Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 08 de Julio del 2012

Mc 6,1-6
Los suyos no lo recibieron

En su progresiva revelación de la identidad de Jesús, el evangelista San Marcos nos presenta este Domingo XIV del tiempo ordinario un episodio ocurrido en el pueblo en que Jesús se crió y donde supuestamente tenía que ser mejor conocido: «Vino a su pueblo... Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga».

¿De qué pueblo se trata? Evidentemente, de Nazaret. En el Evangelio de Marcos la primera presentación de Jesús, cuando comienza su ministerio público, ya adulto, indica ese origen: «Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9). A menudo se le da en este Evangelio el título: «Jesús nazareno». Así lo llaman los demonios: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús nazareno?» (Mc 1,24). Con ese nombre lo conoce la gente, como se observa de la pregunta que hacen a Pedro: «También tú estabas con el nazareno, Jesús» (Mc 14,67). Incluso un ángel le da ese nombre, cuando después de su resurrección dice a las mujeres: «Buscan a Jesús el nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí» (Mc 16,6).

El ciego, Bartimeo, que ya contradecía a quienes querían hacerlo callar, también parece contradecir el título «nazareno». En efecto, «al enterarse de que era Jesús el nazareno, (quien pasaba) se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”» (Mc 10,47). Lo llama «Hijo de David». Pero el Hijo de David no puede ser nazareno; tiene que ser judío y, más precisamente, de Belén de Judá, la ciudad de David. ¿Cómo se explica que sea nazareno y también Hijo de David? El Evangelio de Marcos no nos responde. En este Evangelio ni siquiera se menciona Belén y tampoco José, de quien viene a Jesús ser Hijo de David. A esta pregunta responden, con sus respectivos relatos de la infancia, Mateo y Lucas. Mateo explica que Jesús nació en Belén, pero después de la huida a Egipto su familia se retiró a Nazaret por temor al hijo de Herodes. En tanto que Lucas, explica que su madre, María, era de Nazaret, pero, por la circunstancia del censo decretado por el César Augusto, debieron ir a Belén la ciudad de José para empadronarse, donde se le cumplió el tiempo del parto. Jesús, entonces nació en Belén, pero se crió en Nazaret. Ambas cosas son verdad: es nazareno y es Hijo de David.

Es entonces en la sinagoga de Nazaret donde muchos, al oír su enseñanza, preguntan: «¿De dónde le viene esto? ... ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Por el tenor de la pregunta es claro que Jesús en su propio pueblo es poco conocido –ni siquiera saben su nombre− y que son más conocidos esos otros personajes, cuyos nombres conocen bien. Y esos hermanos y hermanas ¿dónde están? Si hubieran sido verdaderos hermanos, habría sido más lógico que ellos mismos preguntaran: «¿De dónde viene esto a nuestro hermano Jesús?». Es obvio que ellos no son hijos de María, como resulta identificado Jesús, y tampoco hijos de David, del cual no hay ninguna mención.

El contenido de la enseñanza de Jesús y esa sabiduría que sus conciudadanos reconocen –«oyendolo, se admiraban»–, quedaron anulados por la envidia. El Evangelio nos informa que Jesús era conocido por su oficio de carpintero, que ciertamente se dedicaba a hacer bien su trabajo y que conducía una vida sencilla y retirada. Sus conciudadanos no aceptaron que uno de ellos, que hasta entonces no había sobresalido, pudiera ahora decirles con autoridad: «El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca, conviertanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15). Y se cumplió también en Jesús el refrán popular que él mismo cita: «Un profeta no es desestimado sino en su pueblo, entre sus parientes y en su propia casa». Es un refrán que encierra un fuerte reproche, pues, es en su propia casa donde un verdadero profeta debería recibir mayor atención. Por eso, Jesús «se maravilló de su falta de fe». Su falta de fe fue inaceptable, pues se cerraron ante la Palabra de Dios: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Este episodio es una advertencia para que nosotros no encontremos excusa para nuestra fe en cosas marginales.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles