Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 18 de Marzo del 2012

Jn 3,14-21
La luz vino al mundo

El Evangelio de este IV Domingo de Cuaresma nos transmite parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, aquel magistrado judío que vino donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él» (Jn 3,2).

Nicodemo reconoce que Jesús ha venido de Dios y se dirige a él con el título honorífico de «Rabbí». Pero no es suficiente para expresar la identidad de Jesús. El mismo evangelista ya se ha referido al Bautista diciendo: «Hubo un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan» (Jn 1,6). Juan Bautista no era más que un hombre. La identidad de Jesús, en cambio, se expresa en la doble vertiente de su naturaleza divina, por la cual es verdadero Dios, y su naturaleza humana, por la cual es verdadero hombre. A ambas se refiere Jesús en este diálogo con Nicodemo.

Se refiere a su naturaleza humana, que él asumió para poder entregar su vida siendo levantado en la cruz: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna». Jesús murió en la cruz para que nosotros tengamos vida eterna. La única condición es la fe: «Para que todo el que crea tenga vida eterna». ¿Qué es lo que hay que creer? Que Jesús murió en la cruz no es objeto de fe; es un hecho histórico. Lo que hay que creer es la identidad de aquel que murió de esa manera y, por tanto, la eficacia salvadora de esa muerte. Esto es lo que Jesús aclara a Nicodemo a continuación.

«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Esto es lo que hay que creer: que aquel que murió en la cruz es el Hijo único de Dios, que es de naturaleza divina, que es Dios mismo. Y por eso es que esa muerte, asumida voluntariamente, ha obtenido el perdón de los pecados y la salvación del género humano. Nuevamente, la única condición es creer: «Para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna».

El amor de Dios hacia su criatura humana lo llevó hasta el extremo de entregar a su propio Hijo. Ese amor consiste en una doble entrega: el Padre entregó a su Hijo único; y el Hijo de Dios se entregó a sí mismo. Lo dice San Pablo, para explicar su celo apostólico: «La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20). Ahora sí que es verdad lo que preguntaba Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento: «¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no haya hecho?» (Is 5,4).

No se podría esperar de los seres humanos, sino una vida correspondiente con ese amor divino. La respuesta, en cambio, es muchas veces el desprecio al amor de Dios. De esta manera emiten su propia sentencia: quedar privados de la salvación: «El juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas». Sabemos, sin embargo, que para Dios no hay nadie irrecuperable. Siempre es posible la conversión: «El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas en Dios».

«Obrar la verdad» es «obrar en Dios». Obrar fuera de Dios es negar que nosotros somos criaturas suyas; eso es obrar la mentira. Es asombroso observar cómo en nuestro medio se discute en estos días la posibilidad de eliminar un ser humano inocente en el seno de su madre sin tener en cuenta la ley de Dios, sin recurrir para nada a la luz que vino al mundo. La verdad es lo que declaró San Pablo en el areópago de Atenas sobre nuestra relación con Dios: «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17,28). En muchos ambientes el ser humano ha logrado, con un esfuerzo sobrehumano, ignorar esta verdad. Mucho más fácil sería negar el aire que respiramos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles