Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 20 de Marzo del 2011

Mt 17,1-9
Dios nos ha hablado por el Hijo

El Evangelio de este II Domingo de Cuaresma nos relata el episodio de la Transfiguración de Jesús. Lo que esa ex-periencia fue para los presentes no puede comunicarse con palabras de nuestra lengua. Ellas no aciertan a decir más que lo que captan los sentidos: «Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Más nos informan las palabras que pronuncia Pedro ante esa visión: «Señor, bueno es para nosotros estar aquí contigo». Pedro considera que ya no hay nada ulterior que desear. Afirma haber alcanzado la felicidad plena.

Ciertamente no es una experiencia sensorial, pues el sol y la luz los vemos todos los días y no nos conceden esa plenitud. Lo que estaba viviendo Pedro es un anticipo de aquello que, según San Pablo, Dios tiene preparado para los que lo aman: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó» (1Cor 2,9). Así lo explica el Ca-tecismo de la Iglesia Católica: «Por un instante, Jesús muestra su gloria divina... La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo “el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Fil 3, 21)» (N. 555.556). Era un anticipo de la gloria celestial.

De entre los Doce, Jesús eligió al núcleo más cercano para concederles esta visión: «Tomó consigo a Pedro, a San-tiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto». Jesús los invita a esta experiencia, porque quiere que, pase lo que pase, quede grabada en la mente de ellos la certeza de que él es la Palabra definitiva dicha por Dios al mundo. Ellos comprenderán que Jesús supera todo lo anterior. Este es el sentido de la presencia de los otros dos personajes: «Se les aparecieron Moisés y Elías que con-versaban con él».

Sobre Moisés la Escritura decía: «No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara, nadie como él en todas las señales y prodigios que el Señor le envió a realizar...» (Deut 34,10-11). Por su parte, Elías se presenta a sí mismo así: «Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy. No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga» (1Re 17,1). Moisés y Elías eran considerados los profetas principales del Antiguo Testamento. A través de ellos Dios había hablado a su pueblo, como lo expresa el mismo Jesús en la parábola del rico y Lázaro: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). En la Transfiguración Jesús es acreditado por la voz del cielo, no sólo como un profeta, sino como el Hijo amado. Acerca de él esa voz declara: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchenlo». En adelante hay que escucharlo a él. En efecto, «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo, a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual es resplandor de su gloria e impronta de su sustancia» (Heb 1,1-3). Esto es lo que quedó en evidencia en la Trans-figuración de Jesús. Esto es lo que nos han transmitido los testigos de ese hecho.

Contemplar en la oración la Transfiguración de Jesús llena nuestro espíritu de gozo, pues se nos transmite algo de lo que experimentaron esos testigos elegidos por él. Pero quedemonos con la recomendación que nos hace Dios mismo: «Escuchenlo». En este tiempo de la Cuaresma debemos revisar hasta qué punto nosotros escuchamos a Jesús, hasta qué punto dejamos que él nos hable desde las páginas del Evangelio. Es una invitación a leer con más frecuencia y detención el Evangelio, en un clima en que hagamos callar las otras vo-ces, para poder escuchar la voz de Cristo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles