Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 03 de Junio del 2012

Mt 28,16-20
Me ha sido dado todo poder en cielo y tierra

El anhelo de ver a Dios ha acompañado a la humanidad desde sus comienzos. Ese anhelo es claro, sobre todo, en el pueblo de Israel que da culto a un Dios único. Moisés lo expresa pidiendo a Dios: «Hazme ver tu gloria» (Ex 33,18). Lo expresan también los Salmos: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios?» (Sal 42,3). Es un anhelo y, al mismo tiempo, un temor, pues existía la convicción de que, dada la trascendencia de Dios, el hombre no puede ver a Dios y seguir en vida. Así responde Dios a la petición de Moisés: «Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Ex 33,20). El anhelo de ver a Dios es innato al ser humano. De esto se vale San Pablo para anunciar al verdadero Dios ante el areópago de Atenas: «Él creó, de un solo principio, todo el linaje humano... con el fin de que buscasen la divinidad» (Hech 17,26.27).

Lejos estaba Moisés de sospechar que Dios no es una Persona solitaria, sino que en Él hay una Trinidad de Personas, de manera que cada una de ellas es el mismo y único Dios. Más lejos aun estaba de sospechar que Dios daría satisfacción a su anhelo dejandose ver por el ser humano en su Hijo hecho hombre. Jesús parece responder a Moisés cuando dice a sus apóstoles: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). En definitiva, Dios concedió a Moisés su deseo, como lo atestiguan los tres apóstoles que vieron a Jesús transfigurado: «Se les aparecieron Moisés y Elías, que conversaban con él» (Mt 17,2). De esa manera Moisés y Elías veían a Dios.

El Evangelio de este domingo en que la Iglesia celebra el misterio de la Santísima Trinidad es la conclusión del Evangelio de Mateo. Allí leemos la formulación más clara de la trinidad de Personas divinas en las que cree el cristiano: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». La formula Jesús en el momento en que manifiesta con más claridad su condición divina. Jesús resucitado se aparece a sus once discípulos en el monte de Galilea donde los había convocado mandandoles decir: «Allí me verán» (Mt 28,10). Los judíos tenían asumido desde la cuna el primero de los mandamientos de la Ley de Dios: «No adorarás otros dioses fuera de mí» (cf. Ex 20,3.5). Y, sin embargo, «al verlo (a Jesús) lo adoraron». Lo reconocieron como el Dios único.

Las palabras de Jesús son expresión de su divinidad: «Me ha sido dado todo poder en cielo y tierra». Si hubiera dicho: «Me ha sido dado todo poder en la tierra», ya sería excesivo e imposible para un ser humano. Pero su poder se extiende a todo el universo, incluida la esfera divina −cielo y tierra−, y no tiene límite: «Todo poder». Esto no se puede decir sino de Dios. Algo, sin embargo, nos deja perplejos: Jesús usa la voz pasiva: «Me ha sido dado». Esta formulación exige un agente, exige otra Persona divina que goce de idéntico poder: el Padre. Por otro lado, en el Evangelio se ha manifestado la existencia del Espíritu Santo que está sobre Jesús y actúa en él, sobre todo, en su encarnación: «Lo engendrado en ella (en María) es obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Todo esto lo explica Jesús en la fórmula por la cual debemos recibir el Bautismo: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», tres Personas distintas y un solo Dios.

Como verdadero Dios, Jesús reivindica un reconocimiento universal: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos». Este es un mandato de Cristo que todo discípulo suyo debe guardar; todo cristiano ha recibido esta misión. No vale decir: «Hay que dejar tranquilo a cada pueblo con su propio dios». Esta no es una afirmación cristiana, porque no es lo que piensa Cristo. La condición que pone Jesús para ser discípulo suyo es exigente: haber recibido la comunión con las tres Personas divinas por el Bautismo (se entiende, conservandola con toda la vida sacramental, sobre todo, con la Eucaristía) y haber aprendido a guardar todo lo que él nos mandó. Eso lo sabemos: «Lo que les mando es que se amen los unos a los otros» (Jn 15,17). Este mandato debe ser «guardado, observado» siempre y en el curso de nuestra vida nunca podremos decir que lo hemos «cumplido». Imposible, dada la medida del amor que Jesús nos indicó: «Como yo los he amado» (Jn 13,34).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles