Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 29 de Julio del 2012

Jn 6,1-15
Tomó Jesús los panes y, dando gracias, los repartió

El Evangelio del domingo pasado concluía mostrandonos a Jesús en el rol de maestro ante una multitud que lo había seguido hasta un lugar desierto, donde él había querido retirarse con los doce «apóstoles», después que ellos regresaron de su primer envío: «Al desembarcar vio mucha gente, tuvo compasión de ellos, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). Como no tienen pastor, Jesús cubre esa carencia, y el modo de hacerlo es «enseñandoles muchas cosas». Por eso, Jesús, que dice: «Yo soy el buen Pastor» (Jn 10,11.14), es conocido por todos principalmente como «Maestro». Por eso, una dimensión esencial de la tarea pastoral en la Iglesia de Cristo es la enseñanza. El pastor tiene la misión de enseñar a los fieles el camino hacia Dios. Bien sabía esto el santo Cura de Ars, patrono de los párrocos, quien dirigiendose al destino encomendado por el Obispo, preguntó a un niño el camino de Ars y, una vez que el niño se lo indicó, él le dijo estas famosas palabras: «Tú me has enseñado el camino de Ars; yo te enseñaré el camino del cielo». Comprendemos por qué la carencia de pastor despierta en Jesús la compasión.

El pastor tiene también la misión esencial de procurar alimento para su rebaño. Esta misión la asume también Jesús. En efecto, el episodio siguiente en el Evangelio de Marcos es la multiplicación de los panes, con los cuales Jesús nutrió a esa multitud que lo seguía: «Comieron todos y se saciaron» (Mc 6,42). En el Evangelio de Juan ese milagro es definido como «signo»; es un signo de otro alimento que Jesús provee y que él llama: «pan de vida», se entiende: «vida eterna». Por eso en este Evangelio el relato de la multiplicación de los panes, que leemos en este Domingo XVII del tiempo ordinario, se ubica antes del discurso del Pan de vida, que leeremos en los cuatro domingos siguientes.

«Seguía a Jesús mucha gente, porque veían los signos que realizaba en los enfermos». El motivo por el cual siguen a Jesús es que él sana a los enfermos. Y esto es para la gente un signo de que en él actúa un poder divino de salvación. Quieren gozar de ese poder. Así comienza el relato de otro signo aun más impactante: la multiplicación de los panes. El relato concluye con estas palabras: «Al ver la gente el signo que había realizado, decía: “Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”». Se esperaba un nuevo Moisés, según la promesa que Dios había hecho a ese liberador y jefe del pueblo de Israel: «Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta como tú» (Deut 18,18).

«Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos» (En este Evangelio nunca reciben el nombre de «apóstoles». Ya hemos visto que el responsable de este nombre es Marcos). Al ver la gente que venía hacia él, Jesús pregunta a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?». La pregunta está destinada a subrayar la inmensa desproporción entre la cantidad de comensales y la escasez de recursos para alimentarlos. En efecto, Felipe responde: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Evidentemente, ese dinero no lo tenían y, además, no bastaba para saciar a la multitud. Por su parte, Andrés agrega: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?». ¡No es nada! Pero es lo que pone el ser humano para que actúe el poder de Dios. El evangelista subraya una serie de expresiones que se adoptarán en el milagro eucarístico, que nosotros realizamos cada domingo: «Tomó Jesús los panes y, dando gracias (eucharistesas), los repartió...».

Aquellos cinco mil hombres se saciaron. Entonces Jesús da órdenes de que no se pierda nada: «Recojan los trozos (fragmentos) sobrantes para que nada se pierda». El Evangelio insiste en que se trata de pan partido: «Llenaron doce canastos con los fragmentos de los cinco panes de cebada que sobraron». Es una nueva insinuación de la Eucaristía, que en los primeros tiempos se llamaba, precisamente, «fracción del pan».

La multiplicación de los panes es un milagro auténtico, verdadero, histórico, de manera que esas personas comieron y se saciaron de ese pan material. Pero ese hecho, acentuado por las expresiones con que es relatado, adquiere valor de signo del pan eucarístico que nos da Cristo hoy para saciar nuestra hambre de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles