Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Junio del 2012

Mc 4,26-34
Venga tu Reino

En el Evangelio que leemos este Domingo XI del tiempo ordinario, Jesús nos propone dos parábolas con las cuales quiere hacernos comprender la realidad del Reino de Dios: «El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra... Es como un grano de mostaza que cuando se siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas...». Es inútil que tratemos de visualizar el Reino de Dios; no tiene una imagen visual. No tiene relación alguna con otros reinos de esta tierra, como el reino de Inglaterra o el reino de España o el mismo Reino de Israel (cf. Hech 1,6). Si nos cuesta a nosotros tener una idea clara de lo que es el Reino de Dios, no nos extrañemos. El mismo Jesús, que sabía bien lo que era, tenía dificultad para explicarlo: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?».

Remontemonos al primer uso que hace Jesús de esta expresión, en la esperanza de que sea un uso programático: «Después que Juan fue entregado, fue Jesús a Galilea; y proclamaba el Evangelio de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviertanse y crean en el Evangelio”» (Mc 1,14-15). Podemos decir que el Reino de Dios tiene que ver con el comienzo de la vida pública de Jesús: está cerca porque él ha comenzado a proclamar el Evangelio de Dios. Podemos afirmar también que el acercamiento del Reino de Dios está vinculado a un tiempo determinado que, con la venida de Jesús, se ha cumplido (textual: «se ha colmado», verbo griego: «pleroo»). Pero este concepto lo encontramos decodificado por San Pablo: «Cuando llegó la plenitud (pléroma) del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer... para que nosotros recibieramos la filiación (se entiende la misma que tiene el Hijo). Y porque son hijos envió Dios el Espíritu de su Hijo que clama en nuestros corazones: “Abbá, Padre”» (Gal 4,4.5-6). Podemos decir, entonces, que el Reino de Dios es la presencia en el mundo del Hijo de Dios hecho hombre y de los hombres y mujeres hechos hijos de Dios por el don de su Espíritu.

No hay expresión más clara de lo terreno que «comer y beber». Por eso cuando San Pablo trata de explicar que el Reino de Dios no es de este mundo y que nunca podrá entenderse con las categorías de este mundo, dice: «El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rom 14,17). ¿Dónde está el Reino de Dios hoy? El Reino de Dios está en el mundo por medio de la Iglesia, porque por medio de ella está en el mundo Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, −«Yo estaré con ustedes todos los días» (Mt 28,20)− y por medio de ella e incorporados a ella nacen los hijos de Dios: «El que no nace de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5). Cuando se insiste en encasillar a la Iglesia en conceptos de este mundo se cae en el error. La Iglesia no puede ser entendida sino con la luz del Espíritu Santo.

Ahora podemos entender las parábolas. En los veinte siglos de cristianismo, la Iglesia desde que fue sembrada ha crecido desde un puñado de hombres hasta extenderse a toda la tierra, sin que nada pueda detenerla: «Que duerma y se levante, de noche y de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma...». Hay que considerar que Jesús dijo esto cuando la Iglesia estaba siendo sembrada y que esas palabras se registraron por escrito, cuando los miembros de la Iglesia eran pocos miles. ¡Es una magnífica profecía! Vista la historia de estos veinte siglos, podemos extrapolar hacia el futuro: ninguna fuerza de este mundo podrá destruirla. A esas fuerzas el mismo Cristo les advierte: «Te es duro dar coces contra el aguijón» (Hech 26,14).

En la segunda de estas parábolas Jesús quiere expresar, no tanto el carácter inexorable del crecimiento cuanto su carácter explosivo, comparando la pequeñez de sus orígenes con la grandeza de su desarrollo. En su origen es como un grano de mostaza. Jesús subraya que «es la más pequeña de todas las semillas». Otras instituciones de esta tierra han tenido un origen más grandioso; pero han desaparecido. La Iglesia, en cambio, se ha extendido a toda la tierra. Pero todavía le falta mucho crecimiento. Donde aún no hay «justicia y gozo y paz en el Espíritu Santo» aún no se ha establecido el Reino de Dios. Por eso San Pablo, interpretando a toda la creación, advierte: «La ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios... la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rom 8,19.22). Por eso debemos orar con más intensidad: «Venga tu Reino».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles