Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de Abril del 2012

Jn 20,19-31
Vino Jesús y se puso en el medio

La Pascua de Cristo es un evento tan fundamental en la fe cristiana que la Iglesia lo celebra durante una Octava; es como si fuera un solo gran día que dura de domingo a domingo, es decir, ocho días. Hoy día celebramos el II Domingo de Pascua, que es el día conclusivo de esa Octava. El Evangelio que se lee en la Liturgia de la Palabra en este octavo día después de la Pascua (se cuenta al primero y el último) es el mismo en los tres ciclos de lecturas. Es un Evangelio en dos escenas que ocurren respectivamente el mismo domingo de Pascua y el domingo siguiente, dejando incluida la octava.

El evangelista quiere destacar el paralelismo entre ambas escenas por medio de fórmulas que se repiten: en ambos casos se trata del primer día de la semana («El primer día de la semana... ocho días después...»); en ambos casos están los discípulos reunidos con las puertas cerradas (hay que tener en cuenta que tres días antes, se habían dispersado); en ambos casos «viene Jesús y se pone en el medio» (el evangelista evita cuidadosamente el verbo «aparecerse»); se repite el mismo saludo: «Paz a ustedes». ¿Qué intención tiene el evangelista con este procedimiento?

El evangelista quiere reafirmar que para los cristianos el «día del Señor», el día que debe ser santificado, no es ya el sábado (último día de la semana), sino el domingo (primer día de la semana); que ese día la comunidad cristiana debe reunirse para celebrar el culto y que, estando así reunidos, «viene Jesús y se pone en el medio». Esto mismo ocurre hoy, exactamente, en la celebración eucarística dominical. Por eso el celebrante, que actúa «in persona Christi» (tiene el lugar de Cristo), poco después que Jesús se ha hecho presente, dirige a la comunidad el mismo saludo: «La paz del Señor esté siempre con ustedes». Cuando se escribió el Evangelio de Juan la comunidad cristiana hacía muchos años (50 o 60) que se reunía para celebrar la Eucaristía el primer día de la semana. Lo hacía para reunirse con Jesús resucitado. Este relato, que se ha leído en este octavo día de Pascua ante la Iglesia reunida durante veinte siglos, ha sido formulado en esa forma para explicar por qué el «día del Señor» es el primero de la semana y reafirmar la práctica de reunirse con él ese día.

El Evangelio quiere destacar también el inmenso costo de faltar a ese encuentro. Es lo que ocurrió al apóstol Tomás: «Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús». Notemos que de nuevo el evangelista evita el verbo «aparecerse»; lo evita, porque no es esto lo que vivía la comunidad reunida en la celebración de la Eucaristía. El Evangelio afirma la presencia de Cristo, presencia real, sustancial, eso sí. Tomás tuvo que pasar toda la semana protestando y oponiéndose a lo que le decían los otros discípulos: «Hemos visto al Señor», y lamentando no haber estado allí.

El Evangelio tiene otros elementos muy importantes. En ese contexto en que está Jesús resucitado y en posesión de todo su poder, él les transmite su misión: «Como el Padre me ha enviado, así los envío yo a ustedes». Es la misión de salvación que se transmite hasta hoy y se realiza, por la fuerza del Espíritu Santo, de dos maneras principales: mediante el perdón de los pecados que sólo los apóstoles y sus sucesores pueden administrar, porque sólo ellos han recibido este poder divino; y mediante la Eucaristía, que es precisamente lo que estaba ocurriendo en ese momento, como hemos explicado.

Por último, es fundamental la confesión de Tomás: «Señor mío y Dios mío», porque así explica quién es realmente el que ha venido y se puesto en medio. Antiguamente, la comunidad repetía este mismo acto de fe, durante la celebración de la Eucaristía en el momento en que Cristo se hacía presente y era exhibido por el sacerdote. Hoy día se considera más apropiado adorar en silencio de manera que cada uno pueda hacer ese acto de fe interiormente. Si todos comprendemos la importancia de no faltar nunca al encuentro con Cristo resucitado cada domingo, el Evangelio de hoy habrá sido para nosotros palabra viva, habrá llegado al corazón y alcanzado su objetivo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles