Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 27 de Mayo del 2012

Jn 15,26-27; 16,12-15
¡Abbá, Padre!

Los discursos de despedida del IV Evangelio son las últimas palabras que Jesús dirigió a sus discípulos antes de su pasión y muerte. En esos discursos encontramos cinco promesas del Espíritu Santo. En el Evangelio de hoy leemos dos de ellas. A estas promesas hay que agregar el gesto altamente expresivo que hizo Jesús resucitado ante sus apóstoles en la tarde del mismo día de su resurrección: «Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”» (Jn 20,22). Con este gesto profético Jesús expresaba la forma en que vendría ese don divino sobre los apóstoles el día de Pentecostés, es decir, cincuenta días después: «Hubo un ruido del cielo como de un viento fuerte emitido, y llenó toda la casa en la que estaban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hech 2,2-3).
 
«Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí». Jesús anuncia la venida de un Personaje que él enviará a quien llama «el Paráclito», asegura que procede de Dios y que tendrá la misión de dar testimonio de él. ¿Qué significa el nombre «Paráclito» y por qué Jesús lo llama así? Paráclito es una palabra que viene del griego. En griego pertenece al ámbito judicial y designa a una persona que es llamada junto a un acusado para defenderlo y dar testimonio en su favor. ¿Por qué es necesario que Jesús reciba este testimonio? Jesús necesita ese testimonio porque él es cuestionado. Inmediatamente antes de esa promesa Jesús ha afirmado que él es objeto de odio: «Nos odian a mí y a mi Padre», y aclara que en él se cumple la Escritura: «Me han odiado sin motivo» (Jn 15,24.25). En el corazón de los seres humanos se presenta la duda: ¿Jesús debe ser objeto de odio o de amor? Allí, en el corazón de los seres humanos, el Espíritu de la verdad da este testimonio a favor de Jesús: “Él es el Hijo de Dios hecho hombre, él nos ha amado hasta el extremo de dar su vida por nosotros, para salvarnos y darnos la vida eterna: él merece ser amado por nosotros más que la propia vida”. A esto se refiere Jesús cuando promete: «Él dará testimonio de mí».
 
Ese testimonio concedió a los apóstoles la certeza de que Jesús es la verdad. Por eso Jesús agrega: «También ustedes darán testimonio». El testimonio de los discípulos ya no es en el corazón, sino a través de la predicación y de la entrega de la propia vida. Es posible, solamente gracias al don del Espíritu Santo que actúa en el corazón.
 
En la segunda promesa del Espíritu Santo que leemos en el Evangelio de hoy Jesús acentúa la misión del Espíritu de conducir a la verdad completa sobre Jesús y sobre su Palabra: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa... El me dará gloria, porque tomará de lo mío y lo anunciará a ustedes». El Espíritu procede de Dios; es el Espíritu de Dios. Lo normal es que comunique al ser humano la comunión con Dios. Y, sin embargo, Jesús asegura: «Tomará de lo mío y lo anunciará a ustedes». Lo explica con una afirmación tremenda: «Todo lo que el Padre tiene es mío». Esa plenitud no excluye nada de lo que tiene Dios. Todo lo que Dios tiene es Dios mismo. Por eso, esa afirmación de Jesús es una clara afirmación de su divinidad. Y es esto lo que el Espíritu comunica; nos comunica lo que Jesús es; hace de nosotros verdaderos hijos de Dios comunicandonos una participación en la naturaleza divina.
 
Ahora entendemos por qué la venida del Espíritu Santo es absolutamente necesaria para la existencia de la Iglesia. Sin este don, que Dios envía al corazón, no es posible creer en Jesús y no es posible dar testimonio de él. Sin este don el anuncio de Cristo no habría podido comenzar siquiera. Sin este don no podríamos ser hijos de Dios: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Ustedes recibieron un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rom 8,14.15.16). Esto es lo que anuncia el Espíritu. Lo anuncia y lo realiza.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles