Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 29 de Enero del 2012

Mc 1,21-28
Una enseñanza nueva expuesta con autoridad

Leíamos en el Evangelio del domingo pasado que Jesús comenzó su ministerio público después que Juan el Bautista fue entregado: «Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba el Evangelio de Dios» (Mc 1,14). El primer acto de ese ministerio fue la llamada de sus primeros cuatro discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. En el Evangelio de este domingo se nos relata el momento en que Jesús comenzó la enseñanza, es decir, un caso concreto de esa proclamación del Evangelio.

«Llegan a Cafarnaúm y, el sábado, entrando en la sinagoga, Jesús enseñaba». El lector habría esperado la exposición de alguna doctrina por parte de Jesús, la formulación de alguna verdad sobre Dios o sobre el ser humano o sobre el mundo. Pero el Evangelio nos informa solamente sobre la cualidad de esa enseñanza y no sobre su contenido: «Quedaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas». En realidad, la proclamación del Evangelio consiste en palabras y obras de Jesús. En esta primera proclamación en la sinagoga de Cafarnaúm esa proclamación consistió en una obra: la expulsión de un demonio que tenía poseído a un hombre.

«Había en la sinagoga de ellos un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar... Jesús, entonces, le conminó diciendo: “Callate y sal de él”. Y agitándolo violentamente el espíritu inmundo dio un fuerte grito y salió de él». Este es un hecho; según nuestra manera de entender no es una enseñanza. Jesús no ha dicho otras palabras más que: «Callate y sal de él». Y, sin embargo, en su reacción ante este hecho, los presentes hablan de una enseñanza: «¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen».

En realidad, esa actuación de Jesús fue una auténtica proclamación del Evangelio. Como decíamos en nuestro comentario el domingo pasados el Evangelio no es una mera noticia que informa la inteligencia, por muy buena noticia que sea, sino que es una fuerza de Dios para salvación del ser humano. En el episodio de este domingo quedó en evidencia esa fuerza de Dios que liberó a un hombre de la posesión de un espíritu inmundo. Fue una proclamación del Evangelio.

Pero fue también una enseñanza. Esa enseñanza está dada, muy a pesar suyo, por el mismo espíritu inmundo que Jesús expulsó: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». El espíritu inmundo habla en plural, porque son muchos. Con su actuación sobre ellos, Jesús respondió ambas preguntas. En primer lugar, esos espíritus inmundos no tienen nada que ver con Jesús, porque ellos tienen una radical oposición a Dios y Jesús es el Santo de Dios. Jesús responde también a la segunda pregunta de esos espíritus: él ha venido precisamente a destruirlos. En esa sinagoga de Cafarnaúm Jesús enseña, entonces, que él es el enviado por Dios para librar al ser humano del poder de Satanás. Es verdaderamente una enseñanza nueva expuesta con autoridad.

Este episodio es de fundamental importancia por ser la primera proclamación del Evangelio por parte de Jesús. En los estudios bíblicos se llama «Proto-evangelio» (Primer Evangelio) a la primera promesa de Dios después que la serpiente antigua, llamada Satanás, engañando a Adán y Eva, introdujo la muerte en el mundo, haciendo al ser humano necesitado de salvación. Esa promesa consiste en la derrota de la serpiente. Dios dijo a la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya: él te pisoteará la cabeza» (Gen 3,15). Si este es el Protoevangelio, la actuación de Jesús en esa sinagoga de Cafarnaúm es el Evangelio propiamente tal. Jesús revela que él es ese descendiente de la mujer que ha venido a pisotear la cabeza de Satanás y a liberar al ser humano de su dominio. Eso lo saben los espíritus inmundos: ¡Has venido a destruirnos! Domingo a domingo, participando en la liturgia, nosotros somos beneficiados por esa fuerza de salvación que es el Evangelio.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles