Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 12 de del 2012

Jn 6,41-51
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo

En el Evangelio que leíamos el domingo pasado Jesús había dicho: «El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Dos cosas caracterizan a ese pan. Su origen: «baja del cielo» y su virtud: «da la vida al mundo». En la declaración solemne, con la cual concluía el Evangelio del domingo pasado, Jesús se identifica con ese pan considerando solamente su virtud: «Yo soy el pan de la vida». Pero los judíos que lo escuchaban se detienen en el tema del origen. Es un tema que ellos pueden objetar más fácilmente.

El Evangelio de este Domingo XIX del tiempo ordinario se abre con la «murmuración» de los judíos ante esas palabras de Jesús: «¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: “He bajado del cielo”?». Jesús es identificado como «el hijo de José», a quien ellos bien conocen, y esta filiación sería prueba suficiente de que es absurda su pretensión de «haber bajado del cielo». Tienen razón en un aspecto; pero están profundamente errados en otro. Están errados en el aspecto más importante, el que permite a Jesús afirmar que ha bajado del cielo.

Tienen razón –decíamos– en que Jesús es hijo de José, en cuanto que Dios lo entregó a José como hijo al decirle por medio de un ángel que le habló en sueños sobre ese niño: «José, hijo de David... María, tu mujer, dará a luz un hijo, engendrado en ella por obra del Espíritu Santo, y tú le pondrás por nombre Jesús» (cf. Mt 1,20-21). Por esta filiación Jesús es verdaderamente «hijo de David», y cumple la promesa hecha por Dios a ese rey y al pueblo de Israel.

Pero están profundamente errados, porque Jesús es una sola Persona divina y como tal es Hijo de Dios. Por eso reacciona a la murmuración llamando a Dios «Padre» y expresando su unidad con Él: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae». Siendo Hijo de Dios, él es coeterno con Dios y fue engendrado por Dios antes del tiempo. Su entrada en el tiempo, en nuestra historia humana, se puede expresar como «bajar del cielo» o, mejor, como «venir de Dios»: «No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre».

Aclarada la murmuración sobre su origen y afirmada su procedencia de Dios, como Hijo, Jesús repite: «Yo soy el pan de la vida». A él le interesa volver al tema de la vida que este pan comunica, y destaca la radical diferencia entre el «pan de la vida», que Dios da ahora, y el maná: «Los padres de ustedes comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera». Jesús usa el verbo «morir» con un doble sentido, uno referido a la vida terrena mortal y otro referido a la vida eterna inmortal. El maná era alimento perecible para sustentar la vida terrena mortal. De hecho, todos los adultos que salieron de Egipto «comieron el maná en el desierto y murieron», incluido Moisés. Murieron antes de entrar a la tierra prometida por haber murmurado. El «pan de la vida» comunica la vida eterna, que comienza ahora y perdura, después del fin de la vida terrena, para siempre. Tiene razón, entonces, Jesús al decir: «Quien coma de este pan no morirá».

La vida humana vale más que el alimento, como afirmó Jesús por medio de una pregunta: «¿No vale más la vida que el alimento?» (Mt 6,25). El alimento perecible no tiene vida; ese alimento no le da al ser humano la vida; nutre una vida que el ser humano ya tiene. La vida divina, en cambio, es infinitamente superior al ser humano. Es un puro don divino. El pan de vida eterna posee él mismo esa vida divina y la comunica al ser humano; ese pan es vivo. Es lo que afirma Jesús resumiendo lo dicho y dando otro paso de revelación: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre».

Nos preguntamos, lo mismo que se preguntaban los judíos presentes: ¿En qué sentido es Jesús un «pan vivo»? ¿Lo dice en sentido figurado? ¿Es una metáfora? No. No es una metáfora. Sus palabras hay que tomarlas en sentido estrictamente literal: «El pan que yo daré, es mi carne por la vida del mundo». El que come de ese pan tiene vida eterna.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles