Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 26 de del 2012

Jn 6,60-69
¿También ustedes quieren irse?

Hemos llegado al final del discurso del Pan de Vida, que nos ha acompañado los últimos cinco domingos. Jesús ha dicho de manera clara y reiterada que él dará un pan vivo, que es su propia carne y sangre, de manera que quien coma su carne y beba su sangre tendrá vida eterna, es decir, la misma vida divina que él comparte con su Padre. En este Domingo XXI del tiempo ordinario ya no se nos habla del Pan de Vida, sino de la reacción que tuvieron ante las palabras de Jesús, pronunciadas en aquella sinagoga de Cafarnaúm, sus propios discípulos y el círculo más interno de los Doce.

«Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?”». Al calificar un lenguaje como «duro» están usando una metáfora, pues la dureza es la resistencia que ofrece una realidad al tacto, y un lenguaje no tiene consistencia material. Pero ellos mismos explican la metáfora: «¿Quién puede escucharlo?». Esta es una pregunta que equivale a una negación: «Nadie puede escucharlo». Pero es una negación que no se refiere a las palabras pronunciadas por Jesús, pues para escuchar esas palabras basta tener oídos; la negación se refiere a Jesús: «Nadie puede escucharlo a él». Lo que está en juego es la aceptación de Jesús. No tienen fe en él. Por eso, la reacción final de ese grupo es separarse de Jesús: «Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él».

Jesús comprende que el rechazo es a él, que no creen en él. Por eso les dice: «Hay entre vosotros algunos que no creen». En este mismo discurso, antes, les ha dicho que la fe en él es un don de Dios: «La obra de Dios es que crean en aquel a quien él ha enviado» (Jn 6,29). Y, para que quede claro que se trata de su Persona, agrega: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae» (Jn 6,44). Eso mismo repite ahora ante el rechazo de algunos que no creen: «Por eso, les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre».

La fe es un don de Dios. Consiste en creer que Jesús es el Hijo de Dios y, habiendo creído esto, entregarse confiadamente a él aceptando como verdad todo lo que él diga. Lo primero es creer en él; en seguida todo lo que él dice resulta claro. Para quien cree en él, el discurso del Pan de Vida no es duro; son las palabras más dulces y claras que han resonado en esta tierra: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él». Firma el Hijo de Dios.

Hemos dicho que lo que está en juego es la fe en Jesús. Por eso, ahora se vuelve al grupo de los Doce y la pregunta que les hace no se refiere a la comprensión de sus palabras, sino a la adhesión a su Persona: «¿También ustedes quieren irse?». Pedro responde, a nombre del grupo, expresando, también en forma de pregunta, su total adhesión a Cristo, aceptando todo lo que él diga: «Señor, ¿dónde quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Pedro tampoco entendía con su inteligencia humana la enseñanza de Jesús sobre el Pan de Vida (en estas verdades «la carne no sirve de nada»), pero expresa su fe en él: «Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Pedro expresa primero la fe y después el conocimiento: «Creemos y sabemos». Para conocer las verdades reveladas tiene que preceder la fe. La fe abre a la comprensión de todas las palabras de Cristo. Entonces se acogen como «palabras de vida eterna». Este es el camino de la conversión. San Pablo se convirtió de perseguidor a muerte de Cristo en su más celoso apóstol. Pero esto no ocurrió porque haya estudiado mucho sus palabras y las haya comprendido con su inteligencia; ocurrió porque le fue dada la fe y él creyó. Por eso confiesa: «La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20).

Todos debemos plantearnos la pregunta de Jesús: «¿También ustedes quieren irse?». Es un examen de nuestra fe en él. Al concluir la lectura del discurso del Pan de Vida, podemos afirmar que la expresión de nuestra fe en Jesucristo es nuestra participación viva en la Eucaristía dominical.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles