Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 04 de Marzo del 2012

Mc 9,2-10
Ojalá escuchen hoy su voz

El episodio de la Transfiguración, aunque tiene su día propio el 6 de agosto, se lee también en el II Domingo de Cuaresma como parte de nuestro itinerario cuaresmal. Jesús se transfiguró ante esos tres apóstoles que eligió –Pedro, Santiago y Juan–, y les mostró su gloria en previsión del escándalo que sufrirían con su pasión y su muerte en la cruz. También a nosotros nos conforta la contemplación de la gloria de Jesús antes de contemplar, en los días de la Semana Santa, su humillación y su muerte ignominiosa por causa de nuestros pecados.

Este episodio tiene una gran riqueza. Pero nos concentraremos en la recomendación que nos hace la voz que en ese momento resonó desde la nube que los cubrió. Jesús transfigurado ocupa el centro de la escena, rodeado por Moisés y Elías en un nivel subordinado, ante los apóstoles atemorizados que no saben qué decir. Entonces la voz que sale de la nube dice: «Este es mi Hijo, el amado; escuchenlo». Si hubieramos podido en ese momento interrogar a Moisés y Elías, ellos nos habrían dicho también: «Escuchenlo a él. Es sobre él que nosotros hablamos. Todo lo que nosotros dijimos adquiere sentido en él». Es el paso del Antiguo al Nuevo Testamento.

Abraham todavía está en el Antiguo Testamento, cuando le asegura al rico que está en el infierno que no es necesario que mande a Lázaro el pobre a advertir a sus hermanos: «Para eso tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen» (Lc 16,29). Los apóstoles habían sido formados en la escucha de Moisés y los profetas. Y en esa escuela se habían hecho una idea de cómo tenía que ser el Cristo cuando viniera. Es la idea que tenía su maestro anterior Juan el Bautista, como se observa en su predicación: «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego... En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga» (Mt 3,10.12).

Esta es la idea del Cristo que tiene Pedro cuando declara la identidad de Jesús: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29). En esa ocasión comenzó Jesús a enseñar seriamente a sus discípulos «que él debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8,31). Es decir, que abrazando la muerte, él haría triunfar la vida. Pero Pedro no lo escuchó. Todavía escuchaba a Moisés y los profetas. No aceptaba eso de que el Cristo tuviera que morir. El episodio de la Transfiguración está vinculado a ese momento con particular precisión: «Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan...». Ahora es el mismo Dios quien declara la identidad de Jesús –«Este es mi Hijo, el amado»– y exhorta: «Escuchenlo».

Esa exhortación fue obedecida a medias. En efecto, lo primero que dice Jesús cuando termina la visión de su gloria concedida a los tres apóstoles es que «a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos». ¡Vuelve el tema de su muerte! Pero ahora Pedro no contradice. Sin embargo, tampoco escucharon plenamente. Habían oído y entendido las palabras que Jesús dijo, porque «discutían entre sí qué era eso de resucitar de entre los muertos». Pero no le escucharon, porque no creyeron que él después de muerto resucitaría. Cuando Jesús resucitó y se apareció vivo ante ellos, «les reprochó su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes lo habían visto resucitado» (Mc 16,14).

Jesús nos habla hoy de muchas maneras: en la oración personal, en la lectura de su Palabra, en la predicación de la Iglesia, en los acontecimientos, en nuestra propia historia personal. El tiempo de la Cuaresma debe ser un tiempo de escucha de su Palabra. Dios nos dice que ahora se deben aplicar a su Hijo Jesús las palabras del Salmo 95: «Ojalá escuchen hoy su voz; no endurezcan el corazón» (Sal 95,7-8).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles