Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 19 de Febrero del 2012

Mc 2,1-12
Tu Palabra, Señor, me da vida

En el Evangelio de este domingo Jesús hace una pregunta que queda sin responder. Le presentan un paralítico acostado en una camilla traído entre cuatro y, dada la multitud que rodea a Jesús en la casa donde se encontraba, descuelgan al paralítico con la camilla desde el techo delante de Jesús. No era raro que le trajeran a Jesús un paralítico para que lo curara. El evangelista ya ha dicho que antes, en ese mismo escenario –la casa de Pedro en Cafarnaúm–, «le trajeron todos los enfermos» y que «Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades» (Mc 1,32.34).

Lo particular en este caso es que Jesús estaba en ese momento «anunciando la Palabra» y lo que ocurrirá –las palabras y acciones de Jesús– son un anuncio extraordinariamente eficaz de esa Palabra. Al ver al paralítico Jesús se adelanta a decirle algo inesperado: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Ciertamente se produjo un momento de tenso silencio. Entre los presentes había escribas, es decir, gente instruida en la Escritura, que pensaban: «Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?». Conociendo Jesús que pensaban eso, formula la pregunta que quedó sin responder: «¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o decirle: "Levántate, toma tu camilla y camina"?».

Para responder a esta pregunta debemos hacer una distinción: Depende quién lo diga. En este caso el que lo dice es Jesús. Él no puede decir una palabra que no sea verdad y que no se realice. Su palabra tiene la misma virtud que la Palabra de Dios: «Mi Palabra, la que sale de mi boca, no vuelve a mí sin efecto, sin haber realizado mi voluntad y sin haber cumplido aquello a que la envié» (Is 55,11). La pregunta de Jesús se puede poner, entonces, en estos términos: «¿Qué es más fácil, perdonar los pecados al paralítico o hacer que camine?».

La respuesta ya está sugerida por la reacción de los escribas allí presentes: «¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?». Si lo que Jesús dijo se realizó, entonces, su palabra es la Palabra de Dios, porque sólo Dios puede pronunciar con verdad la sentencia: «Tus pecados te son perdonados». Jesús ha dicho al paralítico lo más difícil.

Se podría objetar con razón: también decir al paralítico: «Levantate y camina», si ha de tener efecto, puede decirlo sólo Dios. Un milagro verdadero es siempre la obra de Dios. Es cierto, pero la diferencia es grande. El milagro afecta a las cosas creadas: sana a un ser humano enfermo, suspende alguna ley de la naturaleza, por ejemplo, la ley de la gravedad u otra. El pecado afecta a la relación del ser humano con Dios, el pecado ofende a Dios. Es mucho más grave en un ser humano el pecado que cualquier otro mal físico que pueda sufrir. De hecho, como lo hemos recordado más arriba, «Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades» y esto no causó la misma reacción; nadie pensó que estuviera blasfemando. Dios había dado a los hombres el poder de hacer milagros –hubo profetas que los hicieron–; pero a nadie había dado aún el poder de perdonar los pecados. Esto es absolutamente nuevo. Jesús puede administrar el perdón de los pecados, porque él lo iba a obtener para el género humano con su muerte en la cruz. Menos que la pasión y muerte del Hijo de Dios hecho hombre no habría bastado para conseguir ese efecto.

Quedaba un último problema por resolver. Decir al paralítico: «Camina», habría tenido un efecto visible; en cambio, decirle: «Tus pecados te son perdonados» tiene un efecto, aunque infinitamente mayor, invisible. Por eso Jesús concede también esa demostración visible y dice al paralítico: «A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Lo hace por dos motivos: como él mismo explica, «para que sepan que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados»; y, también, porque entiende que era la salud corporal lo que esos hombres venían a pedirle para el paralítico.

Todo este hecho, como decíamos, es un anuncio de la Palabra. Tendrá continuidad cuando Jesús, después de haber obtenido la reconciliación del género humano con Dios, comunicará a sus apóstoles el poder de administrar esa reconciliación: «A quienes ustedes perdonen los pecados, les son perdonados» (Jn 20,23). ¡Es Palabra eficaz! Ese poder lo reciben y lo administran hoy los sacerdotes. Ellos lo han recibido de Dios por medio del Sacramento del Orden.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles