Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Abril del 2012

Lc 24,35-48
Ustedes son testigos de estas cosas

El Evangelio de este III Domingo de Pascua nos presenta la primera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos reunidos en la noche del mismo día de su resurrección: «Se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz con ustedes». La lectura concluye con una afirmación novedosa de Jesús: «Ustedes son testigos de estas cosas». Es la primera vez que da a sus discípulos el nombre de «testigos».

Con este nombre Jesús no sólo constata que ellos han presenciado los hechos, sino sobre todo, les encomienda una misión a favor del pueblo y de todos los seres humanos. En efecto, el testigo no se realiza como tal ante sí mismo, sino siempre ante otros. La noción de testigo se cumple cuando alguien se hace garante ante otros de una verdad que le ha sido mostrada a él. Como veremos, en este y otros casos, Jesús no concede el don de su presencia solamente para gozo del beneficiario sino para bien de los demás. Aparición y misión están estrechamente vinculadas. Podemos afirmar que el sello de autenticidad de todo encuentro con Jesús resucitado es el impulso a la misión en bien de los demás.

En el Evangelio de Juan, la visión de Jesús resucitado por parte de sus discípulos produce en ellos una gran alegría: «Los discípulos se alegraron de ver al Señor» (Jn 20,20). Pero la alegría de los discípulos no es la finalidad de esa visión. La finalidad la expresa Jesús así: «Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes» (Jn 20,21). El evangelista usa la noción de «envío» de donde proceden las palabras «apóstol» y «misionero».

Por su parte Mateo describe la gran escena del encuentro de Jesús resucitado con sus once discípulos en Galilea y allí, después que se disiparon las dudas de algunos de ellos, dice a todos: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos...» (Mt 28,19). Es el gran envío misionero cuyos destinatarios son todos los seres humanos. Ese mismo envío está formulado en Marcos en términos más amplios aún: «Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15).

«Ustedes son testigos de estas cosas». ¿A qué cosas se refiere? ¿Qué es lo que tienen que testimoniar? La primera parte del Evangelio de este domingo está destinada a consolidar la certeza de los discípulos sobre el hecho que tienen que testimoniar: el que han visto no es un espíritu, ni una ilusión: «Soy yo mismo, –asegura Jesús– en carne y huesos», y se deja no sólo ver, sino también tocar e, incluso, come ante ellos. No pueden creer que ellos puedan disfrutar de algo tan bueno: «No acababan de creerlo, a causa de la alegría». Pero esa alegría no se les concede para conservarla sólo para ellos sino para compartirla: «Ustedes son testigos».

Jesús explica su triunfo sobre la muerte como el cumplimiento de toda la Escritura, como les decía: «Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí». La muerte entró en el mundo a causa del pecado de nuestros primeros padres, cometido por instigación de la serpiente. Inmediatamente, con la sentencia con que Dios anuncia la derrota de la serpiente, empezó a desarrollarse el plan de salvación: «Pondré enemistad entre ti y la mujer; entre tu descendencia y la suya. Él te pisoteará la cabeza» (Gen 3,15). Toda la Escritura habla de Cristo, porque toda ella orienta hacia Aquél que con su resurrección venció a la muerte y a su causa, el pecado, hacia Aquél que pisoteó la cabeza de la serpiente. Por eso Jesús resucitado agrega que «en su nombre se predicará la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones».

Los discípulos de Jesús cumplieron su misión de testigos con total fidelidad. Ellos prefirieron la muerte antes que callar la verdad de lo visto y oído. Por eso se les llama «mártires», que es la palabra griega del nombre de «testigos» que Jesús les dio. Gracias a ellos, nosotros creemos y gracias a ellos se nos concede el perdón de los pecados. La visión de Jesús resucitado que ellos tuvieron fue en beneficio nuestro.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles