Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Mayo del 2012

Jn 15,1-8
Mi Padre es el viñador

El domingo pasado el Evangelio que se proclamaba nos presentaba la alegoría del pastor, caracterizada por la afirmación repetida de Jesús: «Yo soy el Buen Pastor» (Jn 10,11-14). Este Domingo V de Pascua el Evangelio nos presenta la alegoría de la vid caracterizada por la afirmación repetida de Jesús: «Yo soy la vid».

El IV Evangelio ubica este discurso de Jesús entre los discursos de despedida que pronunció Jesús ante sus discípulos en la Última Cena. Pero es claramente una enseñanza independiente de ese contexto. En efecto, la frase anterior de Jesús declaraba terminada esa cena: «Levantense, vamonos de aquí» (Jn 14,31).

Muchos opinan que el evangelista San Juan tiene un modo de pensar cíclico, es decir, vuelve sobre el punto inicial para recopilar lo ganado y desde allí dar otro paso. Se suele decir que su pensamiento avanza a modo de una espiral. Lo podemos apreciar en este discurso de Jesús en que vuelve sobre la afirmación: «Yo soy la vid».

«Yo soy la vid verdadera». Esta afirmación es independiente del contexto de la Última Cena; pero no es independiente del contexto de toda la Escritura. En realidad, Jesús dice literalmente: «Yo soy la vid, la verdadera». Esto sugiere que existe otra vid que, en cambio, no puede recibir la calificación de «verdadera». Los oyentes, que tienen un buen conocimiento de los profetas del Antiguo Testamento, saben a qué se refiere. Para mayor claridad, Jesús agrega: «Mi Padre es el viñador». De esta manera, Jesús enseña que él es quien satisface plenamente a Dios donde Israel lo había defraudado: «Viña del Señor de los Ejércitos es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito» (Is 5,7). Dios, como su viñador, la cuidó con esmero: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agraces?» (Is 5,4). Jesús es quien da el fruto que Dios espera de los seres humanos. Es claro que el sarmiento no puede dar ese fruto, si no permanece en la vid verdadera. Por eso, Jesús concluye: «Permanezcan en mí, como yo en ustedes... Ustedes no pueden dar fruto si no permanecen en mí».

«Yo soy la vid, ustedes los sarmientos». Podemos decir que la vid y sus sarmientos es el Cristo total: él y nosotros. El fruto de los sarmientos no es otro que el fruto de la vid. De esta enseñanza de Jesús se desarrolló la doctrina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, del cual los cristianos son miembros. De aquí Jesús saca una conclusión radical: «Separados de mí no pueden hacer nada». No le temía Jesús a las afirmaciones absolutas, cuando son la verdad. Pero esa afirmación parece desafiar a la metafísica. Esa afirmación adquiere su verdad en la óptica de Dios, que es la óptica de Jesús. Dios creó todo lo que existe por amor (Dios no puede tener ningún otro móvil) y para el amor. Lo que no cumpla con esta condición no tiene entidad ante Dios. Bien lo entendió San Pablo: «Si no tengo amor, no soy nada» (1Cor 13,2). Lo único que un ser humano tiene de eterno es el amor; todo lo demás pasa, y velozmente. Si tiene amor, produce los frutos que satisfacen a Dios: «La gloria de mi Padre es que den mucho fruto y sean mis discípulos». El que da ese fruto demuestra, por ese mismo hecho, que las palabras de Jesús permanecen en él, demuestra que es discípulo suyo, porque imita a su Maestro.

No podemos pasar por alto una advertencia de Jesús: «Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden». No hay nada que agregar, porque en esto Jesús es muy claro. Lo que cuesta entender –en realidad, supera toda comprensión− es que haya tantos cristianos que viven lejos de Cristo y no se inquieten tanto.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles