Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 19 de del 2012

Jn 6,51-58
El que me coma vivirá

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré, es mi carne por la vida del mundo». Retomamos la afirmación que concluía la lectura del discurso del pan de vida el domingo pasado para continuar la lectura de ese discurso este Domingo XX del tiempo ordinario.

Jesús repite tres veces el concepto de «vida»: «pan vivo... vivirá para siempre... por la vida del mundo». La vida es un misterio. Si queremos definir la vida, no encontramos conceptos claros para hacerlo. Por eso, en el segundo relato de la creación del ser humano, el origen de la vida humana se pone en Dios: «El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser vivo» (Gen 2,7). Pero hay un problema serio. Si la vida procede de Dios, que es eterno e inmortal, ¿cómo puede ser que el ser humano muera? A esta pregunta, que se han hecho los hombres de todas las generaciones y culturas, responde el mismo relato bíblico. Dios había dado al ser humano el don de la inmortalidad, de la que Él goza, poniendo a disposición del ser humano el «árbol de la vida».

Una sola cosa diferenciaba a la creatura del Creador. El Creador tiene la ciencia del bien y del mal y la creatura recibe esa ciencia del Creador. Esto significa el único mandato que le dio: «Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás”» (Gen 2,16-17). Por eso, la mentira de la serpiente adquiere esta forma: «El día que comieren de él serán como dioses» (Gen 3,5). Sabemos el resto de la historia. Comieron de ese árbol y su condición fue lo más distinto de Dios que se puede imaginar: mueren. Esta condición la hemos heredado todos. San Pablo resume magníficamente la historia de los origenes y la historia sucesiva hasta nuestros días: «Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom 5,12). Todos tenemos esta vida por un breve lapso de tiempo.

Jesús es el Hijo de Dios bajado del cielo. Él es el origen de la vida. Por eso declaró: «He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). El modo de darnos esa vida es ofrecernos la unión con él más estrecha que se puede imaginar: él mismo se hace nuestro alimento: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré, es mi carne por la vida del mundo». Esta vida que comunica la carne de Jesús cuando la comemos es la misma que él tiene; y la que él tiene es la de Dios. Esta es la vida que nos comunica, vida eterna divina: «Así como el Padre vive..., y yo, por el Padre, vivo; así el que me coma, por mí, también él vivirá».

«Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”». Debemos agradecer a esos judíos que hayan rechazado lo dicho por Jesús como algo absurdo, o al menos, como un discurso figurado, porque esto motivó una de esas afirmaciones de Jesús que son exclusivas de él: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes». Nadie puede hablar así. Es como si le pusiera su firma: «Yo soy la Verdad» (Jn 14,6). Y agrega, para que no quede sombra de duda de que sus palabras hay que tomarlas en sentido literal, tal como las habían entendido los judíos en esa sinagoga: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida».

Esa carne y sangre suyas las entregó a nosotros como verdadera comida y verdadera bebida, bajo la apariencia de pan y vino, para que pudieran ser comida y bebida nuestras. Es lo que ocurre realmente en la Eucaristía. Este ha sido el centro de la vida de la Iglesia en todos los siglos y seguirá siendolo hasta el fin del mundo. La Iglesia no puede dejar de creer y vivir de este misterio, porque eso sería dejar de creer en Cristo, su Señor. ¡Impensable!

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles