Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 12 de Febrero del 2012

Mc 1,40-45
Escucha, Israel

En el Evangelio de este domingo Marcos nos presenta la curación de un leproso por parte de Jesús. Podría pensarse que es una caso particular de esa actividad de Jesús que el evangelista expresa en términos generales: «Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades» (Mc 1,34). Pero el Evangelio describe la lepra, no como una enfermedad, sino como un caso de impureza: «Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: “Quiero; queda limpio”. Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio». La lepra era un caso de impureza, porque, según la ley de Moisés, mantenía a quien la padecía segregado de la compañía de los demás seres humanos y también del culto de Dios. En la Biblia se llama «impuro» a lo que no puede estar en contacto con Dios.

Nos interesa conocer todo lo que se refiere a Jesús, porque él es el Hijo de Dios que se hizo hombre y todo en él es Palabra de Dios. Nos interesa, sobre todo, conocer su reacción interior ante ese hombre cubierto de lepra que se postra a sus pies. Pero precisamente en este punto estamos en la imposibilidad de establecer la palabra que salió de la pluma de Marcos, es decir, la palabra inspirada por el Espíritu Santo. En este momento no disponemos del escrito original de Marcos; disponemos solamente de copias de ese Evangelio que datan de una época posterior. En algunas de esas copias se describe la reacción de Jesús con la palabra «compadecido» (es la opción de nuestro Leccionario), en tanto que en otras se hace con la palabra «encolerizado». La diferencia es grande. ¿Cuál es la palabra que salió de la pluma de Marcos? Como dijimos, estamos en la imposibilidad de decidirlo. La Biblia de Jerusalén, cuyo criterio es la adherencia al texto original, opta, en su última edición, por la palabra «encolerizado». En las ediciones anteriores optaba por «compadecido». Según las normas de la crítica textual (la ciencia que trata de establecer el tenor original de un texto perdido), hay que optar por la expresión más difícil de explicar y ésta es ciertamente «encolerizado».

En esta indecisión podemos decir que ambas palabras describen la reacción de Jesús. Jesús no podía aprobar esa evidente violación de la ley de Moisés en que incurrió el leproso al acercarse y ponerse al alcance de la mano –Jesús lo tocó–, y tuvo que tener alguna reacción de reproche. En efecto, a continuación manda al hombre ya limpio cumplir lo mandado por la ley ofreciendo por su purificación la ofrenda que prescribió Moisés. Pero, si en un primer momento Jesús se encolerizó, su actuación sucesiva corresponde más a la compasión: «Lo tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio”».

A continuación, Marcos describe la seriedad con que Jesús se dirige al hombre purificado de la lepra con una palabra única en el Evangelio. No tiene traducción literal, pero su sentido es el siguiente: «Amonestandolo severamente, lo despidió y le dijo: “Mira, no digas nada a nadie”». A pesar de su severidad, nunca una orden de Jesús fue más claramente desobedecida: «Él, yendose, comenzó a pregonar mucho y a divulgar la noticia». El hombre desobedeció la ley de Moisés y desobedeció a Jesús. Pero la desobediencia nunca es buena. Creyendo ayudar, en realidad, complicó a Jesús y lo hizo cambiar sus planes: «Jesús ya no podía presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios».

¿Por qué, habiendo venido al mundo para revelar su identidad, Jesús no quiere que se sepa ese hecho prodigioso? Tal vez también nosotros, creyendo hacerlo mejor, habríamos reaccionado como ese hombre. Jesús, fiel a la tradición bíblica, sabe que la fe verdadera no tiene su fundamento en hechos milagrosos, sino en la acogida de la Palabra de Dios. Él mismo nos advierte: «Surgirán falsos cristos y falsos profetas y realizarán señales y prodigios con el propósito de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos» (Mc 13,22). Según San Pablo, «la fe nace de la escucha, y la escucha, es de la Palabra de Cristo» (Rom 10,17). Escuchar la palabra de Cristo tiene que ser, entonces, nuestra preocupación principal.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles