Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 08 de Enero del 2012

Mt 2,1-12
El Niño Dios se manifestó

La solemnidad de la Epifanía del Señor celebra la manifestación del que nació oculto y desconocido. El Evangelio que se lee todos los años (en los tres ciclos) es el de la manifestación de este nacimiento a unos hombres de oriente por medio de una estrella que apareció en el cielo.

En el primer capítulo de su Evangelio Mateo ha explicado cómo es que Jesús es «hijo de David», no obstante haber sido concebido en el seno de su madre María por obra del Espíritu Santo, sin intervención de varón. La genealogía con que se abre este Evangelio gira en torno a David: «El total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones» (Mt 1,17). Pero esa genealogía es la de José. Jesús, que no tiene genealogía en esta tierra –«sin genealogía» (Heb 7,3)–; pero adquiere la de José, porque a José le entrega Dios como hijo a este niño concebido virginalmente en María: «José, hijo de David... tú le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1,20.21). De esta manera, Jesús es hijo de José e hijo de David.

Por eso, Mateo da por sabido que su nacimiento tiene que ser en Belén, que era la ciudad de David: «Nacido Jesús en Belén de Judea...». A continuación, quedará en evidencia que este niño es de condición real, porque la convicción de esa época es que el nacimiento de un rey era anunciado por una estrella que aparecía en el firmamento, como aseguran los magos que llegan de oriente: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo». Cualquier judío que conociera medianamente la Escritura sabía que rey en Israel no puede ser otro que un hijo de David, ungido como él. En efecto, ya en su vida pública, Jesús pregunta: «¿De quién es hijo el Cristo (el Ungido)? De David, responden» (Mt 22,42). Esto lo sabe también Herodes y por eso deduce, de la noticia de los magos, que ha nacido el Cristo. Lo que él no sabe es dónde tiene que nacer y por eso indaga: «Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo». Ya está manifestado –lo sabe Herodes y también los sumos sacerdotes y escribas– que ha nacido el Cristo, el que estaba destinado a heredar el trono de David.

La respuesta de los especialistas es exacta: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta». Lo que se espera es que Herodes, en posesión de esa información, se hubiera apresurado en ir allá a adorarlo, como querían hacer los magos: «Vayan e indaguen cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encuentren, comuniquenmelo, para ir también yo a adorarlo». La continuación del relato demostrará que esta es una recomendación hipócrita, porque lo que Herodes quiere es matar a ese niño.

Puestos los magos en el camino de Belén, la estrella reapareció: «He aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño». Este niño es el centro de todo el relato. Por eso al primero que ven es a él: «Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre». Esta escena es ciertamente la más representada por el arte de todos los tiempos: el Niño Jesús en los brazos de la Virgen María. Todos los cristianos tenemos esta imagen ante los ojos. Los magos lograron el objetivo que traían. Venían preparados para este encuentro: «Postrándose, lo adoraron. Luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra». El Hijo de Dios hecho hombre se les manifestó a ellos, fue una epifanía, como resulta del tipo de regalos que le traen: oro a un rey, incienso para Dios, mirra para la sepultura.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles