Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 08 de Abril del 2012

Jn 20,1-9
Brille la luz de ustedes ante los hombres

El viernes pasado, Viernes Santo, concluíamos la lectura de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan con los detalles de su sepultura. Era necesario quitar de la cruz los cuerpos de Jesús y de los dos malhechores crucificados con él con prisa, porque ya comenzaba el sábado y ese sábado era muy solemne, por ser la fiesta de la Pascua de los judíos. Podemos suponer que los dos malhechores tenían sus parientes para ocuparse de su sepultura. En el caso de ellos la condenación a muerte era algo previsto. Pero Jesús, que «no tenía dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20), menos tenía un sepulcro donde reposara su cuerpo. Nadie podía prever que el mismo, que era aclamado por la multitud en su entrada a Jerusalén, a los pocos días moriría crucificado.

Los discípulos más influyentes de Jesús se preocuparon de conseguir un lugar donde sepultarlo. José de Arimatea consiguió de Pilato poder retirar el cuerpo de Jesús para sepultarlo. Por su parte, Nicodemo aportó los ungüentos –«una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras» (Jn 19,39)− y, después de envolver su cuerpo sin vida con un sudario y atarlo con vendas, lo depositaron en un sepulcro nuevo en el cual todavía nadie había sido depositado. El Evangelio aclara que esa ubicación era provisoria: «Pusieron a Jesús allí, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca» (Jn 19,42). Había que esperar que pasara el sábado para encontrarle una sepultura definitiva. Podemos imaginar que en todos estos trámites y, sobre todo, en las atenciones concedidas al cuerpo de Jesús estuvo María Magdalena y que no se retiró hasta que vio el cuerpo de Jesús descansar seguro en el sepulcro con una pesada piedra cerrando el ingreso. De todos los presentes ella era la que esperaba con más impaciencia que pasara el sábado.

«El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro». ¡Alguien se le adelantó y ya trasladó el cuerpo de Jesús! Pero ¿quién pudo haber hecho eso tan temprano, cuando todavía estaba oscuro? Nadie pudo haberlo hecho sin conocimiento de Pedro. Por eso corre donde él y le dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto». Pero Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba tampoco saben. Por eso corren a verificar. ¿Qué encuentran? Lo primero que verifican es que el cuerpo de Jesús no está allí. Pero también ven otra cosa: «Ven las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte». El discípulo amado, que es quien escribe estas cosas (cf. Jn 21,24), sigue expresando su propia experiencia: «Vio y creyó».

Pero, si analizamos de cerca esa experiencia –vio y creyó−, debemos reconocer que hay una incongruencia, pues la fe es sobre aquellas cosas que no se ven. La expresión, sin embargo, es exacta y la incongruencia es solo aparente, porque ambos verbos no se refieren a la misma realidad. En efecto, una cosa es lo que ve y otra cosa es lo que cree. Lo que vio fueron las vendas en el suelo y el sudario plegado, una verdad sensible; y lo que creyó es que ¡Jesús resucitó!, una verdad de fe. Con ocasión de eso que vio, Dios le concedió la fe en algo que supera infinitamente lo visto y que es de otro orden.

De esa manera el Evangelio nos describe la estructura del acto de fe. Por eso es esencial a la misión de la Iglesia el testimonio. Es necesario que los creyentes proyecten el testimonio de su vida para que nazca la fe –que es siempre un don de Dios− en el corazón de los demás. A menudo se acusa a la Iglesia de querer imponer su fe. En realidad, la Iglesia no quiere imponer nada. Ella sólo pide el derecho a vivir su fe en Cristo resucitado y vivo en medio de ella; lo demás lo hace Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles