Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 01 de Abril del 2012

Mc 11,1-11
He venido para que tengan vida

La celebración propia de este Domingo de Ramos, con la cual se da inicio a la Semana Santa, es la entrada de Jesús en Jerusalén. Este domingo, en el curso de la celebración eucarística, se hace, en forma dramatizada, la lectura de la Pasión y muerte de Jesús. Por eso este día también recibe el nombre de Domingo de Pasión.

En esa ocasión Jesús entró en la ciudad santa aclamado por la multitud, incluso por medio de gestos de gran obsequio y devoción: «Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, extendían follaje cortado de los campos». Pero Jesús no se deja impresionar por esas manifestaciones. Él es el único que sabe a qué viene a Jerusalén. Viene a cumplir lo que ha declarado ante sus discípulos: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). Esto lo había repetido en muchas ocasiones; incluso, ya cerca de Jerusalén, había advertido a sus discípulos: «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán, y a los tres días resucitará» (Mc 10,33-34). Y, si le preguntamos: ¿Por qué en Jerusalén?, él nos responde: «Porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33).

La gente que lo aclama tiene ciertamente otra idea. Ellos lo reciben como un enviado de Dios: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!», y en esto tienen razón. Pero están profundamente errados en su comprensión del modo cómo va a realizar Jesús su misión: «¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David!». Reconocen que Jesús es el hijo prometido a David y que viene a heredar su reino. Y Jesús parece alentar esta convicción popular. Por eso hace todos los preparativos para entrar montado en una cabalgadura real: «Encontrarán un asno atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre. Desatenlo y traiganlo... Digan: “El Señor lo necesita...”».

¡Hay una incongruencia! Jesús viene a enfrentar la muerte, y la muerte más ignominiosa –muerte de cruz–, y considera una necesidad que sea reconocido por la gente como rey. En realidad, es una incongruencia para nuestra lógica humana; pero no para Dios, porque «nuestros pensamientos no son los de Dios» (Mt 16,23) y en nuestra sociedad actual caracterizada por el consumismo y el hedonismo nuestros pensamientos están siendo cada vez más alejados de los pensamientos de Dios. Para Dios, el rey es rey precisamente porque entrega la vida por su pueblo. Entregar la vida es el acto supremo de amor, el acto supremo al que puede aspirar un hombre, y por eso, corresponde que ese acto lo haga el rey. El rey no viene a ser servido, sino a servir y a entregar la vida.

Jesús viene a hacer ese acto de amor para salvar al mundo. Por eso, acepta que se le dirija la aclamación: «Hosanna», que un judío no dirigía sino a Dios. Esa aclamación es un imperativo: «¡Oh Señor, salva!». Se toma del Salmo 118,25: «Anna YHWH hoshiahnna». Tiene relación con el nombre de Jesús: «Je-hoshua»: YWHH salva. Es un grito que se hace resonar en lo alto, porque desde allá se espera la salvación: «¡Hosanna en las alturas!».

Los hechos que celebraremos esta semana son hechos estrictamente históricos y como tales tuvieron lugar en un lugar y tiempo precisos. Pero son únicos, porque no son nunca pasados; son siempre presentes y operantes: operan la salvación. El conjunto de lo que Jesús hizo para vencer a la muerte y darnos la vida eterna recibe el nombre de «misterio pascual». El Catecismo enseña: «El misterio pascual es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida» (N. 1085). El lugar donde ese misterio acontece hoy es la liturgia de la Iglesia. Participando en ella somos atraídos por Cristo hacia la vida verdadera y se nos concede compartir los pensamientos de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles