Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 29 de Abril del 2012

Jn 10,11-18
Estoy dispuesto a morir por el Nombre del Señor Jesús

En los tres ciclos de lecturas de este IV Domingo de Pascua se leen respectivamente partes del capítulo X de San Juan que está dedicado a la alegoría del Buen Pastor. Por esta razón se da a este día el nombre de «Domingo del Buen Pastor». Desde hace 49 años se celebra en este día la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Se pide al Señor que no falten a su pueblo suficientes pastores que den a los fieles el alimento de la Palabra y de los Sacramentos y los conduzcan a los pastos de vida eterna.

En el Evangelio de este día Jesús repite dos veces: «Yo soy el Buen Pastor». No es Jesús el creador de esta alegoría; pero él le da su sentido pleno. En efecto, Jesús la toma del Antiguo Testamento, donde primero se aplicó al rey y luego a Dios mismo, como lo afirma el salmista: «El Señor es mi Pastor, nada me falta» (Sal 23,1). No sabía en ese tiempo el pueblo de Israel, que en realidad esa afirmación encontraría su sentido verdadero en Jesús. Eso es lo que Jesús afirma, acentuando el pronombre personal «Yo»: «Yo soy el Buen Pastor».

Después de esta identificación del Buen Pastor consigo mismo, debemos examinar qué entiende Jesús por el adjetivo «bueno». Comenzaremos por la segunda de esas instancias, donde están involucradas también las ovejas: «Yo soy el Buen Pastor; y conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí». Hay una reciprocidad perfecta entre el Buen Pastor y las ovejas en lo que se refiere al conocimiento. Por eso, ni siquiera los apóstoles podían contarse entre las ovejas de Cristo, antes de adquirir el conocimiento pleno de su identidad. En efecto, durante los discursos de despedida, Jesús reprocha a uno de ellos que los representa a todos: «¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes, Felipe, y no me conoces?» (Jn 14,9). Bien lo conocieron, en cambio, después de recibir el don del Espíritu Santo, como demuestra Pedro afirmando valientemente ante el Sanhedrín: «Él (Jesús) es la piedra que ustedes, los constructores, han despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4,11-12). Pedro ya conoce a Jesús.

Más impresionante aun es la definición de Buen Pastor que da Jesús en la primera de sus afirmaciones: «Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas...». Podemos suponer que también en este aspecto hay perfecta reciprocidad entre el Buen Pastor y sus ovejas: «...y las ovejas dan su vida por él». No podía, por tanto, contarse entre sus ovejas Pedro, cuando antes de su Pasión, asegura: «Yo daré mi vida por ti». Jesús lo hace comprender que todavía no ha llegado al grado de amor que se requiere para ser oveja de su rebaño: «En verdad, en verdad te digo: antes que cante el gallo, tú me habrás negado tres veces» (Jn 13,37-38). Sabemos que más tarde Pedro y todos los demás apóstoles y muchos otros cristianos dieron su vida por Cristo. A todos ellos los puede representar Pablo quien, decidido a ir a Jerusalén, a quienes trataban de disuadirlo, decía: «Yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino a morir también en Jerusalén por el Nombre del Señor Jesús» (Hech 21,13).

Podemos afirmar, entonces, que para ser pastores del Pueblo de Dios es necesario conocer a Cristo como él nos conoce y dar la vida por él, como él la dio por nosotros. En otras palabras, para ser pastores del Pueblo de Dios es necesario antes ser reconocido por él como ovejas de su rebaño: «Ellas me conocen a mí... ellas dan su vida por mí». Sólo después que Pedro alcanzó el grado de amor a Jesús que lo llevaría a dar su vida por él, escuchó de Jesús tres veces estas palabras: «Pastorea mis ovejas» (Jn 21,15.16.17). Estos son los pastores que añora el Pueblo de Dios hoy; estos son los pastores que insistentemente pedimos a Dios que nos mande.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles