Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 11 de Marzo del 2012

Jn 2,13-25
Destruyan este templo y en tres días lo levantaré

En el curso de su vida terrena Jesús dijo muchas cosas que, en su momento, no podían ser entendidas y que no adquirieron sentido sino a la luz de los hechos posteriores. Nadie podía comprender sus palabras cuando dijo: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54). No entendieron sus palabras sus padres, María y José, cuando habiendolo encontrado en el templo entre los doctores de la ley, les dijo: «¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,49). Nadie pudo comprender cuando dijo: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). Nadie comprendió cuando, siendo festejado en casa de Lázaro, a propósito del perfume que María derramó en sus pies declaró: «Dejala que lo guarde para mi sepultura» (Jn 12,7). Se podrían citar muchas otras declaraciones suyas que los presentes no entendieron.

El Evangelio de este III Domingo de Cuaresma nos transmite una de esas declaraciones de Jesús, tal vez una de las más conflictivas. Refiriendose al templo de Jerusalén, que era considerado una de las maravillas del mundo, Jesús declara: «Destruyan este templo y yo lo levantaré en tres días». ¿Qué significan sus palabras? La objeción obvia es la que hacen los presentes: «Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Jesús no responde a esta pregunta. Pero su afirmación quedó grabada en la mente de sus discípulos. También quedó grabada en la mente de los judíos y fue recordada en el juicio contra él, aunque de manera distorsionada: «Este ha dicho: Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días edificarlo» (Mt 26,61). Lo acusan de querer suprimir el culto a Dios que se ofrecía en el templo y cambiarlo por otro.

¿En qué contexto dijo Jesús esa sentencia? Habiendo subido a Jerusalén con ocasión de la Pascua y habiendo encontrado en el templo a vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas en sus mesas, Jesús hizo un látigo de cuerdas y los arrojó a todos fuera del templo. Podemos imaginar la fuerza y la autoridad manifestadas por él, que explica diciendo: «Quiten esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado». Jesús se comporta respecto del templo como el dueño de casa. En efecto, llama al templo «la casa de mi Padre». Más tarde, los discípulos, al recordar este hecho tan inusual en la conducta de Jesús, se lo explican como el cumplimiento de un Salmo: «El celo por tu casa me devorará» (Sal 69,10).

En ese momento las autoridades judías le preguntan por qué él actúa respecto del templo como si fuera el dueño, como si él tuviera derecho a autorizar o prohibir lo que allí se hace. En definitiva, piden explicación sobre su modo de referirse a Dios llamandolo «mi Padre»: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?». En respuesta a esta pregunta Jesús declara: «Destruyan este templo y yo en tres días lo levantaré». Esa es la señal que él da; una señal que será efectiva mucho después.

Jesús va a morir en la cruz por declararse Hijo de Dios, como lo dicen los judíos a Pilato: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7). Y la señal que le piden los judíos, cuando está muriendo en la cruz es esta: «Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!» (Mt 27,40). Jesús va a demostrar que es Hijo de Dios, no bajando de la cruz, sino muriendo en ella. Pero resucitando al tercer día. Es lo que dice San Pablo acerca de Jesucristo en su carta a los Romanos: «Nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder... por su resurrección de entre los muertos» (Rom 1,3-4). El Evangelio de Juan fue escrito después que las cartas de San Pablo y entonces el evangelista ya ha encontrado el pleno sentido de la frase pronunciada por Jesús en el comienzo de su ministerio: «Él hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús».

Nosotros debemos leer toda la Escritura a la luz de la resurrección de Cristo, que es el evento central de la historia. La resurrección de Cristo es el hecho que da sentido a toda la historia humana. Nuestra propia vida adquiere sentido si desde ahora participamos de la resurrección de Cristo por medio de los Sacramentos, sobre todo, de la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene ya ahora la vida eterna», es decir, la resurrección de Cristo se ha hecho vida en él.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles