Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 03 de Abril del 2011

Jn 9,1-41
Creo, Señor

En este IV Domingo de Cuaresma el Evangelio nos relata la curación del ciego de nacimiento obrada por Jesús. El que es ciego no tiene experiencia de la luz, pues la vista no es otra cosa que la captación de la luz. En efecto, donde no hay luz la facultad de la vista queda inactiva. En la total ausencia de luz no hay diferencia entre el vidente y el ciego. Por otro lado, de entre todas las cosas visibles ninguna lo es más que la luz. La luz no sólo es la más visible de las cosas, sino también hace posible la visión de todo lo demás.

Basandose en esta realidad del mundo material, por medio de una comparación, Jesús describe su propia identidad y misión: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo». En el ámbito de los visible, «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12; 9,5) equivale a «Yo soy la Verdad» (Jn 14,6) en el ámbito de lo espiritual. Jesús dice ambas cosas sobre sí mismo. Jesús no sólo es lo más verdadero que existe, sino también hace posible la captación de la verdad. Esta identidad suya nos recuerda la afirmación que hace el gran novelista Dostoievski en una carta dirigida a un pariente: «No hay nada más Verdad que Jesús... Y si alguien me demostrara que Jesús no es la verdad y que la verdad no está en él, yo preferiría quedarme con él antes que con la verdad». La frase es propia de un gran espíritu, porque revela en él un perfecto conocimiento sobre quién es Jesús; Jesús es el único de quien se puede decir eso.

El domingo pasado leíamos el episodio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo. En ese diálogo con la mujer Jesús afirma que el don de Dios, que sólo él –Jesús– puede dar, es un «agua viva» que se transforma en quien la bebe en «un manantial que brota hasta la vida eterna». La mención del don de Dios como agua, evoca el Bautismo cristiano, por medio del cual se nos comunica la vida eterna, la vida misma de Dios. Este domingo el tema del Evangelio es la luz. La luz remite a ese mismo Sacramento, pues por medio de él se nos comunica la fe en las verdades reveladas por Dios, sobre todo, en la divinidad de Jesucristo. Por eso el primer nombre que recibió ese Sacramento no fue Bautismo (que dice relación con el agua), sino «iluminación, para dar a entender que son iluminados los que comprenden estas cosas» (San Justino, + 165 d.C.). Ambos episodios evangélicos son bautismales y, por eso, desde los primeros siglos, se leen en la Eucaristía de estos domingos III y IV de Cuaresma en que los adultos que van a recibir los Sacramentos de la iniciación cristiana en la próxima Vigilia Pascual hacen respectivamente el primero y segundo escrutinio.

Dijimos que la iluminación que provee Jesús consiste en la comunicación de la fe en él. Es lo que ocurre al ciego de nacimiento. Él va gradualmente progresando en la comprensión de la identidad de Jesús. En efecto, lo primero que dice sobre él es bastante indeterminado: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos...». La afirmación siguiente que hace sobre Jesús cuando le preguntan derechamente: «¿Y tú qué dices de él?» es esta: «Es un profeta». El paso siguiente es afirmar, contra la opinión de las autoridades judías, que Jesús lejos de ser un pecador, viene de Dios: «Si no viniera de Dios, no podría hacer nada». El paso hacia la plena luz se produce en su encuentro con Jesús y su acto de fe en él. Jesús le pregunta: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». Y él pregunta quién es para creer en él. Jesús responde: «Lo estás viendo». ¿Qué estaba viendo? Con la vista del cuerpo, que había recobrado, estaba viendo a Jesús; pero con la vista del espíritu estaba viendo a Dios. La Luz del mundo le concedió ver eso. Llega entonces al acto de fe: «“Creo, Señor”. Y se postró ante él».

El milagro es descrito, con razón, como un signo: la vista del cuerpo como signo de la vista del espíritu; la visión de Jesús concede la visión de Dios. El objetivo es expresado en la conclusión del IV Evangelio: «Jesús realizó en presencia de los discípulos muchos otros signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre» (Jn 20,30-31). En el ciego de nacimiento cumplió ese objetivo; que cumpla ese objetivo también en nosotros.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles