Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 10 de Abril del 2011

Jn 11,1-45
El Hijo da la vida a los que quiere

Cuando Jesús recibió de parte de las hermanas Marta y María la noticia de que su amigo Lázaro estaba enfermo, declaró: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Habríamos esperado que fuera a sanar a su amigo, como lo hizo con otros enfermos. Pero no se dio prisa en ir donde él hasta que hubo muerto y entonces dice a sus discípulos: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean». Había dicho que la enfermedad de Lázaro no era de muerte y ahora dice que Lázaro ha muerto. Y agrega: «Vayamos donde él». Es evidente que ahora va donde él para que sus discípulos crean que su poder traspasa el límite de la muerte.

Hablando sobre sí mismo, Jesús había asegurado: «En verdad, en verdad les digo:... lo que el Padre hace, eso también lo hace igualmente el Hijo... Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere...» (Jn 5,19.21). Acerca de Dios era dogma en Israel lo que leemos en el cántico de Moisés: «Vean ahora que yo, sólo yo soy, y que no hay otro Dios junto a mí. Yo doy la muerte y yo doy la vida» (Deut 32,39). Este mismo poder tiene Jesús.

Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro, el plazo en que, según la convicción de ese tiempo, comenzaba la corrupción. En la mente de todos hay un cierto reproche hacia Jesús por su tardanza en venir, seguros de que él habría podido sanar a Lázaro. En efecto, las dos hermanas saludan a Jesús con las mismas palabras: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Y los presentes comentaban: «Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que Lázaro no muriera?». Podría haber hecho que no muriera, pero también puede hacer que resucite.

Cuando Jesús dice a Marta: «Tu hermano resucitará», lo dice en un sentido doble, como suele ocurrir en este Evangelio: resucitará ahora, no obstante estar muerto ya cuatro días y comenzar a oler mal; y resucitará en el último día, aunque esté transformado en polvo. Ambas resurrecciones ocurren por el poder de Jesús, una es signo de la otra. La resurrección de Lázaro es un signo de la resurrección final que todos confesamos en el Credo de nuestra fe: «Creo en la resurrección de la carne».

«Lázaro, sal fuera». Este es el grito con el cual Jesús llama a Lázaro desde el sepulcro. Y Lázaro volvió a esta vida terrena: «Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario». Se cumple así lo que había dicho Jesús: «En verdad, en verdad les digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Jn 5,25). Se aplica a Lázaro, pero como un signo de la resurrección a una vida nueva comunicada por Jesús en el Bautismo a los que crean en él: «En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna» (Jn 6,47). En el Bautismo se muere al pecado y se resucita a una vida nueva: «Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Fuimos sepultados con él por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado... así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,3.4). Por eso, el Evangelio de la resurrección de Lázaro se lee en este V Domingo de Cuaresma, en el cual se tiene el tercer escrutinio de los catecúmenos que recibirán los Sacramentos de la iniciación cristiana en la próxima vigilia pascual.

Pero dijimos que la resurrección de Lázaro es también signo de nuestra resurrección final; es una prueba de que se cumplirá lo prometido por Jesús: «Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz (la del Hijo) y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida...» (Jn 5,28-29). Personalmente vivo esta vida presente en el gozo y la esperanza de que algún día oiré la voz de Cristo que me llamará del sepulcro: «Felipe, sal fuera». La vida que entonces tendremos por toda la eternidad es la de Cristo resucitado: «Seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,2).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles