Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 01 de Julio del 2012

Mc 5,21-43
No temas, solamente cree

En el Evangelio de este XIII Domingo del tiempo ordinario Marcos nos presenta dos personas de fe. Ambas están presentadas como ejemplos de fe en Cristo. De una de ellas, dado que es un personaje importante en la comunidad judía –jefe de la sinagoga–, el evangelista nos transmite incluso el nombre: Jairo. Es un personaje histórico que podía dar testimonio del hecho que se narra. La otra es una mujer anónima, pero no por eso menos ejemplar.

La fe de estos dos personajes resalta más si se considera que el evangelista los pone en contraste con los mismos Doce. En efecto, poco antes ha relatado el episodio de la tormenta en el lago, en que los apóstoles, no obstante estar con ellos Jesús y no dar él ninguna muestra de inquietud –estaba durmiendo–, están seguros de que van a perecer y gritan a Jesús: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,48). En esa ocasión, después que calmó la tormenta, Jesús les reprochó su falta de fe: «¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?» (Mc 4,40). La conclusión que resulta de unir ambos episodios es que tanto Jairo como la anónima mujer, si hubieran ido en esa barca con Jesús aun en medio de la tormenta, habrían mantenido la paz.

Jairo recurre a Jesús, seguro de que él puede librarlo de la angustia: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Está seguro de que, si Jesús impone la mano sobre su hija, aunque ella esté en punto de muerte, quedará sana. Jesús accede a ese ruego y se pone en camino hacia la casa de Jairo. El evangelista intercala el episodio de la mujer anónima que sufría desde hacía doce años flujo de sangre sin que ningún médico pudiera sanarla. Ella está segura de que Jesús puede sanarla y que no es necesario que ella gaste dinero (como había ocurrido con los otros médicos), ni que el mismo Jesús haga algún esfuerzo: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Lo hace y se realiza lo que creía. Pero Jesús no quiere que el hecho permanezca desconocido ni que ella se vaya sin un don mayor que la salud corporal. Jesús quiere felicitarla por su fe diciendole unas palabras que ella recordará para siempre y que quedaron consignadas en el Evangelio para edificación de todas las generaciones: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Es la única mujer a la cual Jesús llama: «Hija». ¡Valía la pena ser puesta en evidencia! Desgraciadamente, Marcos no nos transmite el nombre de esta mujer. Seguramente, ni él lo supo. Hoy día habría sido un hermoso nombre cristiano de mujer.

El episodio intercalado demuestra que, en su camino hacia la casa de Jairo, Jesús no tiene prisa, aunque Jairo había dejado clara la urgencia. Y ocurrió lo que se temía: llegan emisarios de la casa de Jairo con la triste noticia de que su hija ya ha muerto. Lo que era de esperar es que Jesús lo hubiera lamentado y se hubiera disculpado diciendo que ya no había nada que hacer. Es lo que habría hecho todo médico de este mundo, aun con el desarrollo actual de la medicina. Es lo que hacen los emisarios diciendo a Jairo: «¿Para qué molestas ya al Maestro?». Pero, lejos de hacer todo eso, Jesús manifiesta total dominio de la situación y exige a Jairo una fe mayor: «No temas; solamente cree». Le exige creer que él no sólo puede sanar la enfermedad –que ya es como morir un poco–, sino vencer a la muerte misma.

Con la misma autoridad con que ordenó al mar y al viento calmarse, ahora Jesús manda a la niña muerta: «Talitá kum». Ningún lector las podrá reproducir en la forma que Jesús las dijo. Debió ser tan impactante que el evangelista las conserva en su sonido original arameo. Pero las traduce para sus lectores del mundo helenista y, desde el griego en que fue escrito su evangelio, las traducimos al español: «Niña, a ti te digo, levántate».

Jesús ha anticipado una manifestación de su poder de vencer a la muerte. Decimos «ha anticipado», porque la demostración plena fue su propia resurrección. De esta manera revela algo más profundo: que él ha venido a librar al ser humano del pecado, pues «por el pecado entró la muerte en el mundo» (Rom 5,12). Esta es la gracia que nosotros esperamos de él.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles