Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 24 de Junio del 2012

Mc 4,35-41
Ningún mal temeré, porque tú vas conmigo

La primera vez que Jesús impresionó a sus discípulos fue poco después de haber llamado a los primeros cuatro de ellos, Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Entró con ellos en la sinagoga de Cafarnaúm y allí liberó a un hombre de la po-sesión diabólica: «Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen”» (Mc 1,27). Más adelante, impresionó incluso a las autoridades judías, cuando demostró que tenía poder para perdonar los pecados sanando a un paralítico a la vista de todos: «Quedaron todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: “Jamás vimos cosa parecida”» (Mc 2,12).

Como iremos viendo en este ciclo B, el Evangelio de Marcos se presenta como la revelación progresiva de la iden-tidad de Jesús. Alcanza un primer punto de llegada en la confesión de Pedro: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29). Pero su punto culminante lo alcanza en el momento de su muerte en la cruz con la declaración del centurión romano: «Verdaderamen-te, este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39).

El Evangelio de hoy es un paso importante en esa reve-lación progresiva. Jesús ha elegido ya a los Doce y, con-cluida su enseñanza en parábolas, al atardecer de aquel día, les dice: «Pasemos a la otra orilla». Y partieron en la bar-ca. El Evangelio sigue: «Se levantó una fuerte tormenta de viento y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se llenaba la barca». La situación es desesperada. ¿Jesús qué hacía? Jesús manifiesta absoluta ausencia de cualquier preo-cupación: «Él estaba en popa, durmiendo sobre una almohada». ¡No es un actitud irresponsable! Es la actitud de quien per-manece dueño de la situación.

No sabiendo aún los discípulos quién es verdaderamente Jesús, interpretan su absoluta calma como falta de preocupa-ción por su suerte y se lo reprochan: «Lo despiertan y le dicen: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”». Pero el presupuesto de la pregunta es falso: ellos no están en nin-gún peligro de perecer, porque está Jesús con ellos. Y él se lo demuestra con hechos: «Habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla, enmudece!”. El viento cesó y sobrevino una gran calma».

Quedó en evidencia que, estando Jesús con ellos, aunque se hubiera desatado una gran tormenta, no había motivo para tener miedo. Y Jesús lo hace notar preguntando, a su vez: «¿Por qué están con miedo? ¿No tienen aún fe?». Ellos tenían miedo a los elementos naturales, porque aún no habían com-prendido plenamente quién era Jesús: «Se decían unos a otros: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obe-decen?”».

Con su total dominio de las fuerzas naturales y, ante-riormente, de las fuerzas demoníacas, y con su afirmación –esto significa el reproche que hace a los discípulos– de que yendo él en la barca no había nada que temer, Jesús reivin-dica para sí lo que dice el creyente en el Salmo 23 respecto de Dios: «El Señor es mi pastor nada me falta... aunque ca-mine por un valle de sombra de muerte, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me confortan» (Sal 23,1.4). Esta es la respuesta a la pregunta de los dis-cípulos que quedó en suspenso: «¿Quién es este?». Este es el único que tiene poder para prohibir al viento y al mar que hagan algún mal al ser humano que cree en él y se abandona a él.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles