lead us not into temptation»), es decir, no nos sometas a prueba para ver lo que hay en nuestro corazón, porque desconfiamos de nuestras fuerzas. Más bien pedimos a Dios, como lo hizo David, después de su pecado: «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva dentro de mí un espíritu firme» (Sal 51,12).

Las obras propias del tiempo de Cuaresma, la limosna, la oración y el ayuno, recomendadas por Jesús en el Evangelio y por toda la tradición de la Iglesia, tienen como fin robustecer nuestro corazón en el amor de Dios y en la obediencia a su voluntad.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles