Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 05 de del 2012

Jn 6,24-35
Hambre y sed de Dios

El Evangelio de este domingo XVIII del tiempo ordinario concluye con la afirmación de Jesús que da el nombre al largo discurso que él desarrolla en la sinagoga de Cafarnaúm: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá sed nunca».

Es una de las afirmaciones del IV Evangelio en que Jesús usa el pronombre personal «Yo», en forma enfática, seguido del verbo «ser». Debemos estar atentos cuando Jesús usa esa fórmula, porque lo hace para revelarnos su identidad profunda. En efecto, cuando él dice «Yo», está indicando su persona, como ocurre con cualquier persona que usa ese pronombre personal. La diferencia es que en el caso de Jesús su Persona es Dios. Al decir «Yo», él no está indicando ninguna persona humana. Su Persona es una sola y ésta, divina. Él es la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, un solo Dios con el Padre y el Espíritu Santo. Es el Hijo de Dios encarnado quien dice «Yo soy» y de esta manera revela su identidad.

«Yo soy el pan de la vida». Notemos que Jesús usa el término «vida» precedido por el artículo definido: «La vida». Se refiere, por tanto, a una vida particular ya mencionada. En efecto, antes ha exhortado a «obrar por el alimento que permanece para vida eterna». A esta vida se refiere Jesús cuando dice: «Yo soy el pan de la vida». El IV Evangelio usa la expresión «vida eterna» para indicar una vida que el ser humano está llamado a poseer ahora, durante su vida mortal, pero que es inmortal, porque no termina. El ser humano posee una vida natural propia, evidentemente mortal, y está llamado a poseer también una vida sobrenatural, eterna, divina. Esta vida tiene su propio alimento. Jesús indica ese alimento afirmando: «Yo soy».

En el tiempo de Jesús la conservación de los alimentos era un problema, porque no existía la refrigeración artificial. Era muy claro que los alimentos que nutren nuestra vida mortal y que el hombre se procura con su trabajo son también ellos mortales, son perecederos. En cambio, el alimento que nutre la vida eterna permanece. Éste no lo obtiene el hombre «con el sudor de su frente» (cf. Gen 3,19); éste es un don de Dios y lo da Jesús: «Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello».

El «sello de Dios» es el Espíritu Santo. De él estaba lleno Jesús, como lo declara Juan: «El que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios» (Jn 1,33-34).

Jesús explica la virtud de ese pan de la vida que es él mismo, agregando: «El que venga a mí no tendrá hambre y el que crea en mí no tendrá sed nunca». ¿A qué hambre y sed se refiere? Obviamente no al hambre y sed que se sufre por falta del alimento perecedero. Jesús se refiere al hambre y sed de Dios que tiene el ser humano en el fondo de su corazón, aunque no lo reconozca. Le puede dar otros nombres –la felicidad, la bondad, la belleza, la alegría, la paz, la plenitud, etc.−, pero se trata siempre del Bien supremo y último del cual tiene hambre y sed, pues para Él hemos sido creados. Bien lo expresa el salmista: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,3). Es el hambre y sed que anuncia Dios por medio del profeta Amós: «Vienen días en que yo mandaré hambre a la tierra, no hambre de pan ni sed de agua, sino de escuchar la Palabra del Señor» (Amós 8,11). Jesús se nos ofrece en la forma de un alimento que sacia esa hambre y sed. Por eso, se nos da como comida y bebida, como lo aclarará más adelante: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). Queda así saciada su hambre y sed de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles