Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 25 de Marzo del 2012

Jn 12,20-33
El que ama su vida la pierde

Respondiendo a la petición de ver a Jesús formulada por unos griegos que habían venido a Jerusalén a adorar durante la fiesta (ciertamente se trata de judíos de la diáspora), Jesús declara: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre». La sentencia sorprende, porque marca un corte con todo lo anterior. Hasta este momento Jesús había dicho: «No ha llegado mi hora» (Jn 2,4); o el mismo evangelista aclaraba: «Todavía no había llegado su hora» (Jn 7,30; 8,20).

¿En qué forma esa sentencia responde al deseo de los griegos: «Queremos ver a Jesús»? Jesús no quiere simplemente satisfacer una curiosidad humana; él quiere llevarlos a una visión de fe, de manera que viéndolo a él no vean solamente un hombre, por muy extraordinario que sea, sino a Dios, según su afirmación: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Por eso, los refiere a su glorificación que ya está por realizarse.

Cuando Jesús habla de su glorificación se esperaría una visión llena de luz y de un esplendor celestial. ¡Jesús no piensa en nada de eso! Para él la verdadera gloria consiste en otra cosa muy distinta. La explica así: «En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo que ha caído en la tierra no muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto». Es una comparación genial. No se le podía ocurrir, sino a quien viene a revelar al mundo lo que es el amor verdadero, aquel amor que ha podido ser identificado con Dios mismo: «Dios es amor» (1Jn 4,8.16). Jesús viene a revelar al mundo que el amor consiste en dar la vida por el bien de los demás. Bien comprendió ese mensaje el apóstol Juan: «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1Jn 3,16). Cuando un ser humano hace eso, se está manifestando en él la gloria de Dios.

No hay una tercera alternativa entre el amor y el egoísmo. Si el grano de trigo rehúsa morir, queda él solo, su ego solo, se sume en el egoísmo, no despega del nivel meramente humano, que es esencialmente temporal y finito: «El que ama su vida, la pierde». La frase antitética que Jesús agrega, dada la mentalidad hedonista de nuestra sociedad, nos golpea y tratamos de evitarla: «El que odia su vida en este mundo, la guarda para la vida eterna». Odiar la vida en este mundo significa estar dispuesto a entregarla por el bien de los demás.

Esta enseñanza novedosa de Jesús puede iluminar el debate que se está desarrollando en nuestro país sobre el falsamente llamado «aborto terapéutico». En las relaciones humanas siempre se ha considerado que el amor más emblemático, del cual nadie podría dudar, es el amor de una madre hacia su hijo, el hijo de sus entrañas. No se puede pensar sino que la madre quiere el bien de su hijo. El bien de ese niño es la vida; su mal es la muerte. El amor a ese niño es cuidar y favorecer su vida; el odio a ese niño es darle la muerte. Lo más abominable en que se puede pensar es que una madre dé la muerte a su hijo inocente e indefenso. Se ha ridiculizado la expresión «prestar al cuerpo al hijo de las entrañas». La expresión, sin embargo, es exacta: afirma que la vida del niño depende enteramente de la madre, y esa es la verdad. El egoísmo en su grado máximo consiste en negar al propio hijo este «préstamo». La madre elige perder a su hijo para salvarse ella; o lo que es peor aun, perder a su hijo, cuando tiene alguna malformación.

¿Qué pasará por la mente de un niño, cuando empieza a comprender que su madre, en cuyo amor confiaba, en realidad reivindica su derecho a haberlo eliminado, si ella durante el embarazo hubiera tenido alguna dificultad o si él hubiera tenido alguna malformación? Todos los niños, si fueran consultados, preferirían nacer de madres que defienden el derecho a la vida de sus hijos y que no habrían optado nunca por abortarlos. En cambio, ¡qué miedo tener una madre que habría optado por matarme, si el embarazo hubiera significado una molestia para su vida! Aquí viene bien repetir la frase de Jesús: «El que ama su vida, la pierde».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles