Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 26 de Febrero del 2012

Mc 1,12-15
Proclamaba el Evangelio de Dios

El Evangelio de este domingo I de Cuaresma es breve, pero extraordinariamente denso. Se ubica a continuación del bautismo de Jesús por manos de Juan en el Jordán. Su primera frase es esta: «E inmediatamente el Espíritu lo impulsó al desierto». ¿Cómo debe entenderse el concepto de «Espíritu»?

El Espíritu del cual se habla ha sido introducido por Juan Bautista cuando describe el personaje que él anuncia y cuyo camino ha venido a preparar: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo... Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1,7.8). El Espíritu tiene una relación esencial con el que ha de venir. Él lo posee y él lo comunica: bautiza con el Espíritu Santo como quien bautiza con agua. Esto es lo que vio Juan cuando vino Jesús a recibir su bautismo, que era bautismo sólo de agua: «En cuanto salió Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él» (Mc 1,10).

«Espíritu en forma de paloma» es una expresión paradojal. «Espíritu», tanto en griego –pneuma– como en hebreo –rúaj–, que son las lenguas bíblicas, significa: viento, soplo. Es esencialmente una fuerza invisible. Lo que quiere decir el evangelista es que en esta ocasión particular el Espíritu adoptó la forma de una paloma para que se pudiera ver: «Vio que el Espíritu bajaba sobre Jesús». Se trata entonces de una fuerza que viene del cielo y que es calificada como santa: «Espíritu Santo». Es una fuerza de Dios, lo que los judíos conocen por el Antiguo Testamento como «el Espíritu de Dios». Precisamente, porque es una fuerza de Dios, invisible, interior, que está sobre Jesús, lo puede «impulsar». En esa ocasión «impulsó a Jesús al desierto». En adelante es la fuerza que impulsará a Jesús en todo lo que hace.

Cualquier lector conocedor del Antiguo Testamento, entendía la relación de todo esto con una profecía que Isaías ponía en boca de un personaje futuro ungido por Dios: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido; me ha enviado a evangelizar a los pobres...» (Is 61,1, versión LXX). La misión que tendrá ese personaje ungido por Dios, sobre el cual está el Espíritu del Señor, es «evangelizar a los pobres», es decir, anunciar a los pobres la salvación de Dios. Por eso, la frase siguiente de Marcos atribuye a Jesús, impulsado por el Espíritu Santo, esa misión: «Marchó Jesús a Galilea; y proclamaba el Evangelio de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviertanse y crean en el Evangelio”».

«El Evangelio de Dios». Este nombre dieron los apóstoles a todo lo que Jesús anunció impulsado por el Espíritu Santo con sus palabras y con sus acciones. Aquí se nos ofrece una síntesis: «El tiempo se ha completado (verbo griego “pleroo”)». Se refiere al tiempo de la salvación. Es el mismo tiempo al cual se refiere San Pablo: «Cuando llegó la plenitud (pléroma) del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer» (Gal 4,4). No es el único envío de Dios que se produce en la plenitud del tiempo. Falta otro envío que nos hace a nosotros hijos de Dios semejantes a Jesús: «Envió Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, que grita: “Abbá, Padre”» (Gal 4,6).

El Evangelio de Dios es el anuncio y la realización de esos dos envíos de parte de Dios: el envío del Hijo de Dios en el personaje histórico de Jesús y el envío del Espíritu de Jesús a nuestros corazones. Esto es lo que hay que creer: «Conviertanse y crean en el Evangelio». Esta urgente exhortación de Jesús es la que caracteriza el tiempo de la Cuaresma. Creer en el Evangelio es vivir nuestra vocación de hijos de Dios, impulsados por el Espíritu de Cristo. A esto nos exhorta Jesús: «Conviertanse».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles