Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de Enero del 2012

Jn 1,35-42
¿Qué buscan?

Este domingo comenzamos el tiempo litúrgico ordinario. Se celebra el II Domingo, porque el I es la fiesta del Bautismo del Señor, excepto cuando la solemnidad de la Epifanía se traslada al domingo siguiente al 6 de enero, como ocurrió este año. En este caso, el Bautismo del Señor se celebra el lunes siguiente. Este año en la liturgia dominical se proclaman las lecturas del ciclo B, que toma el Evangelio de Marcos. Pero en este Domingo II, en los tres ciclos, el Evangelio se toma de Juan, y se proclaman respectivamente partes de la así llamada «semana inaugural» del ministerio de Jesús. Se puede seguir a Jesús durante una semana, porque el evangelista repite: «Al día siguiente...».

«Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: “He ahí el Cordero de Dios”». Esta introducción invita al lector a preguntarse: ¿Qué ocurrió el día anterior, en que Juan se encontraba en el mismo lugar? Volvamos atrás y leamos: «Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”» (Jn 1,29). Ese día anterior la declaración de Juan concluía con estas palabras: «Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Jn 1,34).

En líneas sucesivas tenemos dos definiciones de Jesús que parecen contradictorias: «Hijo de Dios» y «Cordero de Dios». ¿Cómo se pueden juntar? Los discípulos de Juan habían sido formados por su maestro para entender precisamente eso: el Hijo de Dios que es uno con el Padre, se hizo hombre y, hecho hombre, iba a ofrecer su vida en sacrificio, como Cordero de Dios, para quitar el pecado del mundo.

Así entendemos la reacción de esos dos discípulos de Juan al escuchar a su maestro: «Los dos discípulos lo oyeron hablar así y siguieron a Jesús». Jesús quiere saber hasta qué punto entienden su identidad y les pregunta: «¿Qué buscan?». ¿Cómo no recordar el anhelo del salmista: «Acerca de ti mi corazón me dice: “Busca al Señor”. Sí, Señor, yo busco tu rostro» (Sal 27,8)? Eso es lo que busca todo israelita, eso es lo que buscan los dos discípulos. Es lo que busca todo hombre, como asegura San Pablo en su famoso discurso del Areópago: «El Dios que hizo el mundo... creó, de un solo principio, todo el linaje humano... con el fin de que busquen a Dios, por si, a tientas, lo encuentran; aunque no está lejos de cada uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17,24.26.27.28).

Los dos discípulos dan a Jesús el título más honorífico de ese ambiente. El evangelista lo cita en su lengua original: «Rabbí» (cf. Mt 23,7). Y lo traduce: «Que quiere decir Maestro». Y responden a la pregunta de Jesús profundizando su búsqueda: «¿Dónde habitas?». Literalmente: «¿Dónde permaneces?». No están interesados en su habitación física, que, por lo demás, Jesús no tiene (cf. Mt 8,20), sino en su permanencia eterna, como la define el evangelista: «El Hijo único de Dios que está en el seno del Padre» (Jn 1,18). Vieron dónde permanecía y ya no se alejaron más de él: «Permanecieron con él aquel día».

Los discípulos buscaron y encontraron. En efecto, Andrés –uno de los dos– dice a su hermanos Simón: «“Hemos encontrado al Mesías -que quiere decir, Cristo–”, y lo llevó donde Jesús».

Este episodio inaugural nos remite al final del Evangelio de Juan, cuando Jesús resucitado repite la misma pregunta, esta vez a María Magdalena: «A quién buscas» (Jn 20,15). La reacción de ella es la misma: «Rabbuní». Y la misma traducción: «Que quiere decir: Maestro». En este caso, ella sabe a quién busca. Los cristianos no buscamos «a tientas», sino que sabemos a quién buscamos: buscamos al Dios verdadero y sabemos que el único camino es Jesús: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Nuestro gozo es el encuentro con Jesús todos los domingos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles