Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 25 de Diciembre del 2011

Jn 1,1-18
Llegar a ser hijos de Dios

En este día en que el mundo celebra el misterio central de la historia, a saber, el nacimiento del Hijo de Dios como verdadero hombre, se lee en la Eucaristía el Prólogo del Evangelio de Juan. Esta impresionante composición literaria no es un proemio (como lo es Lc 1,1-4), ni la introducción a un escrito (como lo es 1Jn 1,1-4); es un himno en el cual se presenta la historia de la salvación: la historia de la salvación presentada en forma de himno. El Prólogo de Juan es una de las páginas más majestuosas y más densas de todo el Nuevo Testamento.

«En el principio existía la Palabra». ¿A qué tiempo se refiere ese «principio»? Es claro que el evangelista quiere evocar la primera frase de toda la Biblia: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1). Aquel «principio» en el cual ya existía la Palabra se refiere a un tiempo anterior a la creación cuando sólo existía el Dios único. El Prólogo continúa: «Y la Palabra estaba vuelta hacia Dios; y la Palabra era Dios». En estas dos frases aparece el término «Dios» dos veces, pero con una diferencia. La primera vez aparece con el artículo determinado: «el Dios» y se refiere al Dios único; la Palabra se relaciona con Él, está vuelta hacia Él. La segunda vez aparece «Dios» sin artículo y define la esencia de la Palabra: «era Dios», era de naturaleza divina. El Prólogo retoma: «Éste estaba en el principio hacia Dios». Hay que notar que el término «Palabra» traduce el término griego «Logos» que tiene género masculino. Hay, entonces, dos: la Palabra (Logos) y el Dios único. Siendo el término Palabra expresión de comunicación, tenemos la afirmación de la comunicación interna en Dios antes de la creación. No es una afirmación de politeísmo, porque los dos que están en comunicación eterna, el Logos y Dios, ambos son el mismo y único Dios.

Esta idea de la preexistencia se la apropia Jesús en el curso de su vida orando así: «Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese» (Jn 17,5).

Después de este comienzo en Dios, el Prólogo desciende al nivel de la creación para explicar el rol de la Palabra en ella: «Todo aconteció por ella y sin ella no aconteció nada». También de esta verdad se apropia Jesús diciendo: «Sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5). El Prólogo alcanza su punto culminante cuando explica la relación de la Palabra con la humanidad: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad». Aquí está por primera vez afirmado que la relación entre la Palabra y Dios, es la relación de Padre a Hijo. Aquí está descrito el misterio de la «Encarnación» del Hijo eterno de Dios. Dios se hizo hombre; Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre.

La grandeza del ser humano consiste en su vocación a ser «hijo de Dios»: «A cuantos lo acogieron les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios, a cuanto creen en su Nombre». El Nombre es el modo semita de referirse a la identidad profunda de la persona. En este caso se trata del Nombre de la Palabra encarnada. El evangelista repite esto mismo como conclusión de todo su Evangelio: «Estas (señales) han sido escritas para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre» (Jn 20,31).

Si esta es la condición del ser humano, resulta increíble que la ignoremos tan completamente. En estos días, al menos durante los días de la novena de la Navidad, lo normal sería que todo el comercio estuviera cerrado y todos estuvieramos concentrados en la meditación de este misterio en el que está nuestra vida y nuestra alegría. Resulta inexplicable que estemos celebrando frenéticamente algo que, en una especie de conspiración, hemos decidido ignorar o silenciar. Es un cuadro muy claro de lo que ocurre con la vida entera de la sociedad sin Dios: corre afanosamente, pero no quiere saber hacia dónde.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles