Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Mayo del 2012

Jn 15,9-17
Tener en nosotros el gozo colmado

Continuamos en este Domingo VI de Pascua la lectura del Capítulo XV de Juan, en el cual Jesús expone a sus discípulos la «alegoría de la vid», llamada así por sus dos afirmaciones fundamentales: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el Viñador... Yo soy la vid, ustedes los sarmientos». En el curso de esa exposición Jesús se detiene para aclarar a sus discípulos el motivo de sus palabras: «Les he dicho estas cosas para que el gozo mío esté en ustedes y el gozo de ustedes sea colmado».
 
¿Quién puede tener una idea del gozo de Jesús? ¿Es posible para un ser humano? La respuesta es: sí. En efecto, según la afirmación de Jesús, si alguien entiende el sentido profundo de «esas cosas» que él dijo recibiría una participación en el gozo de él. Y esa participación tiene como prueba una experiencia inconfundible: tener colmada en sí la propia capacidad de gozo. Cuando vemos a alguien lleno de gozo, podemos afirmar que está en él el gozo de Jesús.
 
Desgraciadamente, no es esto lo que vemos a nuestro alrededor. Lo que vemos es más bien insatisfacción, molestia, desencanto, indignación y protestas airadas por todo tipo de cosas. Vemos a la gente con muy poco gozo, ni pensar en el gozo colmado. ¿Cómo lograr ese gozo colmado en nosotros? Repitamos la afirmación de Jesús: «Les he dicho estas cosas para que el gozo mío esté en ustedes y el gozo de ustedes sea colmado». Examinemos cuáles son «esas cosas».
 
«Como el Padre me ha amado a mí, así los he amado yo a ustedes». El adverbio «como», nos pone una comparación imposible de penetrar en toda su dimensión. El amor que une al Padre con su Hijo es infinito y no puede ser distinto que el mismo Dios; se trata de la misma sustancia divina que es el Padre y el Hijo y esa sustancia divina es otra Persona: el Espíritu Santo. La medida del amor que Jesús nos declara es infinita. Nadie nos ha amado ni podrá amarnos nunca en esa medida. Pero el Hijo de Dios se hizo hombre y nosotros queremos que nos hable con un lenguaje humano que nos permita entender esa medida. Por eso Jesús formula un criterio que podemos entender: «Nadie tiene un amor más grande que este: que alguien dé su vida por sus amigos». En esta tierra no es posible otra medida mayor de amor, porque nadie tiene nada más valioso que su propia vida: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida? ¿Qué dará a cambio de su vida?» (Mt 16,26).
 
El amor de Jesús hacia nosotros se mide por dos criterios. El primero es que él dio su vida por nosotros, la dio para que nosotros pudieramos tener la vida eterna. Lo dice San Juan: «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él (Jesús) dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16). Aquí ya está formulado también el segundo criterio: no sólo dar la vida, sino quién es el que da la vida. Por nosotros no ha dado la vida un ser humano –que ya sería un acto supremo de amor−; por nosotros la ha dado ¡el Hijo de Dios! Podemos imaginar a San Pablo colmado de gozo cuando escribe: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20).
 
Estas son las cosas que Jesús nos dijo para que meditandolas y creyendolas tengamos su gozo en nosotros y de esa manera nuestro gozo sea colmado. La prueba de que hemos comprendido al amor de Cristo es que correspondemos a él. Tal vez no haya nada más doloroso que el amor despreciado. Este dolor lo conoce bien Jesús, pues él recibe mucho desprecio de parte de nosotros. Tiene que hacerlo sufrir, además, el vernos, como consecuencia de esa conducta, tan carentes de gozo, del gozo que él nos ofrece.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
​Obispo de Santa María de Los Ángeles