Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Julio del 2012

Mc 6,30-34
Tú tienes palabras de vida eterna

En el Evangelio del domingo pasado se relataba el momento en que Jesús, a los Doce que había elegido, «comenzó a enviarlos de dos en dos». Ese episodio concluía diciendo que ellos, «partiendo, predicaron que se convirtieran, arrojaron a muchos demonios, ungían con óleo a muchos enfermos y los sanaban» (Mc 6,12-13). Desde ese momento, se puede decir con razón que ellos son «enviados» (en griego: «apóstolos»). Por eso, Marcos, con mucha precisión, relata el regreso de ellos junto a Jesús con estas palabras: «Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo los que habían hecho y enseñado».
 
Si el Evangelio de Marcos es el primero que se puso por escrito, estamos ante la primera vez que se da el nombre de «apóstoles» a esos Doce elegidos por Jesús. Ese primer envío tuvo otros envíos sucesivos, hasta el envío definitivo y universal: «Vayan a todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). La característica de ser enviados es tan propia y esencial de ellos, que pasó a ser su nombre propio: «los doce Apóstoles». Los otros dos evangelistas, Mateo y Lucas, que escribieron sus respectivos Evangelios teniendo a la vista el de Marcos, afirman que ese nombre se lo dio Jesús en el momento de su llamada: «Jesús llamó a sus discípulos, y eligió de entre ellos a doce, a los que llamó también apóstoles» (Lc 6,13; cf. Mt 10,2)).
 
Los apóstoles, entonces, «contaron a Jesús todo lo que habían hecho y enseñado». Lo que habían hecho ya lo ha dicho el evangelista: «Arrojaron a muchos demonios, ungían con óleo a muchos enfermos y los sanaban». Y lo que habían enseñado es «que se convirtieran», es decir, lo mismo que enseñaba Jesús: «Conviertanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15). La identidad entre lo enseñado por Jesús y lo enseñado por sus apóstoles la declaró el mismo Jesús diciendo: «El que escucha a ustedes, a mí escucha» (Lc 10,16). Lo enseñado por los apóstoles lo conocemos. Lo enseñado por ellos es el Evangelio que nosotros debemos tomar todos los días en nuestras manos y leer. Así estaremos escuchando a Jesús.
 
Jesús dice a sus apóstoles que regresaban de esa primera misión: «“Vengan ustedes aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco” ... Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario». Jesús cumple con sus apóstoles su promesa: «Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo les daré descanso» (Mt 11,28). Pero la gente también quiere beneficiarse de esa promesa: «Fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos». Buscan a Jesús, porque esperan encontrar en él ese descanso del alma que sólo él puede dar: «Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas» (Mt 11,29).
 
Jesús cumple también con ellos su promesa: «Tuvo compasión de ellos, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas». Lo que sufre una oveja sin pastor es desamparo y desorientación; no sabe a dónde dirigirse. Lo más agotador para una persona es trabajar sin sentido, sin saber para qué, es decir, sin motivación. Lo más agotador −estamos hablando del cansancio del alma− es sufrir ignorancia respecto al sentido de la existencia. Lo recuerda el Concilio Vaticano II: «En realidad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano...» (G.S. 10). El corazón humano no descansa mientras no encuentra la respuesta a las cuestiones más fundamentales: «¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos, subsisten todavía?...¿Qué hay después de esta vida temporal?» (Ibid.). Jesús da descanso para el alma ofreciendo orientación, es decir, dando la respuesta a esas preguntas: «Se puso a enseñarles muchas cosas». Esa enseñanza la asimilaron plenamente los apóstoles y por eso, ya no se alejaron más de él: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Estas son las palabras que se nos ofrecen en la celebración eucarística de cada domingo. No debemos ir a ningún otro.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
​Obispo de Santa María de Los Ángeles