Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de Julio del 2012

Mc 6,7-13
Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos

«Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos». Con esta noticia se abre el Evangelio de este Domingo XV del tiempo ordinario. Los Doce son enviados a prolongar la misión de su Maestro acerca de quien, en la frase anterior, el evangelista ha dicho: «Recorría los pueblos del contorno enseñando» (Mc 6,6).
 
¿Quiénes son los Doce? Los Doce son el núcleo más íntimo de los discípulos de Jesús. El evangelista los da por conocidos, porque ya los ha presentado. En efecto, mucho antes ha escrito: «Jesús subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3,13-15). Es un momento importante del ministerio de Jesús, tanto que el evangelista considera necesario consignar el nombre de cada uno de esos Doce: «Instituyó a los Doce, a Simón a quien puso el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, etc.» (Mc 3,16-19).
 
El evangelista acentúa y repite: «Instituyó Doce». ¿Por qué este número y no otro? ¿Por qué no fueron, por ejemplo, diez, que es el número necesario para constituir en Israel una fraternidad de oración? Diez fue también el número de justos que bastaba a Dios para perdonar a Sodoma: «Si hay allí diez justos, en consideración a esos diez, no la destruiré» (Gen 18,32), dice el Señor a Abraham. Jesús tuvo otra razón que es necesario descubrir. La encontramos en la historia del pueblo de Israel, que ofrece un poderoso antecedente al número doce: el pueblo de Israel se formó por la unión de doce tribus hermanas. Todas ellas remontan a un origen común. Se trata de los doce hijos de Jacob-Israel, cada uno de ellos padre de otras tantas tribus de Israel.
 
La ecuación entre esos doce discípulos y las tribus de Israel la revela el mismo Jesús cuando les dice: «Cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, se sentarán también ustedes en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19,28). Al instituir a Doce y darles la misión de prolongar en el mundo su obra, Jesús revela su intención de fundar un nuevo pueblo. La fórmula de la antigua Alianza con el pueblo de Israel: «Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo» (Jer 7,23; 11,4), se renueva ahora con una Alianza nueva y eterna sellada con la Sangre de Cristo: «Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna». A este nuevo pueblo no se pertenece por el nacimiento carnal –en Israel cada uno sabía a qué tribu pertenecía porque descendía de uno de los doce hijos de Jacob−, sino por el nacimiento de lo alto, del agua y del Espíritu Santo. En este nuevo pueblo nadie desciende de tal o cual apóstol, sino que todos son hijos de Dios. Lo dice San Pablo en su himno de alabanza de la carta a los Efesios: «Dios nos ha destinado, por medio de Jesucristo, a ser sus hijos, según el beneplácito de su voluntad» (Ef 1,5). La extensión del nuevo pueblo de Dios es universal: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizandolos... y enseñandoles a guardar lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20). Se trata del mandamiento del amor.
 
Desde temprano, entonces, cuando instituyó a los Doce, Jesús reveló su intención de fundar su Iglesia sobre esas doce columnas, como nuevo Pueblo de Dios: «Ustedes, que en un tiempo no eran pueblo, ahora son Pueblo de Dios» (1Pe 2,10). El Catecismo de la Iglesia Católica enumera sus características: «Este pueblo tiene como Cabeza a Cristo... su identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios... su ley es el mandamiento nuevo del amor... su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo... su destino es el Reino de Dios...» (N. 782). Como vemos en el Evangelio de hoy su origen fue muy humilde; pero ahora se extiende por toda la tierra. Nuestro honor y nuestra alegría consiste en ser parte de él.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles