Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 04 de Diciembre del 2011

Mc 1,1-8
Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios

«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Esta es la primera frase del escrito conocido como «Evangelio según San Marcos». Esta es la frase responsable de que a este escrito y los escritos sucesivos que tratan sobre Jesucristo, Hijo de Dios –los de Mateo, Lucas y Juan–, se les dé el nombre de «evangelio».

Esa frase inicial tiene todo el aspecto de un título. En efecto, no tiene ningún verbo. Discuten los especialistas sobre la extensión de lo cubierto por ese título, es decir, hasta dónde se prolonga el «comienzo del Evangelio» y dónde comienza el «Evangelio» propiamente tal.

Para responder a esa pregunta debemos observar que la frase siguiente no es una frase principal, sino una frase circunstancial: «Como está escrito en el profeta Isaías: “Mira que envío mi mensajero...”». La circunstancia se refiere a algo profetizado. Marcos encierra bajo el nombre de Isaías dos profecías, que están relacionadas. En realidad, la primera de ellas es del profeta Malaquías: «Mira que envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino». El que habla por boca de Malaquías es Dios (Yahweh). Pero ¿quién es su mensajero? Y, sobre todo, ¿a quién preparará el camino? ¿Quién vendrá por ese camino? Esto se aclara en la segunda profecía que cita Marcos, ésta sí que es de Isaías: «Voz del que grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”». La voz es de ese mensajero. El que vendrá es el Señor.

Después de señalar esa circunstancia por medio de la doble profecía, el autor escribe la frase principal: «Apareció Juan el Bautista en el desierto predicando un Bautismo de penitencia...». Lo que Marcos quiere decir, es que ese «mensajero del Señor» es Juan y que él fue enviado como precursor del Señor. El resto del Evangelio de hoy describe la actividad de Juan –bautizar con agua–, su gran arrastre –venían a él toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén–, su indumentaria y su dieta.

Pero el mismo Juan afirma que él no es el esperado y que entre él y aquél hay una diferencia infinita. La expresa de doble manera: «Detrás de mí viene uno más fuerte que yo». Con todo lo grande que era Juan, –según la definición del mismo Jesús, «entre los nacidos de mujer ninguno más grande que Juan»–, sin embargo, el que viene es mucho más grande hasta el punto que Juan declara: «Yo no soy digno de agacharme a desatar la correa de sus sandalias». La segunda diferencia es mucho más grande, pues tiene la medida de Dios: «Yo los bauticé con agua; él los bautizará en el Espíritu Santo». El que viene es fuente del Espíritu Santo y lo comunica. La diferencia entre Juan y al que viene es la que hay entre el hombre y Dios. El Evangelio es el anuncio de ése. Termina el «comienzo del Evangelio» y empieza el «Evangelio» propiamente tal cuando aparece en escena el que es más grande que Juan, el que bautiza en Espíritu Santo.

Eso ocurre en la frase siguiente: «Y sucedió que en aquellos días vino Jesús de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9). El Evangelio es el anuncio de Jesucristo Hijo de Dios.

El anuncio de Jesucristo es único por parte del agente, que es más Dios mismo que el hombre, como lo aclara San Pablo: «Mi palabra y mi predicación... fueron una demostración del Espíritu y del poder para que la fe de ustedes se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios» (1Cor 2,4.5). El anuncio de Jesucristo es único y no se compara con nada, también por parte del contenido: «Es una fuerza de Dios para salvación de todo el que cree» (Rom 1,16). Finalmente, el anuncio de Jesucristo es único por la reacción de quien lo recibe: exige la fe sobrenatural. Este anuncio recibe en castellano el nombre único de «Evangelio» y no se puede traducir por la expresión «buena noticia» y, menos aun, por «buena nueva», pues estas expresiones se usan para el anuncio de realidades inferiores, incluso banales, de nuestra tierra. San Pablo y San Marcos habrían protestado si hubieran visto que a su anuncio de Jesucristo se daba ese nombre.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles