Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 10 de Junio del 2012

Mc 14,12-16.22-26
Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado

En este domingo, en que la Iglesia celebra la gran solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo –«Corpus Christi», la liturgia nos presenta el relato de la institución de la Eucaristía, según el Evangelio de Marcos.

En esos pocos versículos se usa cuatro veces el sustantivo hebreo «Pascua» (en hebreo suena «Pésaj»). Para los judíos era un término de un densísimo significado. Pero adquiere aun mayor fuerza si consideramos que San Pablo lo identifica con Cristo mismo: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1Cor 5,7). Por esto, ese término da el nombre a la más importante de las fiestas cristianas: la Pascua, nuestra Pascua.

«El primer día de los ácimos, cuando se inmolaba la Pascua, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la Pascua?”». De estos dos usos de la palabra «Pascua», podemos deducir que la Pascua «se inmola y se come». Es, por tanto, un sacrificio de comunión, es decir, un sacrificio en el cual la víctima, una vez que ha sido sacrificada (hecha sagrada, introducida en la esfera divina), es asada y comida, entrando los comensales, de esa manera, en comunión con Dios y de unos con otros. Era, sin embargo, un sacrificio de comunión único. Por eso, se celebraba un día preciso del año y exigía una preparación especial: los discípulos, siguiendo las instrucciones de Jesús, «prepararon la Pascua». La Pascua judía era el sacrificio que Dios mandó celebrar a Israel cuando fue liberado por Él de la esclavitud de Egipto y fue adoptado como pueblo suyo por medio de una alianza (la antigua alianza), sellada con la sangre del cordero inmolado. Israel celebraba la Pascua todos los años «en conmemoración» de esos hechos.

En el contexto de esa celebración –ya dijimos, se repite cuatro veces− es que Jesús «tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza, derramada por muchos”». Esa copa tenía el «producto de la vid». ¿Qué comieron y bebieron los apóstoles? Si creemos a la palabra de Cristo, que es la Verdad, debemos responder: comieron el cuerpo de Cristo y bebieron la sangre de Cristo. Si creemos en la información que nos dan nuestros sentidos, respondemos: comieron pan y vino. Pero debemos creer más a Cristo que a la información de nuestros sentidos. Lo dice de manera insuperable Santo Tomás de Aquino en un himno eucarístico compuesto por él: «Te adoro devotamente, Dios escondido... en ti la vista, el tacto, el gusto engañan; sólo por el oído se cree sin error».

¿Cómo puede ser que los sentidos nos informen de algo falso y la Palabra de Dios de algo verdadero? No debemos temer a la única palabra que nos dice con verdad lo que ocurre, más bien debemos conocerla y entenderla, porque expresa nuestra fe: ocurre la transustanciación del pan y del vino, es decir, por el imperio de la palabra de Dios, la sustancia del pan se convierte en la sustancia del Cuerpo de Cristo y la sustancia del vino en la sustancia de la Sangre de Cristo. La sustancia es aquello que una cosa es. Era pan y ahora es el Cuerpo de Cristo; era vino y ahora es la Sangre de Cristo. En la experiencia normal, la sustancia se revela por sus manifestaciones (los accidentes) que le son propias. En el caso del Cuerpo y Sangre eucarísticos de Cristo, las manifestaciones del pan y vino (vista, tacto, gusto, olfato), se mantienen por el poder divino sin que haya nada de la sustancia del pan y del vino. Esas manifestaciones perduran por el poder de Dios, de manera milagrosa, y ahora nos manifiestan la presencia real de Cristo –«todos los días hasta el fin del mundo»− y nos permiten comer su Cuerpo y beber su Sangre.

Al dar Jesús a comer su cuerpo y beber su sangre «de la alianza», en ese contexto de Pascua, entendemos que es una comida de comunión. ¿Pero no debe comerse una carne inmolada? ¿Dónde está el sacrificio? El sacrificio será su muerte en la cruz, que estaba allí siendo anunciada: «sangre derramada». Tiene razón San Pablo: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado». Por eso la Eucaristía es inseparablemente sacrificio y banquete, un banquete sagrado en el cual entramos en comunión con Dios y unos con otros, porque compartimos la misma vida divina que ese alimento comunica. No hay palabras para expresar su delicia; hay que gustarla.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles